En la era digital, la **comunicación** se enfrenta a desafíos inéditos. La proliferación de herramientas narrativas coexiste con una sobrecarga informativa y una preocupante tendencia a la distorsión, generando una tensión palpable en el ejercicio periodístico. El imperativo ético, lejos de ser una mera aspiración, se revela como una necesidad apremiante para la supervivencia del oficio.
Según la investigación publicada por El Comercio, la adaptabilidad emerge como un factor crucial para los comunicadores de hoy. En un panorama mediático que evoluciona a una velocidad vertiginosa, la capacidad de adaptarse, la agilidad mental y la curiosidad intelectual son cualidades indispensables. La transición desde los boletines impresos hasta la viralidad instantánea y la irrupción de bots redactores transforman el panorama, pero el objetivo central permanece inalterable: conectar con la audiencia de manera clara y con un propósito definido.
En este contexto de cambio constante, la ética no puede relegarse a un papel secundario, relegada a seminarios o debates académicos. Por el contrario, debe constituir el pilar fundamental de cada acción comunicativa. La presión por generar contenido de alto impacto, viral, rentable y constante puede conducir a una erosión de la rigurosidad y a una priorización de la emoción sobre el contexto. La popularidad del clickbait, que simplifica la complejidad en titulares sensacionalistas, se ha convertido en una práctica común en muchos medios, con una normalización preocupante.
A medida que avanza la tecnología, también crece la responsabilidad ética de los comunicadores. La inteligencia artificial (IA), por ejemplo, plantea dilemas urgentes en la creación de contenido. ¿Qué uso se da a los datos recopilados? ¿Cómo se protege la privacidad de la audiencia? ¿Qué medidas se toman ante la difusión de información errónea? Estas interrogantes colocan al comunicador en el centro de la ecuación, donde sus valores éticos y su compromiso con la honestidad y la transparencia son la base de una estrategia sostenible. El Perú, según datos del INEI, ha visto un aumento del 20% en el consumo de noticias falsas a través de redes sociales en el último año, evidenciando la urgencia de abordar estos desafíos.
Esto no implica rechazar la tecnología, sino comprenderla a fondo. La formación continua se vuelve imprescindible para todo profesional de la comunicación, abarcando no solo la narrativa y el lenguaje, sino también las nuevas herramientas digitales, los algoritmos, la inteligencia artificial e incluso los principios del aprendizaje automático. Es fundamental entender cómo funcionan, cuáles son sus impactos y, sobre todo, cuándo no utilizarlas. La decisión final, el elemento diferenciador, debe residir en la conciencia crítica del profesional. Según la Defensoría del Pueblo, el 75% de las quejas recibidas en 2023 por contenido digital se relacionaban con la difusión de información no verificada.
La automatización de notas periodísticas, la creación de resúmenes con IA y la generación de titulares predictivos son ejemplos concretos. Sin embargo, esto no exime de la responsabilidad de revisar, contrastar e interpretar la información. La tecnología puede ser un aliado valioso, pero nunca debe reemplazar el juicio ético ni la sensibilidad humana que distingue al periodismo como algo más que la gestión de datos. La información puede generarse de forma automatizada, pero el criterio es una facultad exclusivamente humana. Es crucial recordar que comunicar no es solo informar, sino también formar, lo que implica un compromiso con la verdad, la ciudadanía y el largo plazo. El impacto de lo que se comunica no se mide en trending topics, sino en la confianza que se construye, o se destruye, cada día.




