Arlindo Luciano Guillermo
En literatura de gran factura, vitalidad, fertilidad y trascendencia, Huánuco tiene lo suyo, muy respetable, mucho aprecio y valoración en círculos críticos de aquí, Lima y otras latitudes, adonde han llegado los libros de nuestros escritores. La literatura escrita en Huánuco, desde hace varios años, atraviesa por un momento de notable producción editorial, surgimiento de escritores jóvenes con mucho talento y expectativa y presentación de libros. Ahora no son solo los “tres en raya”, quienes abrieron el camino y la continuidad generacional de la literatura huanuqueña, así como haber dejado imborrable magisterio, pasión por la escritura, el esfuerzo emprendedor y continuo para publicar libros. “Estos tres en raya” tiene en su haber decenas de libros, reconocimiento merecido por la crítica nacional (Ricardo González Vigil, Miguel Ángel Rodríguez Rea, Manuel Baquerizo Baldeón). Los libros publicados merecen un estudio y valoración objetivos, imparciales, precisos y de análisis estético, estilístico, simbolización de la realidad y aporte literario. La literatura en Huánuco no es un canto de sirena, flor de un día, sino una realidad grande y tangible como los jircas que rodean la ciudad de Huánuco o el sol que asoma por el cerro San Cristóbal y se oculta por Rondos.
Huánuco también está presente en el mes de las letras peruanas: Adalberto Varallanos, Andrés Fernández Garrido, monseñor Rubén Berroa y Bernedo, Rodolfo Holzmann, Víctor Domínguez Condezo, Augusto Cárdich. Adalberto Varallanos nació en 23 de abril de 1903 y falleció en Jauja, diezmado por la tuberculosis, el 30 de julio de 1929. Tenía 26 años. Adalberto Varallanos es autor de dos cuentos célebres, escritos a principios del siglo XX: En Chaulán no hay sagrado y Terrible. Es considerado un escritor anticipadamente surrealista. Compartió méritos literarios con César Vallejo y Carlos Oquendo de Amat, ese poeta puneño que nos legara 5 metros de poemas (libro acordeón). En Chaulán no hay sagrado, el bandolero Simulluco fusila a los santos de la iglesia del pueblo acusándolos de traidores. Terrible, un perro muy apreciado, cuya muerte provoca consternación, es enterrado en la huerta familiar. Andrés Fernández Garrido falleció el 14 de abril de 1986, polifacético, promotor cultural, pintor, bibliotecario, docente leonciopradino, periodista y locutor en Radio Huánuco y La voz de la actualidad. Escribió relatos costumbristas y el poemario Siluetas pasionales, donde hace derroche de sentimiento amoroso. Víctor Domínguez Condezo (VEDOCO), nació el 1 de abril de 1939, notable quechuahablante, que aún camina junto a nosotros por las calles de Huánuco, es “nuestro José María Arguedas”, por el trabajo infatigable en defensa y rescate de la cultura andina y popular; lo hace con audacia y quijotismo. Monseñor Rubén Berroa y Bernedo, obispo de la Diócesis de Huánuco y Junín, nació en Omate, Moquegua, el 2 de abril de 1876. Publicó en 1934 Monografía eclesiástica de la Diócesis de Huánuco y Junín, documento histórico que antecede en varios años a Historia de Huánuco de José Varallanos y a Paños e hidalguías de Miguel León Gómez. Monseñor Berroa identificó, antes que Guillermo Lhomann Villena, la identidad de la poetisa huanuqueña Amarilis: se trataba de doña María de Rojas y Garay, que mantuvo amistad con fray Diego de Hojeda, hija de conquistadores españoles. Augusto Cárdich nació el 2 de abril 1926 en la provincia de Dos de Mayo, adquirió fama por el descubrimiento de los restos óseos más antiguos del Perú (10 mil años a.C.) en las frígidas cuevas de San Miguel de Cauri (Lauricocha), demostró que el hombre apareció en los Andes peruanos. Rodolfo Holzmann Zanger feneció el 24 de abril de 1992, este 2019 hubiera cumplido 82 años. Desde 1973, la música en Huánuco tiene el sello magistral de Rodolfo Holzmann, quien le dio prestancia artística, rigor académico, gran difusión de la etnomusicología e institucionalidad a la investigación musical.
El corpus de la literatura en Huánuco merece, impostergablemente, un balance objetivo, sereno, meritocrático, de deslinde generacional, de aportes cualitativos y literarios. La cantidad no garantiza trascendencia cultural, histórica ni literaria. En la historia no hay muchas butacas libres. Se deben reparar en algunos indicadores que resulten del estudio minucioso y responsable: calidad literaria, validación de la crítica literaria, la grandeza de las ficciones, la construcción social y emocional de los personajes, la historia relatada con pasión y alta persuasión y la capacidad de simbolización de la realidad. No se suicidan los muertos seguirá siendo la gran novela escrita en Huánuco, a pesar de sus limitaciones técnicas y estilísticas, porque ahí está Huánuco en un período socioeconómico y político: posesión de la tierra por los hacendados y el líder Augusto Durand. Es aquí donde la crítica literaria o los estudios literarios desempeñan un rol instructivo, esclarecedor y de juez justo. Actualmente adolecemos (a pesar de que tenemos escritores respetables) de un crítico literario, un estudioso dedicado con esmero y seriedad. No tenemos un crítico literario visible. Llegamos hasta el comentario somero, argumentalista e intuitivo; incluso con el riesgo de opinar avasallado por la amistad y el deseo de no generar discusión ni controversia.



