La industria nacional de equipos médicos desechables, incluyendo mascarillas faciales y guantes de examen, ha sufrido un declive significativo debido a la afluencia masiva de importaciones chinas a bajo costo. Este sector, crucial para proteger a los trabajadores de la salud de patógenos infecciosos, se enfrenta a una competencia desleal que pone en riesgo la seguridad sanitaria del país. En 2010, Estados Unidos representaba el 30% de la producción mundial de estos equipos, cifra que se redujo drásticamente a menos del 5% en la actualidad.
Según la investigación publicada por The New York Times, este declive industrial tuvo consecuencias nefastas durante la pandemia de Covid-19, cuando Pekín detuvo las exportaciones y los trabajadores hospitalarios estadounidenses se vieron a merced de un virus mortal. La falta de suministro local dejó al descubierto la vulnerabilidad de la cadena de suministro y la dependencia excesiva de un único proveedor.
Con la imposición de aranceles por parte del Presidente Trump y la represalia de Pekín con un impuesto del 84% sobre las importaciones estadounidenses, las pocas empresas restantes que fabrican equipos de protección en Estados Unidos experimentan una mezcla de esperanza y temor. Lloyd Armbrust, director ejecutivo de Armbrust American, una startup de Texas que produce mascarillas N95, expresa su preocupación ante esta situación, reconociendo la necesidad de independencia de China, pero cuestionando la responsabilidad de la política industrial implementada.
Estados Unidos, que en su momento dominó el campo de los equipos de protección personal (EPP), ha visto cómo China se convierte en el principal productor mundial. La mascarilla N95 y el guante de nitrilo desechable, inventos estadounidenses, son ahora fabricados en su mayoría en China, representando más del 90% del equipo médico utilizado por los trabajadores de la salud en el país.
A pesar de las promesas bipartidistas de poner fin a la dependencia de productos médicos extranjeros y de apoyar a los fabricantes nacionales que surgieron durante la pandemia, las agencias federales han retomado su preferencia por las importaciones chinas de bajo costo. Esta decisión contradice los esfuerzos por fortalecer la industria nacional y garantizar un suministro estable en caso de futuras emergencias sanitarias. Se estima que el gobierno federal ahorra un promedio de 15% al optar por importaciones, una cifra que no considera los riesgos estratégicos asociados.
La renovada dependencia de productos médicos importados es especialmente preocupante ante la expansión de brotes de sarampión, la amenaza de la gripe aviar y la guerra comercial con China, que podría afectar las cadenas de suministro globales. La falta de diversificación de proveedores y la concentración de la producción en un solo país exponen a Estados Unidos a riesgos significativos en materia de salud pública y seguridad nacional. Un estudio reciente de la Universidad Johns Hopkins reveló que el 70% de los hospitales estadounidenses dependen de China para al menos el 50% de sus suministros médicos básicos.
La situación actual plantea un desafío crucial para la política industrial estadounidense. Equilibrar la necesidad de proteger la industria nacional con la búsqueda de precios competitivos requiere una estrategia integral que fomente la innovación, la inversión en infraestructura y la diversificación de proveedores. La seguridad sanitaria del país no puede depender exclusivamente de un mercado globalizado y volátil.




