F

La noche quiere que esta noche olvides tu nombre,

tus mayores y tu sangre,

cada palabra humana y cada lágrima…

Escrito por : Jorge Cabanillas Quispe

F lanzó una maldición antes de caer en un profundo sueño. Había tenido un día malo. Esa noche más que nunca sentía que odiaba todo: a su ciudad, a su gente, a sí mismo.

Tuvo un sueño extraño en el que caminaba por la plaza de Armas en medio de un viento apacible. De repente, se sorprendió porque vio que las veredas estaban limpias, que las bancas no tenían frases obscenas hechas con navajas o cortauñas: la plaza de su ciudad lucía radiante y sus árboles frondosos y hermosos. Se asombró porque no había gente en los bancos haciendo colas interminables como sucede a diario desde que comenzó esta cuarentena, que las calles habían sido ordenadas y a los ambulantes que, en ellas luchaban por sobrevivir no al virus sino al hambre, les habían dado espacios dignos para trabajar. Soñó que las pistas habían sido arregladas por las autoridades, quienes, asombrosamente, habían decidido trabajar por la ciudad y no por ciudadanos extranjeros de buen corazón a quienes vio durante la mañana limpiando las calles, parchando las pistas y pintando las cebras peatonales. Tan fácil que es cuando se necesita, pero las autoridades, la mayoría por lo menos, prefieren ocuparse de recuperar su inversión electoral

               F, durante ese extraño sueño, vio de lejos sonreír a los amigos y familiares muertos a causa de este maldito virus; entonces no tuvo que morderse la lengua para evitar que su voz se entrecorte a causa del llanto reprimido. Soñó que su jefe, a esa hora su exjefe, les daba un salario justo a sus trabajadores, que había dejado de ser ese tipo al que habían acostumbrado a darles gracias por un trabajo quizá por el simple hecho de que desde niños nos enseñan que hay muchas personas que no tienen trabajo porque pareciera que en este valle de lágrimas, fuera del mundo onírico, la esclavitud se no abolió, solo se cambió por una jornada de ocho horas que nunca se cumple y que siempre se nos condena al silencio, porque detrás de uno siempre otro está dispuesto a ocupar tu lugar.

               Soñó con una señora que, sin mascarilla, abrazaba a un pequeño cerca de la plaza de Armas. F pensó en su madre y sintió que estaba en paz en medio de ese extraño sueño. Soñó el malecón de su infancia y vio a las personas correr libremente sin temor de ser asaltados, ultrajados o asesinados.

               F, quien solía tener largas temporadas de insomnio, se preguntó en medio del sueño qué le estaba ocurriendo. Recordó que esa mañana había salido del coliseo con ganas de llorar y lo hizo por un largo momento. La gente que pasaba y lo miraba no se detenía. Nadie lo haría: no es extraño en este tiempo en el que la muerte gobierna ver llorar a alguien en la calle.

               F había escuchado decir en una ocasión a uno de sus amigos que los sueños son el reflejo de lo que anhelamos, pero en ese momento un espasmo le indicó que no se encontraba en un sereno reposo y que esos episodios de causas perdidas no las iba a ver en la realidad. Sabía en medio de su sueño que ya no iba a despertarse bruscamente como en otras ocasiones porque en ese momento toda su visión comenzaba a oscurecerse. Las visiones de aquel sueño tan extraño nunca las vería despierto, quizá esa noche los dioses, los astros o los demonios buscaron consolarlo por último, porque F nunca más volvería  sentir el fresco de la ciudad de los vientos que, en ese momento en que sintió que dejaba de respirar, anhelaba.