En Roma se respira un ambiente de especial recogimiento y expectativa mientras el mundo católico se alista para una de sus decisiones más trascendentales: la elección del nuevo Papa. El Vaticano ha confirmado que 135 cardenales están habilitados con derecho a voto para participar en el cónclave, de un total de 252 cardenales operativos en la estructura eclesiástica internacional.
La tradicional chimenea de la Capilla Sixtina ya está habilitada, lista para anunciar con humo blanco el esperado momento en que la Iglesia católica proclame a su nuevo líder espiritual. En las últimas horas, múltiples señales indican que el proceso de deliberación podría culminar en breve, posiblemente mañana, según fuentes cercanas al entorno vaticano.
La elección del nuevo pontífice representa no solo una decisión interna de la jerarquía eclesiástica, sino un acontecimiento de alcance global. Para millones de católicos practicantes —especialmente en América Latina— este proceso es motivo de seguimiento cercano y de oración constante.
La figura del Papa Francisco, de origen argentino, ha dejado una huella significativa en la región. Su paso por Perú y otros países latinoamericanos fortaleció los lazos entre el Vaticano y las comunidades más vulnerables. Hoy, en su país natal y en otros rincones del continente, se aguarda con devoción la designación de su sucesor.
Aunque la Iglesia cuenta con alrededor de 300 mil representantes en el mundo, según cifras estimadas, la elección recae únicamente sobre los cardenales menores de 80 años. Ellos conforman el colegio electoral que, reunido en cónclave, tiene la potestad de nombrar al nuevo obispo de Roma y jefe de la Iglesia católica.
De acuerdo con los procedimientos establecidos, el voto se realiza en secreto, y se requiere una mayoría calificada para que el elegido sea proclamado. Una vez alcanzado el consenso, el humo blanco anunciará al mundo que el nuevo Papa ha sido elegido, marcando el inicio de una nueva etapa para la Iglesia universal.
Para quienes profesan la fe católica, este momento trasciende lo institucional. Es una oportunidad para renovar su esperanza y acompañar espiritualmente a quienes, tras los muros del Vaticano, evalúan con sobriedad quién llevará adelante la misión de guiar a más de 1.300 millones de fieles.




