Arlindo Luciano Guillermo
Las elecciones están a la vuelta de la esquina, hay desilusión, indignación y escepticismo en las encuestas, en las calles la gente vive su vida personal, se acentúa un notable desdén por la política. Esto es grave, uno puede creer que el deber ciudadano termina por votar por cualquiera. La política es la ciencia del Estado, administrar una nación o ciudad, habilidad para sobrevivir en el caos y hacerse rey en la serenidad y la alienación, tomar el atajo y descartar el camino estrecho y complejo, arte de elegir aliados de la misma condición, deber y derecho de ciudadanos con sensibilidad social, estrategia astuta e inescrupulosa para gobernar e ingresar a una fiesta sin invitación. Las decisiones políticas tienen un poderoso componente emocional. El desajuste de carácter y la carencia de regulación emocional es el perfil del político de ayer y de hoy. No se trata solo de acusarlo de mentiroso, demagogo, cleptómano, farsante y otros viles adjetivos, sino de entender que fue elegido por un elector, analfabeto o doctor de la Universidad de Harvard, con DNI vigente. Citarse en un chifa clandestinamente, encapuchado para no ser visto, reunirse con agenda suspicaz, es una monumental ingenuidad e irresponsabilidad políticas. Lo mismo hizo Pedro Castillo (con gorro deportivo en vez de sombrero chotano) o Dina Boluarte dentro del automóvil presidencial (“el cofre”). Un político que gobierna con altos estándares de valores éticos, pulcritud de actos, resultados de impacto, fortalecimiento institucional y gratitud ciudadana es un gran estadista. Fragilidad institucional, precariedad de liderazgo, desconfianza ciudadana, inestabilidad política y seis presidentes en diez años es un balance negativo que revela peligrosa erosión de la democracia.
El problema central de la política es ético, emocional y ausencia de convicciones. En ese local de comida oriental, hay cámaras de vigilancia, un presidente en ejercicio no pasa desapercibido, no falta un comensal o transeúnte que ve al personaje, lo graba con su celular, las imágenes se filtran a los medios de prensa y las redes sociales. Y se armó el escándalo político, que golpea aún más la alicaída democracia y la credibilidad y confianza de los políticos. Las coordinaciones donde no prima la amistad sincera e incondicional es transacción, pacto, contubernio, colusión, rentabilidad, repartija, negocio. Un político tiene que conducirse con sensatez. No puede ser un adolescente con las hormonas en erupción o como un insecto ruidoso con el aguijón expuesto y erecto. En elecciones aparecen ciudadanos que aspiran a un cargo público en representación del electorado que, consciente o involuntariamente, los elige. Qué sucede luego de las elecciones, es otra historia; abundan ejemplos de amnesia política y comportamientos contrarios a los ofrecimientos de campaña. Veo con mucha simpatía que cientos de ciudadanos, con o sin posibilidades de ser electos diputados o senadores o presidente de la república, ofrecen cambio, renovación y un menú de compromisos. Esto es encomiable ahí donde la política es moneda corriente y ruin. Las elecciones son el domingo 12 de abril. La fiesta electoral no llega aún al clímax ni a la efusividad.
De los políticos y de la política no vamos a librarnos; son el fundamento de la democracia, la libertad, la participación ciudadana y la diversidad de ideología. La política es inherente a la civilización. Es un deber ciudadano exigir estándares promedio de ética, coherencia de palabra y acción y performance de gestión pública. La elección y relección está escrita en la ley. Los candidatos son ciudadanos de carne y hueso, con defectos y virtudes, con opciones de equivocarse y corregirse. Ciudadano más blanco que la hostia o la nieve no existe. Sean Cristo, Mahoma, Dalai Lama o Gandhi los candidatos, los ciudadanos con su voto los elegirán. El poder de decisión está en los electores. Una congresista se afana obstinadamente en fiscalizar al gobierno regional, pero se le niega el recibimiento protocolar. Lo correcto es que ambos representantes, elegidos por el voto popular, se sienten para conversar y coordinar trabajos conjuntos para enfrentar la anemia infantil, la brecha de infraestructura educativa, la inseguridad ciudadana, el aceleramiento del gasto presupuestal o la priorización de proyectos de inversión pública en conectividad vial, salud y mejoramiento de los aprendizajes. Mientras prime el orgullo y la intransigencia es una ficción política. Abrigo optimismo, fe y confianza en que el rumbo político del Perú se revierta en las nuevas generaciones de ciudadanos políticos. El 2025, en las instituciones educativas, por mandato del Minedu, se organizaron elecciones para elegir al municipio escolar. Así se hizo. El 2026, el alcalde y sus regidores tendrán voz y voto, dentro de sus atribuciones, en las decisiones educativas que involucren a los estudiantes. Ha sido un trabajo de “pedagogía política”. La firma del Pacto Ético regula la actuación de los candidatos para hacer una campaña respetuosa, proba, sin ataques arteros ni descrédito en contra del contendor. A veces se borra con el codo lo que se firma con la mano.
La política recuperaría su esencia de vocación de servicio si se logra conectar coherentemente el discurso y la acción, la ética y las decisiones responsables, el deslinde necesario entre el interés personal y partidario y las expectativas y aspiraciones colectivas. La percepción ciudadana debe ser positiva y favorable para los políticos, que no se crea que van al parlamento a hacerse ricos por arte de magia. La política se ennoblece hasta convertirse en virtud de altruismo con políticos decentes y transparentes. Los políticos se meten en camisa de once varas, protagonizan escenas reprobables. La indiferencia política es una necedad, pero respetable. Hacer política es candidatear en elecciones y dar opiniones políticas con militancia o independencia. Despreciar la política abre las puertas para que dirijan las riendas de un país o una ciudad lobos disfrazados de corderos. En la responsabilidad ciudadana, radica la histórica resolución de elegir acertadamente a las autoridades idóneas, que merezcan representarnos. Un político debe concentrar méritos, gestión emocional, virtudes, convicciones y aspirar un lugar en la memoria histórica. ¿Cómo lo recordaremos cuando acabe su gestión? Creo en la política y en los políticos; no soy nihilista ni un témpano de hielo. Sé que habrá un punto de quiebre para que los destinos de la sociedad sean conducidos por ciudadanos honestos e íntegros. Confío en la resiliencia política. La democracia también toca fondo y levanta la cabeza. Sostengo mi esperanza en el recambio generacional de políticos. La política debe convertirse en un privilegiado oficio ciudadano para resolver problemas sociales, cohesionar voluntades plurales y consolidar los pilares de la democracia. Apuesto por el ejercicio del pensamiento crítico, una ciudadanía libre de prejuicios, respeto por la pluralidad cultural y una educación basada en competencias, conocimiento científico y tecnológico y fortaleza socioemocional.




