En defensa de la mujer

Orlando Córdova Gómez

No cabe duda que hoy más que nunca la gente ha empezado a despertar, y lo que nos parecía normal o justificable, hogaño nos produce repulsión y rechazo. La violencia contra la mujer, por ejemplo, o el menosprecio por pertenecer al género femenino, son fenómenos que ya nadie pasa por desapercibido, quizá porque las campañas de sensibilización hayan tenido efecto, o porque la conducta se ha ido contagiando. Cualquiera sea la razón, el resultado es que la mujer ha conseguido agentes protectores que velen por su seguridad y un discurso cada vez más sostenible sobre su ontología, al grado de volver inservible aquella sugerencia de Julián Marías de pensarse y hacerse. Tal es su preocupación por ellas mismas, que autoras como Virginia Despentes han teorizado sobre la prostitución y la pornografía, defendiéndolas y destacando sus aspectos más relevantes: cualquier mujer que se sienta orgullosa de serlo, puede valerse de sus virtudes físicas en el mismo grado que un varón, no importando si lo hace dentro del campo sexual o fuera de él. Acaso sea que las féminas, en asuntos concernientes a la intimidad, hayan alcanzado el nivel de descaro y sinceridad que los hombres aún nos negamos en adoptar. Habría que citar a la feminista y dramaturga Eve Ensler, que no paró mientes al publicar Los monólogos de la vagina, una obra donde la mujer que es ella, y las mujeres que representa, atribuye a su cuerpo en general, y a su vulva, clítoris, labios mayores y menores en específico, una importancia y significado que, al menos yo, no había encontrado jamás en ninguna otra mujer ilustre. Es cierto que la publicación feminista ha empezado a aumentar y que dentro de algunos años alcanzará síntomas paroxísticos, pero de toda esta selva reflexiva haríamos bien en recolectar aquello que tenga sabia y sustancia, y no solo sofismas e ideas carentes de sentido, como las que Vargas Llosa criticó duramente en su artículo Nuevas inquisiciones, o las que Javier Marías acometió por ser más contraproducentes que el machismo. Repasemos brevemente alguna de ellas. En su artículo ¿Qué hacemos con ‘Lolita’?, Laura Freixas sugiere que la obra maestra de Nabokov es sexista y la condena por ser “una historia de violencia ejercida por un hombre contra una mujer”, enjuiciando de paso a todos aquellos que pretendan defenderla por razones estéticas y no éticas. Pero quizá su yerro más grave se deba al intento de ensayar un análisis moral (con estadística y todo) a partir de esta novela, olvidando que toda obra de arte, donde se grafiquen escenas deplorables o nauseabundas, así como encomiables, es, por decirlo de alguna manera, una instantánea, en la cual las bienintencionadas opiniones del espectador, por muy respetables que sean, no pueden afectar en absoluto la belleza (horrorosa) de las imágenes. Podemos concordar con Freixas en que el maltrato ejercido contra las mujeres y niñas es un asunto preocupante que pide a gritos perentoria intervención, más no podemos extrapolar de esto que la lectura de ciertos libros despierten nuestras más perversas pasiones, pues no hay nadie que pueda demostrar que los maltratadores hayan leído al menos un libro en sus vidas. En su publicación del 10 de septiembre de 2017, Javier Marías desglosa, muy a su estilo, la ininteligible propuesta de las feministas españolas de prohibir a las azafatas dar el beso en la mejilla al ciclista que recibe premios, y la estúpida censura a las golfistas por usar “usar minifaldas, escotes y mallas, bajo multa de mil dólares a la primera infracción y del doble si son reincidentes”. Marías las llama feministas antifeministas, porque valiéndose de una ideología precaria y cuasi religiosa pretenden devolver a la mujer a la prisión de la cual se liberaron gracias al avance de la civilización, porque con razones turbias y fanáticas promueven que hombres y mujeres se distancien al punto de la indiferencia o el temor. Para probar que no miente, enumera en su artículo ¿Evitar a las mujeres a toda costa? las medias determinadas por los varones de países como Estados Unidos a fin de esquivar reyertas con las hijas de Eva: “no ir a almorzar con compañeras; no sentarse a su lado en el avión en un viaje de trabajo; si se ha de pernoctar, procurar alojarse en un piso del hotel distinto; evitar reuniones a solas con una colega. Y lo más grave y pernicioso, pensárselo dos o tres veces antes de contratar a una mujer, y evaluar los riesgos implícitos en decisión semejante”. De todo esto podemos hacernos una idea de lo perjudicial que resulta para un movimiento que batalla por una democracia más justa, contar con argumentos y propuestas descabelladas, útiles solo para confundir y desvirtuar el verdadero propósito por el cual nació el feminismo: luchar porque a la mujer se le reconozca tal cual es y devolverle las libertades que sin razón le quitamos. El pensamiento feminista ha abierto muchas posibilidades y ha permitido que muchos delitos y crímenes sean denunciados, hasta aquellos de los que ni siquiera nos habíamos percatado, por eso es necesario que la senda no se pueble de malezas, sino más bien se expanda y bifurque, desarrollando una nueva rama, por no decir bosque, de conocimientos coherentes y universales. A las mujeres lo mejor, ¿no es cierto?