Xiao Chen, una joven de 22 años, acudió optimista al consulado de EE.UU. en Shanghái para tramitar su visa. Ya tenía la carta de aceptación para estudiar en Michigan. Pero, tras una entrevista cordial, su solicitud fue denegada sin explicación. “Me siento como una hierba a la deriva”, expresó, reflejando la incertidumbre que enfrentan miles de estudiantes chinos.
Desde el gobierno de Donald Trump, EE.UU. endureció su postura contra estudiantes internacionales, especialmente aquellos provenientes de China. Aunque la orden que prohibía visas a quienes estuvieran vinculados al ejército chino sigue vigente bajo la administración Biden, los criterios son vagos y arbitrarios. Algunos estudiantes han sido detenidos en aeropuertos y deportados pese a contar con visas válidas.
Además, sectores políticos estadounidenses han acusado a universidades como Harvard de colaborar con el Partido Comunista Chino. El secretario de Estado Marco Rubio incluso advirtió que estudiantes con posibles lazos partidarios o en áreas “sensibles” como ciencia o tecnología serían excluidos. Esto ha afectado incluso a jóvenes sin afiliación política, como un investigador en cáncer de mama rechazado en la frontera.
La situación también ha provocado un cambio en la percepción dentro de China. Chen Jian, graduado de Harvard, descubrió al regresar que su título extranjero no era bienvenido. Al buscar empleo en un banco estatal, entendió que se preferían candidatos con formación local. Pese a completar un máster en EE.UU., sintió que la creciente desconfianza en torno a los graduados del exterior lo relegaba.
En paralelo, discursos oficiales en China han alimentado ese recelo. La empresaria Dong Mingzhu declaró que no contrataría chinos formados en el extranjero “porque entre ellos hay espías”. Poco después, la CIA lanzó un video invitando a funcionarios chinos a desertar, intensificando las tensiones.




