Por: Israel Tolentino
Por algún remoto recuerdo, siempre relacioné Gymnopédie n.º 1 en piano de Erik Satie con Élida Román (Buenos Aires, 1941 – Lima, 2025) tristeza, como la monotonía de la lluvia azotando el paisaje de la Selva Central en estos meses, como los arpegios de Satie. Élida adoraba esa repetición, quien sabe, el significado de Gymnopédie, la “Columna del infinito” de Brancusi, los “Untitled” de Donald Judd o sencillamente “Paisaje infinito de la costa del Perú” de Jorge E. Eielson.

Luego de muchos años, visitaba a mi amigo, especialista en carnes, en mi pueblo Ambo, las vacaciones pasaban vertiginosas. Habíamos acordado con Rodrigo Vera invitar a Élida Román para presentar el libro que acababa de salir sobre la muestra curada juntos, en el Museo de Grabado del ICPNA. Esa tarde, debía llamar a Élida, el sudor como una película cubría mis manos, me habían aconsejado buscarla y hablarle personalmente, pues ella, difícilmente respondía el teléfono, amparado por el cielo luminoso marqué su número, una voz afectuosa respondió, luego de hacerme una pregunta difícil, la que respondí con sencillez, dijo sí, cuenten conmigo. Nos vemos el 21 de enero, por favor, salúdame a Steve, recuérdale que tengo una cajita para él.

Hay algo especial en estos días y es la profunda conmoción que deja su partida, esa noche Élida llegó unos minutos luego que nosotros a la presentación, todos habíamos tenido problemas en el tráfico, sobre todo entre la Vía Expresa y Javier Prado. Al momento de saludarla le dije, es lindo tenerte, una alegría enorme… Sonrió y dijo, acercándose casi a mi oído, yo hablaré al último y me refrendó la pregunta que me había hecho la mañana en que le llamé por primera vez desde Ambo, donde había llegado a comprar carne para bistec.
Recordaba, su curaduría de la exposición “Escuchar con las manos” de Nereida Apaza (1979), seleccionada a mejor exposición individual por el diario El Comercio de Lima 2024, una exposición reflexiva en torno al uso y resultados de la educación en nuestro país. Nereida me comentaba sobre la dificultad del montaje resuelto maravillosamente por Élida. Entre ellas había habido una amistad de años, desde cuando Nereida, muy joven, fue vista por Élida como una promesa del arte nacional, ojo pertinaz.

Élida, es parte fundamental de la crítica de arte del último tercio del siglo XX, en un momento donde la visualidad estaba “tomada” por los varones y la presencia de la mujer se “relegaba” a ser directoras de galerías de arte; ella con carácter y talento reveló a muchos jóvenes artistas y escribió por muchos años, sobre crítica artística, principalmente en el diario El Comercio. Si bien estos tiempos son distintos, inclusive podría afirmarse que las mujeres conducen los destinos del arte, Élida, es un pilar en el desarrollo del arte del siglo XX, testigo que grande falta hará.
En la lejana Lima, mucho más en estas condiciones geográficas adversas, Élida es acompañada por muchas personas queridas al lugar del último adiós; viene a colación la frase que repetía como una jaculatoria: “Una grave carencia actualmente es el olvido y el desentendimiento”. Se ha puesto desde ya, a la lucha con su olvido, al escrutinio del despiadado tiempo.

Caminé por la avenida Cuba, llevaba entre manos, con suma emoción, el libro: J. E. Eielson. Matriz Dinámica. Huellas, acciones y omisiones, libro presentado con ella, el 21 de enero en el auditorio del ICPNA de Miraflores. Como esa tarde, continuaré recordando tu historia con el Perú por mediación del IAC (Instituto Arte Contemporáneo), las promesas hechas en torno a tu viaje a Huánuco, tu visita a don Ricardo Flórez y el hermoso cuadrito que él te obsequió.
Nereida Apaza, comparte una fotografía con ella. “Esta foto es del año 2011, en el Británico Cultural, presentando una exposición llamada Jóvenes talentos. En esta foto le entrego un CD de música de mi padre” y le escribe este poema: Esa muerte individual / se alimenta de la verdad/ entonces/ comprendí ese dolor del cuerpo/ del corazón libre/ la gracia de ser un halo/ hermosa condición.
Élida, estás en otro confín, donde el arte continúa (Oxapampa, marzo 2025).




