Por: Arlindo Luciano Guillermo
El VIH ingresa a la sangre cuando el ciudadano, sexualmente activo, no se protege durante el acto coital. Entra y no sale. No queda otra salida que convivir (y sobrevivir) con el virus dentro. Se queda, esperando un descuido o imprudencia, para volver a atacar. No es una enfermedad solo de homosexuales. Los heterosexuales promiscuos, que se “acuestan con una y otra”, aquellos que creen que la vida sexual de un varón es equivalente a la del semental, un padrillo o un macho de vitalidad inagotable, son candidatos a albergar al VHI y, posteriormente, desencadenar el SIDA. Las cifras estadísticas oficiales van a aumentar o disminuir en razón directa a la efectividad de los planes de prevención oportuna en ciudadanos vulnerables, es decir, en adolescentes y jóvenes. Cuando el volcán está a punto de erupción nada lo detiene. Poco será lo que se consigue, si el plan de prevención y tratamiento no cuenta con financiamiento sostenible. Cualquier plan o proyecto sin presupuesto no funciona; si funciona “picando a todos” tiene techo y limitaciones.
El 1 diciembre es el Día Mundial de la Lucha contra el SIDA. Las instituciones de salud y educación, principalmente, hacen campañas de sensibilización para tomar seria conciencia sobre el SIDA, los modos de transmisión, del peligro que representa para la salud pública, la necesidad de educar para la prevención y el modo de tratamiento sicológico y farmacológico a los ciudadanos de todas las edades, profesiones y condición social. El SIDA no respeta a nada ni a nadie. Igual puede afectar a un niño, un adulto, un gay o heterosexual.
Hablar de VIH, de coito, SIDA, preservativos y sexo no son tabúes, sino tan necesarios como la vocación profesional de los hijos, las oportunidades laborales o cómo mejorar la calidad de vida de los ciudadanos y de los pueblos. En la escuela igualmente. El docente no es un santurrón ni un inquisidor medieval que se sonrojan y enojan con temas de sexualidad, planificación familiar u homosexualidad. Dice Maritza Espinoza, en La República (04-12-16): “Cuando uno es padre debe buscar que el hijo que la vida nos dio a cuidar (y que, ojo, no es nuestra propiedad) tenga la mayor cantidad de información posible, trasmitida con afecto, sin prejuicios, sin temores, pero jamás interferir en las elecciones que el niño, el adolescente o el joven decidan tomar en el territorio libre y privado de su vivencia sexual.”
En Huánuco hay ciudadanos portadores del VIH y con SIDA. Se intensifica el tamizaje gratuito para todos, no solo para mujeres gestantes y en edad fértil. Actualmente se han registrado 51 casos (DIRESA): 38 (74.5%) son varones; 13 (25.4), mujeres. Huánuco y Leoncio Prado registran la mayor cantidad de casos: 21 y 23 respectivamente. Desde 1992 (primer caso identificado) hasta noviembre de 2016, en Huánuco, se han registrado 829 casos. Yarowilca registra históricamente solo 1 caso. De los 51 casos, 4 son madres gestantes.
El cine, la música y la literatura han abordado este problema de salud pública desde diversos puntos de vista. Filadelfia (1993), ganador del Óscar a Mejor Actor, plantea la absurda discriminación y la violenta homofobia contra el abogado Andy Beckett (Tom Hanks) porque tiene SIDA. Es un profesional competente, inteligente, hábil y ganador de litigios judiciales. Sin embargo, el estudio jurídico lo despide. Tiene apoyo de la familia, pero los amigos, los colegas y la sociedad lo discriminan. Empieza una batalla legal por reposición en el tribunal americano. Luego de arduos argumentos de defensa y en contra, el juez falla a favor de Andy Beckett, quien, en todo momento, es acompañado por el abogado defensor Joseph Miller (Denzel Washington). El magistrado obliga a la empresa a indemnizar millonariamente al demandante, mientras Andy, en la etapa final del SIDA, junto a su pareja Miguel Álvarez (Antonio Banderas), agoniza en el hospital. En la película El club de los desahuciados (2013), el protagonista del relato es Ron Woodroof (Matthew McConaughey), un electricista, vaquero, apostador, cocainómano y traficante de medicamentos prohibidos e ilegales para el tratamiento del SIDA. Ron es heterosexual promiscuo, con vida desordenada y sin control. Es homofóbico a ultranza, pero tiene que retroceder para aliarse con un homosexual con SIDA y drogadicto y así comerciar ilícitamente medicamentos contra el SIDA. Le diagnostican VIH. Le dan 30 días de vida. Desahuciado, Ron lleva una vida de orgía y consumo compulsivo de alcohol, drogas y sexo. Se deprime al extremo, llora inconteniblemente e intenta suicidarse. Inicialmente consume a AZT, (zidovudina, azidotimidina), antirretroviral, sin prescripción médica, un medicamento contra el SIDA en proceso de investigación y comprobación en animales. Al principio le hace bien, pero lo deja porque considera que es un veneno para el enfermo de SIDA. Se vuelve traficante de medicamentos. Ron es víctima de una feroz homofobia, discriminación intolerante, indiferencia criminal y prejuicios ignorantes. Muere 7 años después de saber que es portador del VIH. El gran varón (1989), de Willie Colón, cuenta la historia de Simón, que nace en el verano de 1953 y muere en un hospital, solo, abandonado y pobre, víctima de una “extraña enfermedad” (SIDA), en el verano de 1986. Tenía 33 años. Simón es el hijo de un padre autoritario, machista, homofóbico que se desilusiona terriblemente cuando comprueba, con sus propios ojos, que su hijo es homosexual. “Al extranjero se fue Simón. / Lejos de casa se le olvidó aquel sermón. / Cambió la forma de caminar, usaba falda, lápiz labial / y un carterón. / Cuenta la gente que un día el papá / fue a visitarlo sin avisar, vaya qué error. / Una mujer le habló al pasar. / Le dijo, hola, qué tal, papá, cómo te va. / ¿No me conoces? Yo soy Simón. / Simón tu hijo, el gran varón.” En el cuento Hexágono en las alturas, incluido en el libro Agujeros negros (2014), de Juan Giles Robles, el personaje (cuyo nombre no se revela), escala la montaña Awaqmachay, con heroico esfuerzo y agotamiento, porque los síntomas del “mal de la época”, la “maldición apocalíptica”, como consecuencia de una “gris existencia”, han aflorado y ha deteriorado irreversiblemente la salud del enfermo de SIDA.
Infectarse con el VIH se puede prevenir efectivamente con la práctica de una sexualidad responsable y saludable, informando sin prejuicios ni hipocresía a los adolescentes y jóvenes. Nadie está exonerado del contagio con el VIH. Los colaboradores con VIH/SIDA, mientras demuestren desempeño, eficiencia y responsabilidad laboral, no deben ser discriminados ni alejados de la atención a los usuarios. El SIDA, a largo plazo, mata, pero la discriminación, la indiferencia, la intolerancia y la homofobia pueden matar más rápido. A mayor información sobre VIH/SIDA, mejor prevención.



