Viajaron conversando como si la carretera los balanceara al ritmo de los recuerdos. Él les habló de Rancho, de su infancia entre cafetales, del olor a tierra mojada, de las carcajadas de su madre y de las correrías con sus hermanas. Los otros lo escuchaban con la devoción que se le tiene a quien cuenta algo. Había en su tono una mezcla de nostalgia y ternura, como si estuviera sacando los tesoros de un baúl viejo.
Horas más tarde, el humo de la parrilla les tiznaba el rostro. Frente a ellos, sopas humeantes y pescados a las brasas se ofrecían como sacrificio gozoso. Comieron en silencio, solo interrumpidos por algún sorbo de refresco de cocona. Luego caminaron sin rumbo fijo, como si la noche los llevara. El calor era sofocante, sus camisas se les pegaban a la piel y la garganta gritaba por agua, y si es con alcohol, mejor.
En una esquina se detuvieron ante el único árbol de caucho que sobrevivía en la alameda. Sus lianas colgaban como barbas viejas y tristes. El tronco, con grietas profundas, parecía susurrar historias de cuando había más árboles y traía a la memoria una novela clásica. Contemplaron en silencio esa vejez vegetal, como quien mira a un anciano sin atreverse a interrumpir su soledad.
Más adelante, un bar de puertas abiertas los invitó con el olor dulzón del aguardiente. Las botellas alineadas en estantes eran parte de la decoración, igual que los ventiladores colgados del techo que intentaban controlar el bochorno. Se sentaron en unas bancas de madera, medio desgastadas. Una señorita les trajo media jarra de menta y una botella de agua mineral bien helada.
—Salud por la vida —dijeron, y al chocar los vasos, el sonido se mezcló con la música que salía de un parlante.
El alcohol fue desapareciendo poco a poco. Ellos no hablaban mucho, solo bebían y miraban a los demás. Pidieron música latinoamericana. A medida que pasaba el tiempo, el bar se fue llenando de voces, risas y vasos. Cuando Proyección comenzó a cantar “Me dices que te vas, pues anda vete…”, los tres se unieron al coro. Cantaban sin pudor, como quien se agarra a una canción para no caer.
Una jarra de siete raíces aterrizó en su mesa. Otro género musical comenzó a sonar, y los tres callaron. Entonces hablaron de literatura, su refugio. Citaron nombres, libros, frases que habían aprendido de memoria, como si quisieran demostrar que aún les quedaba algo de cordura entre tanto licor. Cuando algunos parroquianos se fueron, ellos pidieron más canciones latinoamericanas. Y sonó Volveré por ti, de Antología: Volveré por ti, le dije al partir/ Con una canción escrita para ti…
Cantaron el coro a todo pulmón. Uno de ellos hizo el ademán de tocar guitarra, aunque más parecía que rascaba pulgas. Los otros rieron y le corrigieron. Así no se toca. Yo sí toco así, respondió él con aire solemne. Y ellos, por no pelear con el arte, solo asintieron.
La jarra ya no tenía siete raíces, sino parecía que alguna nueva se había colado. Luego llegaron los chistes. Se inventaban historias donde ellos eran los protagonistas. Uno era cura, otro cenador del congreso, el otro cantante. Reían como si mañana no existiera. Cada chiste era una victoria contra el tiempo.
Cuando el bar comenzó a quedarse sin clientes, los tres aún resistían, atrincherados tras seis jarras y tres botellas de agua mineral. Pedían más música. Ya no cantaban, gritaban. No era euforia. Era necesidad. La necesidad de seguir sintiendo algo.
Al salir, las calles estaban en silencio. No se veía a nadie, salvo alguna sombra que cruzaba. El que había tomado agua no resistió: frente a la municipalidad, se bajó la bragueta y orinó con una sonrisa burlona, dibujando con esmero el nombre del alcalde y tildándolo correctamente.
Los otros, eufóricos por razones distintas, aplaudieron. Luego siguieron su camino, como soldados después de la batalla. Entraron a un hotel. Ya en la habitación, se quitó la ropa, se puso un short y se echó en la cama ancha y vacía. Sintió el golpe de la soledad en el pecho. El viaje había valido la pena, pensó. Pero también entendió que todo termina. Incluso la amistad necesita del silencio para seguir respirando.
Desde la almohada, como quien enciende una vela, comenzó a recitar en voz baja, con el alma quebrada y los ojos húmedos, los versos de Amado Nervo:
Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida…
.¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!
Y con eso, cerró los ojos. Porque a veces, en una noche cualquiera, uno se siente en paz. Aunque al día siguiente lo niegue.
Las Pampas, 15 de mayo del 2025




