EN LAS ALTURAS DE ACOMAYO

Yeferson Carhuamaca

A las alturas de aquel lugar se vislumbra como una señal de Dios una enorme bandera, está en uno de los cerros más imponentes, y sus sedas son bañadas con los rayos de sol que iluminan sus colores de sangre y de paz, el doble de heridas por una de hermandad, dos muertos por una vida. El doble de pasión por una de esperanza. Acomayo es un pueblo cálido, donde aún los pájaros van a anidar, y los enormes cerros se presentan como murallas inconquistables de un imperio señorial que vive en la memoria de los vientos junto a los caminos de nuestros antepasados, este tranquilo distrito está asentada sobre las faldas de la madre tierra hecha montaña.

Animados por las ansias inquebrantables de conocer y conocerse a sí mismo, podemos llegar más allá de la  corta mirada de nuestros ojos, así pues, fijamos nuestra atención en el distrito llamado Acomayo, un lugar muy cercano y pueblo de paso para quién va a la selva por la ruta de Huánuco a Tingo María, se dice que en estas épocas, en uno de sus cerros más altos, pero accesibles, colocan una enorme bandera, desde ahí se puede apreciar la inmensidad de los apus señoriales y su incontenible fuerza natural.

Desde su plaza y sus cortos ruidos armoniosos, se puede observar que en su centro se levanta un mirador artificial, se puede apreciar un monumento que forma la figura de un cóndor, abriendo sus alas de libertad, lamentablemente solo es una imagen referencial y sin vida. Desde la plaza, incluso desde la entrada al pueblo se puede observar el pendón nacional en una de las cumbres que rodean este pequeño valle llamado Acomayo. Desde Huánuco hasta Acomayo se hacen unos 50 minutos en motocicleta, y desde la plaza de Acomayo rumbo a los miradores naturales, son unos 25 minutos de viaje por un camino de trocha y de diferentes colores de tierra. Desde la lejanía y de muchos puntos de vista, se mueve la insignia nacional, esperando, creo que es así, por estos viajeros inexpertos.

La trocha termina, y luego de volvernos uno con el polvo y el viento, somos parte de este horizonte de visiones interminables que acompañó la ruta, además de la compañía del tayta Inti y su calor abrasador. Llegamos al punto final e iniciaba la caminata por las cumbres, la bandera de color sangre y paz se veía más grande. Un camino, algo delgado, hecho de un empedrado con cemento nos lleva por las cimas de estos miradores, esta senda esta acompañada de los acantilados con olor a muerte y una majestuosa vista de las quebradas y montañas alrededor que solo Dios pensó dibujar y tatuarla sobre la tierra; a lo lejos, los diversos pueblos contiguos, se notan muy pequeños, como estelas blancas de un mar estrellado, el viento acaricia nuestros cabellos y de vez en vez golpea como una bofetada de mujer traicionada.

Luego da caminar por un tiempo, llegamos. La bandera del Perú se ve muy grande y temible, ya que las ondas de sus sedas son similares a olas de un mar en tormenta. Alrededor y pequeños en comparación de lo monumental del horizonte se encuentran rostros de admiración, personas que ahora miran al cielo y no sus celulares. El punto alto de Acomayo está coronado por el rojo y blanco la una ondeante insignia de héroes, al pie solo pequeñas sombras oscuras y tenues son consumidas por la distancia, la soledad de espíritus que sueñan con la paz. Una pequeña cruz al lado de la asta, proclaman con sus símbolos que Dios y la patria no han muerto y que estas nunca nos han dejado solos.