La erosión de la industria nacional de equipos de protección personal (EPP), golpeada por la avalancha de importaciones chinas de bajo costo, ha dejado a los fabricantes de mascarillas, guantes de examen y otros insumos médicos desechables en una situación precaria. Esta dependencia extranjera, agravada por las políticas comerciales actuales, plantea serias interrogantes sobre la seguridad sanitaria del país.
Según la investigación publicada por The New York Times, el declive de esta industria tuvo consecuencias desastrosas durante la pandemia de Covid-19. El cierre de las exportaciones por parte de Beijing dejó a los trabajadores de la salud estadounidenses expuestos a un virus letal que saturó los hospitales y morgues del país.
La imposición de aranceles por el entonces Presidente Trump y la posterior represalia de China, con un impuesto del 84% a las importaciones estadounidenses, generaron inquietud entre las pocas empresas que aún fabrican equipos de protección en los Estados Unidos. Esta situación paradoxal se presenta como una espada de doble filo: por un lado, podría ser el catalizador para una mayor independencia de China, pero, por otro, levanta dudas sobre la implementación de una política industrial responsable y efectiva. Recordemos que, en 2019, antes de la pandemia, Estados Unidos importó más de 7 mil millones de dólares en EPP de China, lo que ilustra la magnitud de la dependencia preexistente.
Aunque Estados Unidos fue pionero en la creación de los equipos de protección personal, como la mascarilla N95 y el guante de nitrilo desechable, la balanza comercial se ha inclinado drásticamente hacia China, que ahora produce más del 90% de los insumos médicos utilizados por los profesionales de la salud estadounidenses. Este cambio no solo representa una pérdida de capacidad productiva nacional, sino también una vulnerabilidad estratégica en tiempos de crisis sanitarias.
A pesar de las promesas bipartidistas de reducir la dependencia de productos médicos extranjeros y fortalecer a los fabricantes nacionales que surgieron durante la pandemia, las agencias federales han vuelto a priorizar las importaciones chinas de bajo costo. Esta decisión, motivada en gran parte por la búsqueda de precios más competitivos, ignora los riesgos asociados a la concentración de la producción en un solo país, especialmente en un contexto geopolítico tenso.
La renovada dependencia de productos médicos importados resulta especialmente preocupante ante la expansión de brotes de sarampión, la amenaza de la gripe aviar y una guerra comercial con China que podría afectar las cadenas de suministro globales. La experiencia de la pandemia de Covid-19 demostró la importancia de contar con una producción nacional robusta de EPP para proteger a los trabajadores de la salud y garantizar la seguridad sanitaria de la población.
La administración actual enfrenta el desafío de equilibrar la necesidad de reducir la dependencia de China con la realidad de los precios competitivos y la capacidad productiva instalada en el país asiático. Una posible solución podría ser la implementación de incentivos fiscales y programas de apoyo a la innovación para fomentar la producción nacional de EPP y reducir la vulnerabilidad del país ante futuras crisis sanitarias. Además, el gobierno federal podría establecer reservas estratégicas de EPP para garantizar el suministro en caso de emergencia, tal como se ha hecho con otros bienes esenciales.




