La tragedia de Yungay, marcada por el terremoto y aluvión de 1970, permanece grabada en la memoria colectiva como uno de los desastres naturales más devastadores en la historia del Perú. La desaparición casi total de la ciudad y la pérdida de miles de vidas humanas dejaron una herida imborrable en el corazón de la nación. Este evento catastrófico no solo transformó el paisaje físico de la región, sino que también alteró profundamente el tejido social y cultural de sus habitantes.
Según el reportaje de El Comercio, la historia de Cotty, una niña que sobrevivió al desastre, ofrece una perspectiva conmovedora de los momentos previos y posteriores a la tragedia, revelando el impacto perdurable de este evento en su vida. El sismo del 31 de mayo de 1970, originado en el Océano Pacífico, desencadenó un aluvión que sepultó Yungay, cobrando la vida de aproximadamente 20,000 personas.
La mañana del 31 de mayo de 1970, Cotty insistió con fervor para regresar al circo, una insistencia que su padre finalmente concedió, desconociendo el giro que tomarían los acontecimientos. Minutos antes del inicio de la función, un terremoto sacudió la región, generando confusión y pánico entre los asistentes. Cotty, en su inocencia, inicialmente pensó que el temblor era parte del espectáculo. La estructura de la carpa, adornada con colores vibrantes, pronto se convirtió en un escenario de caos y desesperación.
En medio del caos, Cotty se vio separada de sus primos y de la señora que los acompañaba, obligada a buscar una salida en medio del derrumbe. Al salir del circo, se encontró con un panorama desolador: la ciudad que conocía había desaparecido, reemplazada por escombros y agua. Su instinto la impulsó a dirigirse a su casa, en busca de sus padres, sin comprender la magnitud de la catástrofe que se avecinaba. La pequeña corría en dirección contraria a la multitud que escapaba del aluvión.
Un joven desconocido, al percatarse del peligro inminente, la rescató y la llevó a un lugar más seguro, salvándola de ser arrastrada por la avalancha de lodo y escombros. Este acto de heroísmo anónimo marcó la vida de Cotty, quien hasta el día de hoy recuerda con gratitud a su salvador, un hombre cuyo nombre y destino permanecen desconocidos. La velocidad del aluvión, estimada en 400 km/h, no dio tiempo a muchos para escapar.
Tras la tragedia, Cotty fue acogida por una familia que le brindó refugio y cuidados, hasta que pudo reunirse con su hermano Waldo, quien llegó desde Chimbote tras sortear obstáculos burocráticos y recorrer a pie la devastada región. El reencuentro marcó el inicio de una nueva etapa en la vida de Cotty, lejos de su hogar y de sus padres, pero con la esperanza de reconstruir su futuro. La solidaridad de desconocidos fue crucial para la supervivencia de muchos niños.
Más de cinco décadas después, Cotty mantiene vivo el recuerdo de Yungay y de sus seres queridos, compartiendo su historia como un testimonio de resiliencia y esperanza. Un encuentro fortuito a través de redes sociales le permitió reconectar con la familia que la acogió tras el desastre, cerrando un círculo de gratitud y reconocimiento. El Circo Europeo Berolina, que había llegado a Yungay prometiendo alegría, se convirtió en un símbolo trágico de la devastación.




