“ES DE MADERA MI PACIENCIA, / SORDA, VEJETAL” 

Arlindo Luciano Guillermo

César Vallejo es “muerto inmortal”; poeta universal, renovador, provocó una revolución estética y artística con Trilce, no necesitó estar en Europa, ejerció el periodismo para sobrevivir, se fue del Perú, para no regresar, con dos libros de poesía: Los heraldos negros y Trilce, preso injustamente, docente de primaria, viaja a París donde pasó penurias. Vallejo dejó una gran lección para escribir poesía, actitud ante la creación poética y compromiso con el lenguaje. Vallejo jamás se hizo de la vista gorda ante los anhelos ciudadanos, injusticias y deseo de solidaridad y fraternidad. Ahí están las dos primeras estrofas de “Altura e intensidad”, en Poemas humanos: “Quiero escribir, pero me sale espuma, / quiero decir muchísimo y me atollo; / no hay cifra hablada que no sea suma, / no hay pirámide escrita, sin cogollo. / Quiero escribir, pero me siento puma; / quiero laurearme, pero me encebollo. / No hay toz hablada, que no llegue a bruma, / no hay dios ni hijo de dios, sin desarrollo”. Quien quiera escribir poesía tiene que leer, obligatoriamente, a César Vallejo, lo entienda o solo sienta la emoción vibrante y vivísima de sus versos.

El 2022 se cumplieron 100 años de Trilce; solo tuvo un tiraje de 300 ejemplares, con prólogo de Antenor Orrego, el paladín del Grupo Norte de Trujillo, quien dijo del atípico poemario de 77 poemas con numeración romana: “César Vallejo está destripando los muñecos de la retórica. Los ha destripado ya. (…) El poeta habla individualmente, particulariza el lenguaje, pero piensa, siente y ama universalmente”. Vallejo le responde: “… el libro ha caído en el mayor vacío. (…) Soy responsable de él. Asumo toda la responsabilidad de su estética”. Escribe Marco Martos: “No hay libro de poesía en español [se refiere a Trilce] que haya merecido tantos comentarios e interpretaciones, pues el texto fascina a quien abreva en sus páginas y el lector siente que tiene que poner mucho de sí para intentar comprenderlo”. No todos los poemas de Trilce son herméticos e insondables -que los hay-, algunos son accesibles al entendimiento; Trilce se lee con apoyo de estudios interpretativos. Con el libro Trilce poema por poema (2022. Págs. 296) de Víctor Vich y Alexandra Hibbett he logrado entender los poemas de Trilce. El poema XVIII (“Oh las cuatro paredes albicantes de la celda”.) “describe el encierro carcelario”. Es un episodio autobiográfico de Vallejo. El XXIII (“Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos / pura yema infantil innumerable, madre”.) “es una elegía a la madre” del poeta. El famoso LXV (“Madre, me voy mañana a Santiago, / a mojarme en tu bendición y tu llanto,”) “es una elegía a la madre muerta. La voz poética se esfuerza por simbolizar todo lo que la representa y encarna, pues, aunque haya fallecido, sigue cumpliendo un rol indispensable y, por eso, es nombrada como inmortal”. Según Miguel Pachas Almeida, biógrafo de César Vallejo, de los 77 poemas de Trilce, 44 están dedicados a Otilia Villanueva. “He conocido a una pobre muchacha / a quien conduje hasta la escena. / La madre, sus hermanas qué amables y también / aquel su infortunado “tú no vas a volver” (XXXVII). César Vallejo es también un vate de amoroso y sentimental, amó y, no necesariamente, fue correspondido. (Léase Las mujeres de Vallejo de Miguel Pachas Almeyda). “Amada: no has querido plasmarte jamás / como lo ha pensado mi divino amor. / Quédate en la hostia, / ciega e impalpable, / como existe Dios. (…) Y si no has querido plasmarte jamás / en mi metafísica emoción de amor, / deja que me azote, / como un pecador” (“Para el alma imposible de mi amada”).                                                                                                                       

Hay un Vallejo que aprecia y disfruta de su poesía el lector; otro Vallejo es de los exégetas, biógrafos y críticos literarios. Soy de los primeros. ¿Qué se puede decir de novedoso sobre César Vallejo que no se haya dicho, escrito o estudiado? Vallejo es un poeta inagotable, inacabable, cada poema es una tesis doctoral, un verso genera diversas interpretaciones, un libro de Vallejo es otro libro de ensayo o crítica literaria. A 86 años de su muerte en París, solo queda reafirmar nuestra feligresía por Vallejo, sin él no creo que hubieran existido grandes poetas en Perú, América, España y el mundo. Todo poeta de ayer y de hoy tiene una pizca, “tufillo” o sombrilla de Vallejo, se parafrasean sus versos, se dicen con otras metáforas o símiles sus versos. El dolor que exudan los versos recios y humanos de Vallejo son los de cualquier latitud de la Tierra. Los poemas de España, parta de mí este cáliz podrían servir para denunciar y protestar contra la guerra en Ucrania y la Franja de Gaza, donde ucranianos y gazatíes son víctimas de la insania y la barbarie. “¡Porque en España matan, otros matan / al niño, a su juguete que se para, / a la madre Rosenda esplendorosa, / al viejo Adán que hablaba en alta voz con su caballo / y al perro que dormía en la escalera. / Matan al libro, tiran a sus verbos transitivos, a su indefensa página primera! / Matan el caso exacto de la estatua, / al sabio, a su bastón, a su colega, / al barbero de al lado -me cortó posiblemente, / pero buen hombre y, luego, infortunado-; / al mendigo que ayer cantaba enfrente, / a la enfermera que hoy pasó llorando, / al sacerdote a cuestas con la altura tenaz de sus rodillas…” (“Himno a los voluntarios de la república”). La gente muere literalmente como moscas en Ucrania y la Franja de Gaza, mientras la Rusia de Putin y el Israel de Benjamín Netanyahu exhiben su poder letal. Es condenable cualquier atentado contra la vida, los derechos humanos y la libertad de expresión. Entonces podemos parafrasear: “Niños del mundo, / si cae Ucrania y la Franja de Gaza -digo es un decir- / salid, niños, del mundo; id a buscarlos”.  Nada más vigente que “Masa”: “Entonces, todos los hombres de la tierra / le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; / incorporóse lentamente, / abrazó al primer hombre; echóse a andar…”

En mis años universitarios llevaba conmigo la poesía completa de Vallejo, Hora de silencio de Cárdich y Canto general y Los versos del capitán de Neruda; los leía con pasión obsesiva como si fueran los únicos poetas del mundo; eran los años de mayor lectura y educación poética. No logré ser poeta como Samuel Cárdich. A Vallejo regreso como hijo prodigo cuando tengo sed de vida y sentimiento, cuando necesito de un acto solidario, cuando veo que la libertad es amenazada o la injusticia asoma perversa. El lector de Vallejo lee con devoción, emoción y apertura. Siempre hay un libro de Vallejo en la biblioteca familiar. El epígrafe de Los heraldos negros es profético: Qui pótest cápere capiat (Quien pueda entender, que entienda). Siempre serán nuestros versos: “Dios mío, estoy llorando el ser que vivo; / me pesa haber tomádote tu pan; / pero este barro pensativo / no es costra fermentada en tu costado: / tú no tienes Marías que se van! / Dios mío, si tú hubieras sido hombre, / hoy supieras ser Dios; / pero tú, que estuviste siempre bien, / no sientes nada de tu creación. / Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!” Vallejo está vivo en el lector que siente su dolor, su angustia, su deseo de justicia, de trascendencia.