Hubo una entrevista donde se trató de los inicios literarios de Jorge Breen. Pero ahí quedaron algunos vacíos que muy bien podrían ser cubiertos con un fragmento de lo que leyó mi alter ego, allá en diciembre del 2007, a propósito de la presentación del poemario “Sin antídoto”:
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Ayer, leyendo y releyendo mis versos, quizás para no volverlos a leer, recordé cómo inicié mis primeros malos escritos, por no decir “pésimos”, los mismos que no me atreví a publicar por mi carencia en materia de Teoría Literaria y porque a mi poesía le faltaba reposo. Aunque, valgan verdades, parece que ya estaba superando la fecha de vencimiento.
Quiero hacer un aparte para explicar esto último: Me apena que haya personas que publican a diestra y siniestra textos pobres, garabatos, trazos inconexos, los mismos que son repartidos a través de trípticos, folletos, páginas de Internet y publicaciones grupales. No sé si son conscientes de que nunca llegarán a ser escritores si siguen por esa vía pretenciosa. Ya es de conocimiento común que un texto literario, y más si se habla de poesía, se sintetiza en el trabajo de la palabra, en la constante revisión y corrección, en el hacer y rehacer, en el construir y destruir para volver a construir. Y no solo eso, hace falta un ingrediente más: lectura, sí, constante lectura. El poeta lee poesía, el narrador lee narración, el novelista lee novela. No para plagiarlos sino para que todo ese cúmulo de lecturas entremezcladas sean la base de una nueva versión literaria, que, al fin y al cabo, será la literatura de todos, o sea, la literatura universal. Eso ya nos lo han demostrado los escritores que para dicha nuestra viven entre nosotros: Andrés Cloud, Mario Malpartida y Samuel Cardich. A ellos no se les verá escribiendo hoy, un poema, un cuento o una novela, para publicarlo al día siguiente, a la semana siguiente o al mes siguiente. No. Eso sería una inmundicia, un bodrio, una estafa… Sería cualquier cosa, menos literatura.
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Era mayo de 1998, días antes de la celebración a la Madre. Como cada año, recorría la calle, con algunos centavos en los bolsillos, cuando llegué a la plazuela Santo Domingo. Ahí, en el suelo, un señor ofrecía sus folletos. Cogí uno de poesía. No recuerdo el título. Después de cierto sinsabor, lo cerré y lo devolví a su lugar. El vendedor me preguntó si buscaba un poema para mi madre. Y sin darme tiempo agregó que él era un poeta y que el “libro” ojeado era de su autoría. Que le bastaba 10 o 20 minutos para componer un poema cualquiera. Le miré fijo y me fui. Ya me alejaba y pensé: “Si este dice ser poeta y se atreve a escribir y publicar, por qué yo no”. Y a partir de ese entonces decidí escribir.
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Hay un amigo, poeta y narrador, con quien departimos a veces acompañados de su dulce esposa Georgina, o de un amante y hacedor de arte, me refiero al fotógrafo Fernando Zárate, o de uno que franquea fronteras como si fuesen esquinas, Tony, el marinero. Ese poeta y narrador es Samuel Cardich. Alguien que me enseñó a calibrar las palabras, a percibir lo sutil de la realidad, a ser autocrítico… Y si este texto contiene algunos defectos, de seguro es porque no soy tan bueno como aprendiz. A este amigo, de quien me alejé por manías mías, le dediqué estos versos existenciales, que paradójicamente llevan el título INEXISTENCIA:
Aquí el mismo / luego de un funeral / el mío / muchos tal vez / sin día / ni vitalidad / con momentos quedos / con quedarmes / en retablos de duelos / donde monótonamente / los ecos / recuerdan / la mala pronunciación / prorrumpida alguna vez / amoldada / y sometida / a un juramento / adánico / entre inocencia / y llanto.
Aquí en silencio / en un suspiro / inmerecido / da igual / si puedo revivir o no / lo no realizado / en espirales platónicas / como una recreación / del olvido / del imaginario olvido / del inexistente recuerdo / reinventado por ese Dios / oculto / más allá del más allá / donde / la muerte ya no es / y donde el hombre / ni es imagen / ni recuerdo / ni él mismo.
Aquí aguardando / el tren que recorre / las noches posibles / y cruza / el desierto circular / de la negación / y el desafío / observando / mis penas / inmerecidas / y espectrales / y mis enfermizos / lamentos / en medio del frío / y del dolor / también posibles / nada más da / sino hurgar / mi propia inexistencia / en este segundo etéreo.
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Andrés Cloud ha sido para sus contemporáneos (Mario Malpartida, Miguel Rivera, Samuel Cardich…), para una generación posterior (Andrés Jara, Juan Giles, Luis Mozombite…), para una tercera generación (Gino Damas, Héctor Alcedo…), para una última generación (Abel Valentín, Ángel Santillán, Gregorio Páucar, Jorge Farid y, atrevidamente, quien les habla) un patriarca, un maestro, que directa o indirectamente estuvo en nuestros primeros pasos literarios. Esto es una verdad, y si no es así, o si no fue así, entonces no he dicho nada.
Con Andrés Cloud aprendí a autoevaluarme, a encaminarme, a reeducarme, a encontrar errores textuales donde en apariencia no la había. Andrés Cloud y Samuel Cardich me enseñaron que el trabajo no es una improvisación, que no se hace literatura de vez en cuando, que se hace necesario un trabajo constante y autocrítico. Nada de concesiones con la vanidad, la huachafería, el escándalo, el autobombo, el refrito, la envidia o la alcahuetería… A este narrador, maestro y amigo, le dediqué un poema que generosamente ha alabado mi hermano Héctor Alcedo, se titula Y LOS AMIGOS:
A dónde huyeron aquellos / con quienes brindaba / en noches placenteras, / luego de ser testigos
Furtivos / en ceremonias fúnebres / de la sociedad mezquina.
Dónde quedaron / esos seres / con quienes nos abrazábamos / en el solo lenguaje / de la incoherencia, / bebiendo / en la copa universal de la bohemia.
Acaso en esta noche / nadie timbrará, / siquiera para suponer / el ritual / donde dialogábamos esquivos / de espaldas, / burlándonos del destino.
Nadie llamará / siquiera para recordar / los versos que escribía, / extraviado, / cuando aún ingenuo / saludaba a la vida, / entrañablemente.
Dónde están / los santos de la noche, / quienes / con los vasos rebosantes, / sus miradas descubiertas / y sus juramentos encendidos / prometían hermandad.
Dónde los pocos, / los desterrados, / los que ya no acuden / a este teatro absurdo / donde en cada encuentro / relataban sus historias, / construían la historia.
Se envejece así, / recordando, / saboreando, / releyendo a los cuatro costados / una elegía absurda, la única, / la que no existe, / la que acaba en este verso.
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