Kitty Dukakis, figura prominente en la política estadounidense y ferviente defensora de la salud mental, falleció el viernes por la noche en su hogar en Brookline, Massachusetts, a los 88 años, dejando tras de sí un legado de activismo y transparencia en la lucha contra el estigma de las enfermedades mentales. Su partida marca el final de una vida dedicada al servicio público y a la defensa de los más vulnerables, destacando su papel como Primera Dama de Massachusetts y su influencia en la política nacional. A pesar de los logros de su esposo, el ex gobernador Michael S. Dukakis, Kitty logró construir una identidad propia, trascendiendo el rol tradicionalmente asignado a las esposas de políticos.
Según la investigación publicada por The New York Times, la causa de su muerte fueron complicaciones derivadas de la demencia que padecía. La noticia fue confirmada por su hijo, John Dukakis, quien resaltó el compromiso inquebrantable de su madre con las causas sociales y su valentía al compartir públicamente sus batallas personales.
La familia Dukakis, en un comunicado, enfatizó que Kitty «vivió una vida plena luchando para hacer del mundo un lugar mejor y compartiendo sus vulnerabilidades para ayudar a otros a enfrentar las suyas». Este mensaje resume la esencia de su vida pública, marcada por una honestidad poco común en el ámbito político y un deseo genuino de ayudar a quienes luchaban contra la adicción y la depresión.
Su trayectoria como activista se remonta a la década de 1970, cuando fue nombrada por el presidente Jimmy Carter para la primera Comisión Presidencial sobre el Holocausto. Esta comisión, creada en 1978, tenía como objetivo establecer un monumento y museo nacional en memoria de las víctimas del Holocausto, reflejando su compromiso con la preservación de la memoria histórica y la lucha contra la intolerancia. Posteriormente, el presidente George H.W. Bush la nombró miembro del Consejo Conmemorativo del Museo del Holocausto de los Estados Unidos, consolidando su papel como una voz influyente en la educación sobre este trágico capítulo de la historia.
La franqueza con la que Kitty Dukakis abordó sus problemas de salud mental la distinguió de otras figuras públicas. En sus dos libros, reveló detalles íntimos sobre su dependencia temprana de las píldoras para adelgazar, su lucha contra el alcoholismo y su decisión, a los 64 años, de someterse a terapia electroconvulsiva (TEC) para tratar una depresión severa que, según ella, había estado enmascarada durante mucho tiempo por su adicción al alcohol. Cabe destacar que, en la época en que Kitty Dukakis comenzó a hablar abiertamente sobre su depresión, la TEC era aún un tema tabú y rodeado de estigma.
El éxito de su tratamiento con TEC la impulsó, junto a su esposo Michael, a convertirse en defensora pública de este procedimiento, organizando incluso grupos de apoyo en su hogar. Esta decisión, aunque controvertida en algunos círculos, contribuyó a desestigmatizar la TEC y a promover el debate sobre las opciones de tratamiento para la depresión. La terapia electroconvulsiva, si bien sigue siendo objeto de debate, es reconocida por su efectividad en casos de depresión severa y resistente a otros tratamientos.



