ESE TIPO SOY YO

Por Arlindo Luciano Guillermo

Hubiera querido consagrar mi vida a la lectura, escritura y publicación de libros. Soy un escritor sin libros, innombrable en la historia literaria de Huánuco. pero las columnas de opinión están ahí, sin fallar una sola semana para los lectores que democráticamente elijan leerlas. Escribo, opino y comparto solidariamente puntos de vista. He publicado en la revista Perú, Correo, Expresión Regional, Ciudad Letrada (Huancayo, Manuel Baquerizo Baldeón), plataforma Pata Amarilla, La Tortuga Ecuestre, Aspaviento; desde hace varios años, en el Diario Ahora. Desde la lejana juventud he dedicado mi tiempo, esfuerzo y responsabilidad a ejercer el periodismo radial y escrito, docencia, debate de temas públicos y la escritura de ficciones. Escribí letras de canciones que disfruta la gente. Jorge Chávez cree que con Ausencia y Arañado tus huellas, con la música de Ruco Vargas y Omar Majino respetivamente, tengo un lugar en la memoria de Huánuco. Dedico tiempo y paciencia para leer y escribir infatigablemente; lo hago con la responsabilidad de un ciudadano que comparte lo que sabe, piensa y siente con sinceridad. No escribo por escribir, no soy escritor compulsivo; escribo por necesidad de comunicar algo a los demás. Soy un buen samaritano con mis escritos, hijo pródigo que, cuando me alejo de la literatura y la lectura, regreso como perro arrepentido, pero regreso.     

Soy el resultado de mi generación, entorno familiar, amical y social. Leí todo lo que pude. Cuando joven he sido un lector omnívoro, leí todo lo que caía en mis manos. Si no podía comprar libros, me los prestaba y devolvía. He tenido amigos generosos que me dejaban leer sus libros, revisar sus bibliotecas, coger sus libros, sentir el olor de páginas con humedad, ver marcas y señas de lecturas anteriores.  Leí a Vallejo y Neruda con devoción religiosa, a Mariátegui con interés político e ideológico. Milité en el PUM, que lideraba Javier Diez Canseco Cisneros, y en Huánuco el gran Roel Tarazona Padilla, junto a jóvenes que hoy ejercen la docencia universitaria, pero en “cura de silencio”, sin decir esta “boca es mía”; aquellos jóvenes contestatarios, que nos indignábamos por la injustica y el autoritarismo político, el sueño de la patria de “todas las sangres”, “sin calco ni copia”, se extinguieron como escupitajo expuesto al sol. Como nadie es joven dos veces, viví mi juventud con intensidad: fui bohemio, poeta de bares y tertulias, lector empedernido, docente en colegios privados; a la universidad no ingreso porque el camino está lleno de abrojos y sumisiones. Ajusté mis convicciones políticas, sin alejarme de los principios de democracia., libertad, pluralidad y transición constitucional. He aprendido “todo dentro de la ley, nada fuera de ella”. No creo en la violencia para tomar el poder, nunca lo estuve, la combatí desde el periodismo, la literatura, la docencia y la política. No creo en el prejuicio social, racial ni cultural, en la polarización política, en los fanatismos ideológicos ni la depredación del Estado. Un ciudadano que ejerce una función pública lo hace con honradez, vocación de servicio, respeto a las instituciones y consideración a los ciudadanos. Creo en el ciudadano, en la democracia y las instituciones.  

Me reservo el derecho al silencio sobre mis cuestiones íntimas y privadas. Cada quien tiene su propio drama, comedia o tragedia, sus demonios, sus frustraciones, sus sueños rotos, episodios que han quedado como cicatrices visibles. Quisiéramos ser perfectos, pero, afortunadamente, somos de carne y hueso, vulnerables al error, el defecto y la estupidez, pero también capaz del talento, lucidez, genialidad, decencia y paciencia de Buda. Ni santo ni demonio. Lo que hice, ya lo hice, lo que no hice y no se pude hacer, ya no se hará. El agua que ha pasado por debajo del puente ya no regresa. Así son la vida y las oportunidades. Ya no soy el joven de la década del 80, soy adulto pleno que se conduce, lo mejor que pueda, hacia el ocaso de la existencia. Vivo con los pies sobre la tierra, no camino a 10 centímetros del suelo, no deseo lo que no puedo hacer ni podré conseguirlo. En 1985, en elecciones, se enfrentaban Alan García Pérez por el Apra y Alfonso Barrantes Lingán de la Izquierda Unida -líder conspicuo de la izquierda, hoy convertida en letrina, sin nervio ideológico ni espina dorsal política-. Los estudiantes universitarios hacíamos campaña a favor de Barrantes. Roel Tarazona y yo dirigíamos un programa político en radio Ondas del Huallaga, desde donde tratábamos de convencer a los ciudadanos para votar por Barrantes; finalmente, ganó Alan García. Hubo disturbio en la Plaza de Armas. La policía arremetió ferozmente. Me cogieron y llevaron en el carro portatropas a la comisaría de Constitución. Estuve incomunicado dos días en un calabozo maloliente, estrecho, frío, olor a orines y excremento. Mis amigos políticos fueron a la casa de Abancay para que mi padre fuera a sacarme del encierro, mi famosa libreta electoral de cuatro cuerpos, de cartón, lo había extraviado, seguramente en una de esas noches de bohemia.  Mi padre, chofer rudo, los miró y dijo categórico: “Que le saquen sus amigos; yo lo mandé a estudiar, no a meterse en la política”. Dio la vuelta y siguió trabajando. Mi madre intercedió por mí ante un oficial que le recomendó que me dedicara a estudiar y no apoyar a políticos izquierdistas. Yo tenía 18 años, Sendero Luminoso y el Estado combatían como enemigos encarnizados.  
No espero homenajes. El mejor reconocimiento son los lectores que disfrutan las columnas de opinión, las clases que alegran la vida de los estudiantes, las canciones que escribí. Cuando alguien muere -no seré la excepción- llueven elogios amarillos, lisonjas rosadas y aparecen mariposas multicolores; los muertos no se emocionan. Llego a este onomástico vivo felizmente, con ganas de seguir haciendo lo que tengo que hacer, sin mirar atrás ni escuchar los cantos de sirena, me hago de los oídos sordos ante gente cuyo oficio infame es criticar y juzgar. Soy presente diario, y eso me agrada vivir. Suscribo las palabras del Dalai Lama: el ayer no se puede arreglar ni reparar, el futuro no existe como tal; el presente es el único día para vivir. No tenemos dos oportunidades de vivir en la Tierra, cuando las ganas se juntan para amar no hay que escapar. Mi abuela Clara Chepe Morales decía, en el pueblo de Cochachinche: “Lo vivido, lo gozado y lo comido nadie te quita”. Campesina analfabeta, sabia, roja como tomate maduro, pies grandes como plancha de carbón, manos duras por los quehaceres domésticos; junto al abuelo Melecio Luciano Gutarra condujo una familia numerosa. Era la Úrsula Iguarán de Cien años de soledad. Me enseñó a cazar luciérnagas gigantes. Fue el cimiento de la casa de Minapata. Cuando murió las paredes de tapia se desplomaron. Un día me explicó que el río sabe hablar. Ella oía los murmullos de las aguas del río Huertas, que se precipitaba sereno frente a la casa grande de los Luciano Chepe en aquel caserío donde dejé mi infancia.