Escrito por: Jorge Cabanillas Quispe
En 1791, Marie-Olympe de Gouges escribió un encabezado que a la letra decía: “Hombre, ¿eres capaz de ser justo?”. El caos desatado en nuestro país en las últimas semanas me lleva a retomar el enunciado y planteárselo como un reproche a estos burócratas semianalfabetos que lamentablemente y por nuestra culpa, nuestra culpa, nuestra gran culpa, nos gobiernan.
En las últimas semanas nuestro país, como si no fuese suficiente con la crisis de salud y el contexto de pandemia, ha tenido que enfrentar la furia de sus habitantes en las calles, la miseria de su clase política cínicamente acomodada en sus curules o en el comedor de Palacio; además, claro está, como la cereza del pastel, la angurria de azuzadores politicastros que desesperadamente buscan un voto y no lo hacen con sus ideas. ¡No, señor!, ¡qué ideas se les puede pedir a esos tipejos!, ¡no! Ellos aparecen según lo que se requiera, piden cambiar la Constitución como si escribir una nueva se tratase de publicar cualquier cosa con letras y una pasta colorrinchi como en muchas literaturas regionales. Estos, que se aprovechan del contexto, son capaces de tomar leche de vaca de la misma ubre sin importarles su estómago; son capaces de ir corriendo, como quien escapa de un incendio, hasta la plaza a gritar a viva voz que no quieren más corrupción olvidándose de que, en algunos casos, administraron las agendas que hoy denuncian. Así pues, usan sus mejores estrategias, cada uno hace lo que mejor pueda y no importa si se pisotea a alguien. No se les puede llamar de derecha o izquierda porque patean con el pie que mejor les convenga para llenarse los bolsillos. ¡Reaccionemos!, de eso se trata, no lo hacen por convicción, sino por una adicción malsana de poder; esa es la única manera de posar con terno en un lugar importante.
Mientras tanto, nuestros agricultores —olvidados por la prensa que no hace eco de sus gritos de auxilio, olvidados por nosotros los que les regateamos y nos burlamos de ellos— luchan por sus derechos, luchan porque también tienen hijos con sueños de ser exitosos, porque ya están cansados de que los miren por debajo del hombro, porque están hartos de que el Estado los tenga olvidados, porque no se explican cómo el Estado gastó millonarias sumas de dinero en reactivar grandes empresas y a ellos les dicen que no hay plata. Se sienten traicionados porque el expresidente Vizcarra prorrogó hasta el 2031 la ley n.º 27360. Sí, ese expresidente que se fue con más del 70 % de aprobación, ese mismo mequetrefe que no le importó la estabilidad del Estado cuando contrató al impresentable Swing; sí, ese expresidente investigado por evidentes actos de corrupción, y que ahora postula al Congreso y que seguramente, porque cada vez defraudamos más a la patria, ocupará una curul durante el bicentenario.
Los agricultores gritan, exigen y nadie los escucha y si alguien los escucha, simplemente los ignoran. La prensa dice que ese 4 % no representa el sentir de todos los agricultores. Esos políticos —que no conocen la realidad del país o que en muchos casos la olvidaron, tienen personal hasta para que les sirvan el agua—cómo van a conocer la realidad del agricultor, cómo van a entender lo tedioso y maltratado de su trabajo, si para ellos trabajar es estar en una oficina viendo Facebook o creando grupos en WhatsApp para cometer sus fechorías.
Jorge, un agricultor peruano, ha sido asesinado, como Inti y Brayan hace 15 días. Ha sido asesinado en esta lucha por darle dignidad a este país, porque tuvo la certeza de que su familia merecía un futuro mejor. Seguramente, Jorge, mientras aquel perdigón lo hería de muerte, se preguntaba si pedir justicia en este era tan malo como para merecer la muerte y si algún día algún gobierno sería capaz de ser justo…




