Jorge Gabino González
Dividido en dos apartados (“El mar que no conozco” e “Historias entre dos montañas”), en Entre el mar y la montaña, Andrés Jara Maylle, como buen conocedor del oficio, apela a uno de los recursos escriturarios más antiguos de la Historia de la literatura, a efectos de poner los cimientos sobre los que erigirá la estructura de su poemario: el de “El viaje del héroe”. Propio, en esencia, del ámbito de la prosa, el procedimiento en cuestión no es, por supuesto, privativo del cuento o la novela, manifestaciones artísticas en las que sin lugar a dudas se ha empleado con indiscutible fortuna a lo largo de los siglos; ni tampoco, claro, de los bastos y cambiantes dominios del celuloide, en donde no ha sido menor, por supuesto, su recurrencia. Pues, de cuando en cuando, es posible encontrarlo también en los terrenos de la poesía. El presente trabajo de nuestro autor es una prueba fehaciente de ello. Intentaremos a continuación demostrar lo afirmado.
En toda buena historia que se precie de serlo, y no perdamos de vista que la poesía “también” nos las cuenta (a través, en este caso, de la voz del llamado “yo poético”), el héroe, el protagonista, el actante, o como queramos llamarlo, evoluciona, crece, sufre cambios; los sufre porque “viaja”, ya sea real o figurativamente, e importa poco si a través del tiempo o del espacio. Así, surgido, en principio, a partir de los arquetipos psicológicos de Carl Jung y de los estudios míticos de Joseph Campbell, el denominado “Viaje del héroe” tendrá la función primordial de mostrarnos las peripecias, las experiencias vitales, que experimentará, en este caso, el yo poético, y que lo habrán de convertir en alguien distinto; en un personaje redondo, logrado.
En Entre el mar y la montaña, el yo poético emprende un viaje (que, aunque no se nos refiere literalmente su punto de partida, pues se nos lo presenta ya en el momento del arribo a su destino −del cual regresará convertido en otro, pues el conocimiento de esa nueva realidad obrará un cambio cualitativo en él−, lo cierto es que es perfectamente deducible, a partir de determinados versos que, a manera de analepsis, nos permitirán echar un vistazo sobre su pasado, esto es, sobre el lugar del cual proviene), primer necesario requisito para que se configure la estructura clásica de que se viene hablando. Dicho punto de partida no será otro que el que se nos señala cuando el yo poético nos confiesa, en el poema “4” de la primera sección del libro, que su “[…] hábitat es la tundra / [sus] dominios son las montañas / los valles y quebradas”. No podrá ser otro que el de su “[…] comarca / [que el de sus] aguaceros y vientos enloquecidos; / [que el de su] ciudad enclaustrada entre altas montañas.” Realidad que nos pintará de cuerpo entero el que es su mundo cotidiano, aquel hecho de “[…] diáfanos arroyos, / de […] pequeños peces / que saltan cual flechas de plata /ante la mirada absorta.”
Instalado de súbito (pues se tratará, según diversos indicios, de un viaje onírico; uno en el que no se muestran las peripecias con las que el héroe se ha ido encontrando a lo largo de su viaje, sino solo su despertar desconcertante en un mundo que no es el suyo) en el que se configurará como su punto de llegada, como el final de su viaje, la primera reacción del yo poético será la de una natural y comprensible extrañeza: “Despierto / y de pronto / estoy solo ante un ámbito extraño, / frente a un horizonte de exilio, / bajo un cielo que no me pertenece.” Perplejidad que se acrecentará sustantivamente, en virtud de la contraposición a la que el autor apelará, al oponer, a la ya conocida realidad de la cual partió el héroe (hecha, como se vio, de montañas, valles y quebradas), una completamente distinta, una donde lo primero que se le anuncia, es que ahora se encuentra en “[…] un puerto remoto y desahuciado, / cercado por aguas verdes y salobres.“ En pocas palabras, en el mar. Suerte de antítesis geográfica, social, cultural del mundo andino.
Naturalmente, las distintas etapas de “El viaje del héroe” propuestas por Campbell no tienen porqué estar presentes en el cuento, la novela o, como en este caso, en el libro de poemas. Se puede prescindir de muchas de ellas. Con todo, una de las que no puede faltar, a parte de las ya mencionadas, es la del retorno, la del regreso de héroe. Que no es otra cosa que su vuelta al mundo ordinario. Lo que se advierte en el poema “1” de la segunda sección del libro: “Por fin ha culminado mi ostracismo / y remontando la agreste cordillera / he dejado atrás una nación extraña / y he vuelto a mi patria añeja.” Con la particularidad de que nuestro protagonista, ese yo poético, ya no será jamás el mismo, después de conocer (o reconocer) ese otro mundo que habría de resultar trascendental para él, sobre todo porque le haría tomar conciencia de a dónde es que realmente pertenece, la montaña: “Este es mi territorio / en donde un día que aún no atisbo / y en un rincón que desconozco / descansará para siempre la fatigada / ceniza de mis huesos, […]”. (SEGUNDA PARTE)



