En la era digital, una preocupación creciente entre padres y educadores es el impacto del tiempo frente a las pantallas en el desarrollo infantil. La pregunta central ya no es si la tecnología es inevitable, sino cómo podemos equilibrar su uso con las necesidades fundamentales de un cerebro en crecimiento. Los primeros años de vida son cruciales para el desarrollo de habilidades sociales, emocionales y cognitivas, y las experiencias vividas durante este período moldean el futuro del individuo.
Según el reportaje de El Comercio, se ha investigado el debate entre la supervisión de pantallas y la abstinencia total, buscando determinar qué enfoque beneficia más el desarrollo cerebral de los niños.
La exposición temprana y prolongada a pantallas puede interferir con el desarrollo del lenguaje, la empatía y la autorregulación emocional. Los niños necesitan estímulos concretos, reales y multisensoriales, así como interacciones sociales significativas, para un desarrollo saludable. Estas interacciones promueven la creación de conexiones neuronales vitales para el aprendizaje y el comportamiento, mientras que la sobreexposición a pantallas puede limitar la exploración activa y el aprendizaje motor-cognitivo.
Diversos organismos internacionales, como la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Academia Americana de Pediatría, han emitido recomendaciones sobre el uso de pantallas en menores, sugiriendo limitar o evitar su uso en niños menores de 2 años y regularlo cuidadosamente en preescolares. Estas recomendaciones se basan en estudios que demuestran que el uso excesivo de pantallas puede contribuir a problemas de socialización, sentimientos de soledad y depresión en adolescentes, al sustituir interacciones reales por digitales.
Si bien las pantallas pueden ofrecer ciertos beneficios, como contenidos educativos interactivos, es esencial que su uso sea supervisado y guiado por un adulto. La co-visualización, donde el adulto participa activamente, conversando y relacionando el contenido con la vida real, puede transformar la experiencia en algo enriquecedor y no aislante. Esto implica elegir contenidos adecuados para la edad del niño, tener ritmos pausados, lenguaje claro y estar libres de publicidad o estímulos excesivos.
El tiempo de exposición a pantallas debe ser cuidadosamente regulado. La Academia Americana de Pediatría sugiere evitar completamente las pantallas en niños de 0 a 2 años, y limitar su uso a una hora diaria como máximo en niños de 2 a 5 años, siempre con supervisión activa. A partir de los 6 años, se pueden establecer límites más personalizados, manteniendo el equilibrio con otras formas de juego, interacción social y descanso. Un estudio de Common Sense Media reveló que los niños de 8 a 12 años pasan un promedio de 4 horas y 44 minutos al día frente a una pantalla, excluyendo el tiempo dedicado a la escuela. Otro dato importante es que la miopía ha aumentado significativamente en niños durante la pandemia, posiblemente ligada al incremento del uso de dispositivos electrónicos.
Es crucial estar atentos a las señales que indican que el uso de pantallas está afectando negativamente al niño, como irritabilidad, dificultades para dormir, falta de concentración, cambios de humor o desinterés por actividades no digitales. Ante estas señales, es importante actuar a tiempo, ofreciendo alternativas atractivas y estableciendo un uso más consciente y saludable de las pantallas, creando zonas y horarios libres de pantallas y modelando un equilibrio digital en el hogar.




