Entre la euforia del fútbol y el clamor por la paz

El jueves pasado, el Perú vivió una jornada de euforia pocas veces vista. La selección nacional de fútbol goleó por 13 a 0 al equipo boliviano en un partido que quedará grabado en la memoria colectiva. En un contexto marcado por fracasos deportivos y promesas incumplidas por parte de sucesivos entrenadores, este triunfo revitalizó la esperanza de clasificar al Mundial. La contundencia del resultado no solo sorprendió por lo inusual, sino también por la entrega y el compromiso de los jóvenes seleccionados, que devolvieron la ilusión a millones de peruanos. En cada rincón del país se celebró esta victoria, como una bocanada de aire fresco en medio de una realidad social cargada de tensión.

Pero la alegría fue breve. Al día siguiente, la sociedad despertó con otra urgencia: la necesidad de paz. Miles de ciudadanos se volcaron a las calles en la llamada “Marcha por la Paz”, exigiendo medidas concretas frente a la creciente inseguridad que golpea al país. El descontento popular, acumulado durante meses, alcanzó su punto crítico, obligando a la renuncia del presidente del Consejo de Ministros, cuya gestión fue ampliamente cuestionada por su falta de liderazgo frente al avance de la delincuencia.

El Perú enfrenta una crisis de seguridad cada vez más compleja. El crecimiento de bandas criminales, muchas integradas por extranjeros que ingresaron ilegalmente al país, ha generado un clima de miedo y desprotección. La población ha sido clara: no se trata de rechazar al extranjero por su nacionalidad, sino de exigir al Estado que recupere el control territorial y garantice condiciones de vida seguras para todos.

Las fuerzas del orden fueron desplegadas en grandes números durante la marcha. Aunque en su mayoría la movilización fue pacífica, algunos grupos buscaron generar violencia, empañando el mensaje legítimo de la ciudadanía. La tarea ahora recae en el Ejecutivo: nombrar a un nuevo premier con carácter, experiencia y visión para restablecer el orden, enfrentar el crimen organizado y reforzar el control migratorio sin caer en discursos discriminatorios.

Perú merece vivir en paz. La esperanza que nos dio el fútbol debe ser el impulso para exigir un país seguro, donde podamos convivir sin miedo. Solo así podremos construir un futuro con justicia, desarrollo y verdadera libertad.