En el Perú del siglo XXI

En el Perú del siglo XXI

Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

Que en las protestas realizadas en el sur del país existen, infiltrados, grupos terroristas, tanto de los llamados de la “vieja escuela” como de los denominados, sintomáticamente, de la “nueva sangre”, es una realidad del tamaño de una montaña. Una a la que, naturalmente, ni las pataletas ni los exabruptos ni las rabietas de quienes se han sentido ofendidos (o aludidos; con esta gente nunca se sabe) por tamaña afirmación, podrían llegar a descalificar de ninguna manera. Del mismo modo, que en las citadas manifestaciones populares en contra de la presidente Boluarte se haya advertido (no han sido pocos los casos en que se ha podido notar el empleo a manos llenas de dineros cuyo origen, por decir lo menos, resultaba sospechoso) el uso generoso de recursos con los que, en circunstancias “normales”, un número significativo de los marchantes no podría haber contado ni por asomo, resulta también indicativo de que alguien, que no es, claro está, Papá Noel, se encuentra muy comprometido con sacar la cartera cuantas veces sean necesarias, a fin de que las cosas tomen el rumbo que sus intereses desean, a fin de que el Perú termine yendo por ese camino que ya todos conocemos.

Con todo, y ser muy cierto lo señalado arriba, es necesario no perder de vista que, aunque existen grupos de individuos cuyos intereses subalternos, como quedó dicho, vienen arreglándoselas para llevar a las personas a radicalizar sus protestas, estos no pasan de ser un pequeño porcentaje, en comparación con quienes decididamente no tienen que ver ni con lo uno ni con lo otro. De ahí que pretender, como tozudamente viene haciendo el Ejecutivo, y también parte del Legislativo y de la llamada sociedad civil, que la totalidad de los ciudadanos que en las últimas semanas se han estado dejando la piel, y hasta la vida, en las manifestaciones que han tenido lugar sobre todo al sur del país, sean terroristas o simpatizantes de terroristas, sean narcotraficantes o asalariados de narcotraficantes, resulte de una imbecilidad tan mayúscula, que solo se podría comparar a aquella que era habitual en la década del noventa, a aquella que, sin mediar investigación ni recojo de pruebas serio, se cometía en contra de quienquiera que osara decir “esta boca es mía”, que osara levantar su férrea voz de protesta: la de la sambenitar con el estigma del terruqueo.

Actitud que, por obvias razones, poco o nada contribuye al restablecimiento de la paz. Y lo que hace, por el contrario, es reforzar, ¡y en qué medida! los argumentos victimistas y plañideros de aquellos que tienen grandes y poderosas razones para querer que la crisis no solo no se solucione, sino que vaya a más. Ruines y miserables sujetos que no se cansan ni se cansarán de seguir generando el odio entre peruanos, de seguir haciéndoles creer a nuestros paisanos del sur que los del norte los consideramos poco menos que basura, y viceversa. Todo con tal de salirse con la suya, y aprovechar, como quien dice, la tendencia que en gran parte de América Latina se viene reafirmando de un tiempo a esta parte: que la izquierda es el camino, la verdad y la vida.

No lo es, desde luego. Y no lo será, eso está claro, mientras siga contando con dirigentes que lejos de enviar a la población como carne de cañón a dejarse la vida en manifestaciones que dada la naturaleza de sus pedidos y reclamos solo pueden tener como fin la muerte o el fracaso, cuente con individuos que, para empezar, no hagan suya la ya clásica doble moral con que en los últimos tiempos han estado conduciéndose estos sujetos. Aquella, por ejemplo, para la que los muertos solo existen si son el resultado de las protestas que ellos organizan. Aquella, por ejemplo, para la que la violencia sí es condenable cuando son las fuerzas del orden quienes la ejercen en su contra, mas no si quienes la realizan son ellos mismos. Aquella, por ejemplo, para la que sí es válido agredir a la prensa cuando lo que esta da a conocer es precisamente eso que no les gustaría que jamás se supiera.

Mientras nada de esto, y de muchas otras cosas más, pase, seguiremos como estamos ahora mismo: desacreditando injustamente los reclamos válidos de un gran sector de la población que está a todas luces cansada de que continúe este estado de cosas, por una parte. Y engañando vilmente a esas mismas personas, haciéndoles creer que por ese camino se alcanzará la utopía de la igualdad entre individuos, por otra parte.

Las circunstancias que vivimos, a pesar de lo dolorosas que son para todos los peruanos a causa de las muchas muertes acaecidas hasta ahora, deberían servirnos, si acaso, para salir mejores de lo que hemos podido ser hasta el momento. No hacerlo así implicará el triunfo de la intolerancia. La victoria de la intransigencia. El éxito del fanatismo. Y en el Perú, en el Perú del siglo XXI, ya no estamos para intolerancias, intransigencias ni fanatismos. Estamos para darnos la mano, ponernos de pie, y echarnos a andar.