En el vertiginoso ritmo de la vida moderna, el **estrés** se ha convertido en un compañero constante, a menudo malinterpretado como una enfermedad en sí misma. Sin embargo, es crucial entender que el estrés es fundamentalmente una respuesta adaptativa, un mecanismo de supervivencia arraigado en nuestra biología. Esta reacción física y mental nos permite afrontar los desafíos y transformaciones que se presentan a lo largo de nuestra existencia. Entenderlo como tal es el primer paso para gestionarlo eficazmente. La prevalencia del estrés se ha incrementado notablemente en las últimas décadas, impulsada por factores como la globalización, la incertidumbre económica y la sobrecarga de información digital.
Según la investigación publicada por El Comercio, el estrés no debe ser confundido con una patología, sino más bien como una orquestación compleja de reacciones destinadas a facilitar nuestra adaptación a los eventos vitales.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) describe el estrés como un conjunto de reacciones fisiológicas que nos preparan para la acción, una especie de “alarma” biológica esencial para la supervivencia. En esencia, el estrés se manifiesta como un estado de preocupación o tensión mental, desencadenado por situaciones consideradas difíciles o amenazantes. Todos experimentamos cierto grado de estrés, ya que es una respuesta natural a los estímulos del entorno. No obstante, cuando se prolonga o intensifica, puede tener consecuencias negativas para nuestra salud.
En el ámbito mental, el estrés se manifiesta a través de una serie de síntomas, que incluyen nerviosismo, agitación, tensión, una sensación inminente de peligro, pánico o catástrofe. También puede provocar un aumento del ritmo cardíaco, respiración acelerada (hiperventilación), sensación de debilidad o cansancio, y dificultades para concentrarse o para pensar en algo que no sea la preocupación presente. Estos síntomas son señales de que el cuerpo está en estado de alerta, preparándose para afrontar una amenaza percibida.
El estrés puede afectar diversas áreas del cuerpo humano, manifestándose en la piel a través de condiciones como la psoriasis, que se exacerba por la liberación de sustancias inflamatorias. La dermatitis atópica, con síntomas como enrojecimiento, sequedad, comezón y urticaria, también puede ser desencadenada o agravada por el estrés. La alopecia nerviosa, o caída del cabello, puede aparecer ante tensiones laborales o académicas, mientras que la urticaria, una reacción cutánea extensa y pruriginosa, también puede estar relacionada con el estrés. Además, el estrés puede contribuir a la aparición de acné, dermatitis de contacto y colon irritable.
Ignorar los síntomas del estrés puede acarrear consecuencias negativas para la salud. A menudo, atribuimos dolencias como dolores de cabeza, problemas para dormir o falta de concentración a otras causas, sin reconocer que el estrés puede ser el factor subyacente. Si no se aborda a tiempo, el estrés crónico puede deteriorar funciones cognitivas como la función ejecutiva, la velocidad de procesamiento, la memoria y la atención. Es importante recordar que el estrés no es una enfermedad en sí misma, sino una respuesta a situaciones desafiantes, y que la clave está en aprender a manejarlo de manera efectiva.




