ENTRE EL PERIODISMO Y LA LITERATURA

Arlindo Luciano Guillermo

No es lo mismo escribir periodismo y literatura. Un gran periodista, como César Hildebrandt, no es necesariamente un extraordinario poeta o novelista. Sin el oficio de escritor, fabulador, periodista y reportero, Gabriel García Márquez no hubiera escrito Crónica de una muerte anunciada, Relato de un náufrago y Noticia de un secuestro. Vallejo, en “Los dados eternos”, fundamenta una posición afín a la filosofía de Nietzsche (“Dios ha muerto”). La crónica periodística concentra realidad objetiva, posición del periodista, ficción persuasiva, poesía sencilla, personajes atractivos y simpáticos, artificios narrativos (monólogo, saltos espaciales y temporales, flashback) y relato rítmico y fluido. Como en el mejor cuento, novela o poema, los primeros renglones de la crónica es el enganche; eso demanda un trabajo creativo e ingenioso. Era la obsesiva recomendación de Eloy Jáuregui. Periodista que lee literatura tiene mayor performance en la escritura. El periodista y el escritor son hechuras de sus lecturas. El inicio de Crónica de una muerte anunciada o de Pedro Páramo es memorable. “El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna y, por un instante, fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros”. “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo”.

Los escritores tienen preferencias y rutas propias para dedicarse a la escritura. Poetas o narradores, dramaturgos o cronistas, fabuladores de ficciones -esos magos que nos hacen creer que las mentiras que cuentan son verdades o tienen apariencia de verdades- o periodistas o ensayistas. Vargas Llosa escribió novelas y periodismo; César Vallejo, poesía y periodismo. Lo hicieron con pasión y responsabilidad ética e intelectual, aunque no estemos de acuerdo con ellos. Lo mío no es la ficción, no tengo talento para ese admirable y exclusivo oficio estético; menos para la poesía, que es privilegio de unos poquísimos mortales. Soy un pez en el agua en el periodismo reflexivo, cultural, de reseña de libros y tesis y, a veces, político cuando la coyuntura apremia y merece, siempre desde una posición objetiva, argumental y democrática. Eso vengo haciendo desde los 19 años. No he dejado de escribir ni leer -ocupaciones que exigen tiempo y soledad, estudiar e investigar-, decir lo que pienso, creo y siento, con la anuencia de mis convicciones y mi conciencia. Es mi sello personal y profesional. Este oficio noble, que se convierte, sin proponérselo, en una piedra en los zapatos del poder político, que casi siempre es represivo y necio, tiene satisfacciones, omisiones, indiferencias y cuestionamientos. Aprecio a los ciudadanos que escriben, opinan y se someten al escrutinio de los lectores. Esa es la lógica de la democracia y la libertad; nadie está vacunado contra la crítica y la injusticia, contra las hipocresías y las mentiras, contra el fanatismo y la intolerancia ideológica, contra las medias verdades y la desconfianza. La paciencia es virtud estoica de quien escribe y publica.

No se escribe por encargo o por adulación, sino por necesidad imperiosa de comunicar un asunto de interés público o que pueda interesar al lector. El pensamiento crítico y la literatura cumplen el propósito de demostrar el ejercicio de la libertad, el derecho a la disensión, de expresar una posición argumental sobre las instituciones, la cultura, la política y el curso de la historia. Escribir periodismo tiene recompensas. El sábado 10 de enero, luego de asistir a la cita con el dentista y comprar Hildebrandt en sus Trece, subí, en la Plaza de Armas, a un colectivo para regresar a casa. Me ubiqué al costado del chofer. Me miraba reiteradamente cada vez que podía o cuando el semáforo estaba en rojo. Por el puente San Sebastián, dijo: “¡Usted escribe en el periódico!” Levantó sonriendo el pulgar. Me contó la historia del “borrachito con terno y maletín”, que le había pagado diez veces el pasaje. “Fueron veinte soles en total. Cada vez que despertaba me daba dos soles”. Me pidió que lo escribiera. Pienso, mientras lo escucho. Este es el personaje de “Taxi Driver sin Robert de Niro” de Fernando Ampuero, incluido en el libro Malos modales. Taxistas nocturnos en la ciudad de Lima que venden borrachos, luego de saquearles sus pertenencias. Un fragmento: “A los cinco minutos, cuando recién pasaba por Lince, el tipo había caído: dormía como un angelito. Pero yo, ¡maldita sea!, pasaba las de Caín. Sudaba, el timón se me resbalaba en las manos: temía cruzarme con un patrullero o una de esas unidades de serenazgo. A pesar de todo, trasladé al tipo al Campo de Marte, tomé por una vía oscura y, tras unos leves zamaqueos, cerciorándome de que su sueño era pesado, lo limpié. Tenía un billete de diez dólares y doscientos veinticinco soles en la billetera. No era una fortuna, pero de hecho ese dinero me venía requetebién”. Luego de 20 minutos de viaje -calles invadidas por Los Negritos-, bajé. Le prometí escribir la anécdota. “No se olvide”. Una tarde, antes de ingresar a clases en la universidad, un estudiante de derecho me dijo literalmente: “Doctor, usted escribe cojudeces”. Respiré profundamente. “No estás en la obligación de leer lo que no te agrada”, respondí. Hoy es abogado respetable. Mi amistad con él se conserva. El lenguaje es el instrumento idóneo para el periodismo y la literatura. La palabra revela sentimiento, emoción, perspectiva, catarsis, misterio e ideología. La escritura es un acto de rebeldía y compromiso ético. Un régimen autoritario teme a periodistas y escritores.

No sería escritor o periodista quien tenga corazón de piedra, carezca de sensibilidad y empatía, un ciudadano indiferente con las circunstancias y la filantropía, con un estilo de vida pragmático, sometido a la rutina diaria y atado al instinto biológico. Gregorio Samsa (La metamorfosis) y Meursault (El extranjero) son personajes creados hace muchos años, pero que tienen vigencia actual. La lectura de estas novelas permite constatar lo que somos y hacemos cotidianamente: egoísmo perverso, sociedad altamente mercantil, enfermedades mentales -la depresión y el estrés son amenazas-, depredación ambiental, posicionamiento de la inteligencia artificial. La lectura es una práctica de pocos. A quien le interesa fortuna, fama y espectáculo, la escritura es una ocupación de bobos o de gente que se la pasa leyendo libros como un monje medieval. Entonces aparecen las convicciones y la vocación. Se escribe como parte de una responsabilidad social, comunicar algo relevante a los demás. La lectura es el antídoto contra el engaño, la demagogia política, la manipulación en las redes sociales, la desinformación de los fake news y la instalación de regímenes totalitarios. Escribir no es disparar inútilmente al aire.