ENTREVISTA EN DIEZ ENTREGAS (Parte II)

Por: John Cuéllar

Si la anterior entrevista a mi álter ego Jorge Breen resultó reveladora en algunos instantes, estamos seguros que la presente tendrá el mismo cariz. Pues se trata de sacar a la luz ciertos aspectos de interés público, incidiendo siempre en el lado existencial, académico, literario y cultural.
Sin más preámbulos, adentrémonos a esta entrevista que desde ya es prometedora.
John Cuéllar. Cogiendo el hilo de la entrevista anterior, podría contarnos cómo era el trabajo en la extinta revista Parnaso.
Jorge Breen. Era simple pero funcional: Yo me encargaba de estructurar la revista, enviarla a cada colaborador y coordinar su presentación. Gregorio se ocupaba de la impresión de la revista en la capital, y de algunos auspicios. Héctor Alcedo se agenciaba de los auspicios en su mayoría. Y en diagramación teníamos a Walter Hübner y Cobi (Roberto García Obregón).
John Cuéllar. ¿Quiere decir que la revista se publicaba gracias a los auspicios?
Jorge Breen. No. Los auspicios eran limitados, el otro 50 o 60% corría por cuenta nuestra.
John Cuéllar. ¿Por qué la revista costó mucho menos, en comparación a otras?
Jorge Breen. Nosotros priorizábamos la globalización de la revista. Al respecto hubo una discrepancia encubierta entre nuestra revista y otra de más vigencia. No recuerdo bien, pero en la editorial de la otra revista decía algo así: “Todo buen escritor tiene el derecho de obtener ingresos gracias a lo que escribe”. ¡Y ellos ni siquiera eran escritores!, ¡sus colaboradores sí!
John Cuéllar. Y ustedes le respondieron…
Jorge Breen. Que contrario al interés lucrativo, nuestro interés era la expansión o globalización literaria.
John Cuéllar. ¿Y lo lograron?
Jorge Breen. (entre sonriente y serio) Estábamos en camino. Imagina que en Argentina, el fallecido poeta Roberto Díaz nos hizo notas en el diario donde él colaboraba. El resto es historia.
John Cuéllar. Antes de Parnaso, hubo una fusión con Kactus, ¿por qué decidieron alejarse?
Jorge Breen. En el grupo de Kactus, uno que otro integrante no concordaba con la mística de Parnaso: lograr la expansión de la revista, sin importar las consecuencias económicas al respecto.
John Cuéllar. En su biografía dice que colaboró con diferentes revistas. ¿Cómo le fue?
Jorge Breen. (Incómodo) Mal.
John Cuéllar. ¿Y por qué?
Jorge Breen. No sé. Sucedió que una vez mi buen amigo Gino Damas, a quien conocí en los pasadizos universitarios y que por cosas de la vida nunca llegó a ser mi profesor, me pidió unos textos para Caballo de fuego (Huancayo). A los pocos días se lo entregué pero impreso. El caso fue que una vez publicado había errores y horrores no existentes en el original. Algo similar pasó en la revista El cóndor pasa, a cargo de mi buen amigo Frank Mamani. Y en otras revistas que no me acuerdo.
John Cuéllar. Ese tiempo fue el boom de las revistas…
Jorge Breen. Hubo muchos intentos, pero el punto de partida, debido a su organización y harta vigencia, fue la revista Enconjunto. Una revista muy bien dirigida por Andrés Cloud, Mario Malpartida y Samuel Cardich (los dos últimos, exdirectores del INC). Posterior a Enconjunto, aparecieron Kactus, Kactus & Parnaso, Letra muerta, Parnaso, Diablo blanco, Parnaso de Apolo, Iluminaciones, Contracorriente, etc.
John Cuéllar. Basado en su corta pero fructífera experiencia, ¿qué debe tener una revista para sobrevivir al paso del tiempo?
Jorge Breen. Calidad.
John Cuéllar. Ustedes lo tuvieron, pero no sobrevivieron.
Jorge Breen. (sonríe) Sí sobrevivimos al paso del tiempo. Aún se habla de la revista, más fuera que dentro de estos límites. Ahora, si se refiere a qué requisitos se necesita para que una revista no deje de circular, sería mucho compromiso, capital solvente, buenos colaboradores y buenos textos, editor, corrector, ilustrador, fotógrafo, publicista…
John Cuéllar. ¿Por qué ustedes imprimían en la capital, si acá contamos con buenas imprentas y hasta con editoriales?
Jorge Breen. Un poco porque no teníamos contactos o cercanías con las imprentas. Otro poco porque hasta donde sabía la mayoría de las editoriales eran solo nominales.
John Cuéllar. ¿Nominales?
Jorge Breen. Sí. No contaban con diseñador, diagramador, ilustrador, corrector, impresor… Todo lo hacían a medias o en todo caso con servicios prestados de la capital.
John Cuéllar. Pero hoy existen editoriales que sacan muy buenos libros.
Jorge Breen. Libros en cantidad, nadie lo puede negar. Pero la calidad es poca, como en todo lugar, si partimos del punto de vista de Samuel Cardich, para quien una obra debe defenderse no solo por el fondo sino también por la forma. Debido a mi ostracismo, he leído poca literatura local. Y de los poco que he leído, digamos diez, tres se defienden en la forma (correcciones, portada, hoja, tipo y tamaño de fuente…).
John Cuéllar. Pero los diez se defienden en el fondo…
Jorge Breen. Los textos de los maestros se defienden muy bien. El problema está en los jóvenes y en los no tan jóvenes. A veces hay un exceso de soberbia. Una vez escuché a un joven poeta y a una poetisa no tan joven decir que sus textos no podían ser corregidos porque de hacerlo perderían su originalidad. ¡Ni los grandes escritores dirían tal infamia! Al contrario, muchos escritores serios como Andrés Cloud creen en la constante corrección. El escritor que se inicia debe entender que la literatura, como arte, es el embellecimiento, el cuidado y el buen manejo constante de la palabra; de lo contrario no hablaríamos de un cuento sino de una anécdota, y no comentaríamos un poema sino una carta de amor. Al escritor joven y no tan joven le hace falta un ojo creador y un ojo crítico, de lo contrario será un escritor frustrado viviendo en un castillo de cristal que tarde o temprano se desmoronará.
John Cuéllar. Usted dice que la mayoría de los libros son malos, pero los escritores que los presentan dicen que son buenos.
Jorge Breen. No digo que sean malos, sino que tienen baja calidad. A veces porque no hay un trabajo editorial serio, otras por el mismo autor que se empecina en publicarlo así. Al respecto, Frank Mamani me alcanzó un libro con serias deficiencias de ilustración, y un poco incómodo me dijo que el autor puso todo y quería que salga así. Honestamente, los escritores alaban los libros porque ven una promesa literaria y porque la naturaleza de una presentación lo amerita. ¿Acaso un presentador se puede atrever a decir pestes de un libro digno de ir a la hoguera? El problema nace cuando el halagado se la cree y grita a los cuatro vientos que es un escritor logrado… los lectores saben que no es cierto o que es un mal escritor. Al final, el tiempo los anula.
[Continuará]