¿ESTAMOS ANTE LA HUMANIZACIÓN DE LOS ANIMALES?

Escribe: Ronald Mondragón Linares

Pasada ya la segunda década del siglo XXI, el fenómeno de la denominada humanización de los animales, específicamente de las mascotas de compañía, al parecer se termina de consolidar. Advirtiéndose además preocupantes señales de una probable distorsión en las relaciones entre animales y seres humanos.

“El perro es el mejor amigo del hombre”, reza un dicho popular. Y cómo cuestionar tal aseveración, si efectivamente en muchas y variadas situaciones los perros, sin hacer distingo de raza incluso, han mostrado no sólo fidelidad, sino también acompañamiento, protección y muchas veces han salvado vidas humanas. 

Pero resulta que los perros o los gatos-también hámsters, conejos, pájaros- ya no son solo amigos de hombres y mujeres: ahora son hijos, bebés o hermanos, es decir, elementos integrales de las familias.

Desde una primera mirada, el tema pudiera parecer inocuo y por ende de escasa relevancia. Sin embargo, a la luz de los hechos y situaciones que se van acumulando de forma irrefrenable, y atendiendo a una mirada más profunda, entendemos que el fenómeno en cuestión no es de poca monta y empiezan a notarse aristas cada vez más perturbadoras y dignas de una reflexión más seria.

Veamos el plano filosófico. El tema de la angustia existencial es uno de los centros de atención de las filosofías irracionalistas de Kierkegaard y Jean-Paul Sartre. Y dicha angustia del existir es el eje alrededor del cual gira la soledad humana, como una rueda absurda. 

En vista de que el género humano es incapaz de dar salida a ello, la compañía de las mascotas viene a ser no otra cosa que una salida desesperada para recibir un alivio ante la esencial incomunicación kafkiana y la soledad angustiante.

Como es obvio, la relación natural de lo anterior se dirige hacia el campo psicológico. La angustia filosófica no es de ningún modo abstracta. En el mundo en que vivimos, se manifiesta vivamente, dolorosamente, en males psíquicos como la ansiedad, el estrés y la depresión morbosos. Asociados a la soledad cósmica y atemporal, que muestran la incapacidad del hombre de enfrentarse al presente, pasado y futuro con una mente saludable. 

En un plano más concreto, las malas, frustrantes y a veces desdichadas relaciones sentimentales y familiares producen grandes vacíos afectivos y desviaciones emocionales. Estos vacíos, que deberían canalizarse fundamentalmente y superarse en las relaciones humanas y sociales, vale decir entre el género humano, se intentan cubrir en la comodidad y afabilidad que brinda el amable contacto con las mascotas, que son llevadas casi a la fuerza al espacio humano, espacio que cuenta con sus propias dimensiones y problemáticas. Son llevadas a la sala y al comedor de la casa, al dormitorio e incluso al lecho humano, al restaurante, a la piscina, y también, ahora, a los buses y aeropuertos y se les regala manjares propios de las personas y se les coloca prendas de vestir y se les brinda celebraciones sociales como fiestas de cumpleaños y, llevado al extremo rayano en la insania, hasta se organizan casamientos.

Con bastante frecuencia, hemos visto semejantes actitudes a nuestro alrededor, en nuestro entorno más cercano, y solo dejábamos escapar una sonrisa o lo veíamos con bonhomía. Ahora, se ha convertido ya en un fenómeno socio-cultural de grandes dimensiones imposible de frenar y uno de los rasgos de actualidad, que hace tres o cuatro décadas no acontece de ningún modo. Al contrario, al perro o al gato se le trataba como animal en sentido peyorativo.

En un reciente reportaje de la BBC, Melissa, dueña de una bóxer llamada Ziva, dijo que “su hija tiene cuatro patas” y explicó que ella y su esposo decidieron “no tener hijos humanos” (sic) y optaron entonces por la adopción de un perro. La paradoja que encierra este caso es que ella misma trata al animal como un hijo humano.

Un experto educador canino, Carlos Carrasco, que tiene un libro en plataforma digital,“Haz equipo con tu perro”, se ha dado cuenta del problema y lo dice sin ambages.  A los animales hay que respetarlos y amarlos en su dimensión y en su condición animal. Lo cual implica no forzarlos a seguir pautas, normas de convivencia y reacciones emocionales que no son suyas. Ni darle estándares, jerarquías y hasta responsabilidades afectivas y familiares que esencialmente no les corresponden de ninguna manera. 

Este experto cuenta que uno de sus principales esfuerzos en su trabajo es hacer entender a la gente lo que es en realidad y en esencia un perro, su naturaleza animal, muy distinta a la realidad esencial de un niño, un infante, un hijo o hermano.

Es cierto que los animales, ciertamente, forman parte del ecosistema y de la naturaleza, de la cual, junto a nosotros, forman parte integrante y que nos corresponde la convivencia en armonía con ellos y los demás seres vivos. 

Pero no perdamos de vista que los animales tienen sus propios instintos, necesidades, así como sus pautas naturales de comportamiento. Establecer vínculos afectivos con ellos no es malo ni perjudicial. Lo malo es que los veamos, artificial y engañosamente, como sucedáneos y tributarios del amor y la realización humana, de la felicidad maternal y familiar, para ocultar neurosis irresueltas o los grandes dramas de la crisis existencial.