ELOGIO DE LA LECTURA

Arlindo Luciano Guillermo 

No leemos literatura para ser poetas o fabricantes de ficciones, sino para actuar como ciudadanos pensantes con decisiones propias. Es vulnerable una sociedad que no lee. Vargas Llosa, Cárdich y García Márquez leyeron literatura y se hicieron escritores con libros publicados y prestigio unánime. Unos leen literatura y no escriben un poema ni un cuento de mil palabras, pero disfrutan de la literatura con exacerbación emocional. Quien lee piensa, reflexiona, discierne, precisa palabras y afina argumentos, que aquel que solo confía en el instinto, la intuición, el empirismo y el tecnicismo burocrático. El libro es luz diaria que ilumina el camino del lector; la biblioteca, inmenso oasis de cultura, sabiduría, conocimiento, hechizo y fascinación. Quien haya leído Los heraldos negros, Canto general, Libertad bajo palabra, Romancero gitano o Cien años de soledad, La ciudad y los perros, Pedro Páramo o Ficciones, su destino no necesariamente es la escritura literaria. Escribo porque leo sosteniblemente, con disciplina, con horario fijo y comunico, con pluralidad y tolerancia, sentimientos, pensamientos, deseos, secretos dichos con sutileza y metáforas, frustraciones, iras santas, advertencias, comentarios personales, discusiones. Jamás habría publicado un texto escrito si no hubiera leído constantemente. Un escritor siempre piensa en el lector. Entre lector y escritor hay un enganche certero como amor a primera vista; si hay clic continúa la lectura.  

No existen lectores si no hay libros ni lectura. Leer es un hábito benéfico, no poseerlo no es delito ni pecado. A nadie se le puede obligar leer, solo motivarlo con el ejemplo. Se elige leer por convicción, sin esperar recompensa económica ni resoluciones de felicitación. Un buen lector distingue el texto correctamente escrito, de aquel que tiene lenguaje mediocre y adjetivos, con orfandad de creatividad y precariedad temática. Hay libros de una sola lectura, quedan postrados en los anaqueles de la biblioteca, condenados a la amnesia total; hay libros que renacen, como Ave Fénix, en el interés del lector, que se leen infatigablemente, nunca marchita su frescura. ¿Por qué releemos la Ilíada, Edipo rey, El Quijote, Madame Bovary, La divina comedia, La palabra del mudo, Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera? Estos libros nunca se agotan ni se desgastan en el tiempo, no cansan ni aburren, siempre conservan la novedad y aguijonean las expectativas del lector profano, culto o diletante. ¿Cuántos libros publicados hoy van a ser leídos de aquí a 50 o 100 años? El tiempo y los lectores lo dirán. Si al lector le interesa un libro de autoayuda (Fischman, Kiyosaki, Wayne Dyer, Yokoi Kenji) debe leerlo; si alguien elige leer mangas o historietas ha encontrado su preferencia de lectura. No existen libros prohibidos ni censurados. Los inocentes de Oswaldo Reynoso y No se lo digas a nadie de Jaime Bayly se leen con total libertad, sin prejuicios. Hoy existen libros que cautivan a legiones de adolescentes y jóvenes: Harry Potter, El señor de los anillos, Amanecer o los libros de Stephen King, que lee mi segundo hijo, como yo a Vargas Llosa o Vallejo. El 23 de abril de 1616 fallecieron tres paradigmas de la literatura mundial: Miguel de Cervantes Saavedra, William Shakespeare e Inca Garcilaso de la Vega. Ellos representan un estilo clásico, una visión de la historia y la vida. Garcilaso de la Vega es el mestizaje literario y cultural de América, Shakespeare legó un teatro de paradigmas universales (Hamlet, Macbeth, Romeo y Julieta, Otelo, Shylock) y Cervantes aportó dos personajes inmortales: el loco lector de novelas de caballería Quijote y el leal escudero Sancho Panza. Todo acto o actividad para ganar lectores, difundir libros y promover la lectura merecen apoyo y respaldo ciudadanos e institucionales.

La lectura es “hábito cultural y personal”, derivado de una decisión trascendental y adquirido por instinto, con referentes y motivación oportuna; nadie nace lector. Un lector lee lo que le interesa. Cada libro tiene el lector que merece, cada lector elige el libro que merece. El hábito de lectura es una elección relevante en la vida. Quien de niño lee, lee hasta la vejez. Un lector no se hace a puntapiés ni con amenazas. La lectura es un acto visual e intelectual con beneficios incalculables. Quién lee -con responsabilidad y pensamiento crítico- muestra elocuencia, argumentación persuasiva, redacta con coherencia y pulcritud lingüística; quien lee tiene una perspectiva más amplia de la vida, la historia y la felicidad; quien lee es capaz de sentir delite espiritual, entretenimiento saludable, competencia para cuestionar, exponer razones y resolver problemas. Un lector no es un observador pasivo de la historia; el libro le permite abrir mejor los ojos, agitar las emociones, alborotar la inteligencia. Después de leer un libro significativo no somos los mismos. El lector serio es opuesto al charlatán, fanfarrón, presumido sabihondo, defensor de argumentos precarios y banales. Un lector con principios tiene más conciencia de empatía, asertividad, tolerancia y convivencia democrática. Un ciudadano lector tiene más opciones de expresión oral y escrita, que aquel que no lee con frecuencia.

No he sido un lector precoz. No sé cuándo aprendí a leer. En la primeria ya tenía afición por leer periódicos y algunos libros de ediciones populares que había en la casa familiar. ¿Quién llevó esos libros? No lo sé; los leí sin preguntar. En la secundaria descubrí la fascinación por la lectura de mis libros escolares de historia, filosofía y literatura; fueron más importantes que los tres tomos de Baldor. En la universidad se consolidó mi interés por la lectura. Amigos cercanos han sido “prestamistas de libros”. He leído todo lo que pude en la juventud; en la adultez soy selectivo y exquisito. No leo lo que no me interesa ni el libro que provoca, desde el título, despego. La primera página es el anzuelo. He leído varias veces Cien años de soledad. ¿Por qué? La novela mantiene su encanto, la frescura y el hechizo de la primera edición en 1967. En mi juventud he sido lector omnívoro y desordenado. He tenido que adaptarme a los nuevos retos del libro y la lectura. Sigo heroicamente fiel al libro físico, leo e-book, en línea, en PDF o audiolibros. Leí Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera en audiolibro frente al libro físico. ¿Qué es un gran libro? Mario Vargas Llosa responde: “Para mí, un gran libro es aquel que se introduce en mi vida, perdura en ella y la modifica. Un libro es un “amigo fiel”, a quien buscamos cuando llega perturbadora la soledad”. Soy hechura de mis lecturas. Conozco casos infames -respeto la decisión- de desprecio por la lectura y el libro. Aprecio, respeto y amo a mis libros. Si el avaro cuida su dinero más que a su vida misma, lo mismo me acurre con los libros que compro y leo. Yo nací para leer, vivo para leer, moriré leyendo. Mi último deseo es que introduzcan en mi ataúd Los heraldos negros, Los versos del capitán, Cien años de soledad, El principito y La palabra del mudo. Quítame el pan, el aire, pero no el libro. Todos tenemos un libro preferido, uno que dejó huellas en la vida, lo llevamos como tatuaje en la piel.