Por Jacobo Ramirez Mayz
Comienza a serlo desde el vientre de su madre; ahí se entera de todo y se dedica a escuchar lo que sus padres hablan, discuten, y entiende que esa información le puede servir años después.
Cuando crece y va al colegio, no llora; por el contrario, con sus ojitos de lechuza, se dedica a observar todo lo que pasa en su entorno. Cuando hay desorden en las aulas, apunta mentalmente todo lo que han hecho sus compañeros, y después les cuenta a los profesores, con lujo de detalles y agregando todo lo que su malévolo cerebro crea y recrea. Así aprueba Matemáticas, Comunicación, Persona y Familia y otros cursos más.
Como la información mala corre como el viento, las palabras del soplón siempre llegan hasta las más altas autoridades dentro de cualquier institución, quienes en muchos casos felicitan al chismoso y lo consideran como su mano derecha, o izquierda, esto según la inclinación política de los susodichos. El soplón, al darse cuenta de que funciona bien su lengua viperina, comienza a usar la soplonería como un medio para asegurar su contrato, lograr su nombramiento o conseguir, con el correr del tiempo, un cargo. Es por eso que, en muchos casos, el soplón siempre ocupa puestos estratégicos, desde donde se dedica a tener bien informados a los que necesitan de él.
Nos preguntamos seguramente cómo identificarlo. Es muy difícil, ya que sabe camuflarse y acomodarse a cualquier circunstancia. Físicamente hablando, los hay de todas las formas y características. Están los cashacos, siendo estos los más peligrosos; también están los crespos, los pelachos, los jipis, los gordos; algunos tienen cara de cojudo, a decir verdad, la gran mayoría; pero también los hay con cara de pendejo.
Adulón por naturaleza, alcahuete de nacimiento, no bebe porque tiene miedo de que el alcohol lo muestre tal como es. No fuma porque teme que el humo del cigarro le ciegue y se pierda una importante información. Cuida su apariencia para ganarse la confianza de sus víctimas, se mantiene a la distancia cuando no necesitan nada de uno; pero se acerca como el perro, moviendo la cola, cuando requiere tu información.
Para revelar tus desdichas, siempre lo hace con una pequeña introducción; después, su lengua viperina vomita todo, incluso exagera tu realidad; así, si tú eres un pobre hombre fiel y, por lo tanto, monóculo, resulta que apareces teniendo dos o tres mujeres. Si tienes plata, es porque estás trabajando con la marucsha, si andas con un amigo de arriba abajo, eres chivato; y así sucesivamente hasta ponerte en el subsuelo. Por eso su aliento huele a azufre y a desagüe.
Su misión en la Tierra es buscar información para trepar como lagartija y lograr que su competidor, o enemigo, se hunda. Por eso siempre te conversa, te pregunta y, cuando sus oídos no escuchan lo que quería, te mira con sus ojos de sapo y maldice su mala suerte. Pero, cuando hay azuquítar para sus oídos, y se entera de tu mácula vida, de tus anticuchos, entonces se baña, se perfuma, reza a sus santos y sale como héroe triunfador a informar tu negra existencia.
Como todo lo que se hace a escondidas siempre sale a la luz, el soplón también es descubierto, y, cuando eso sucede, se hace a la víctima, y sale corriendo a llorar donde sus padrinos. Quienes, desde luego, le creen sus mentiras.
Como muchos de ellos han sido cobijados por jefes mediocres, que solo viven y vivirán de los soplones, no se percatan de que los cargos pasan así como llegan. Entonces, al perder de pronto el favor de sus protectores, y darse cuenta de que no tiene quién cuide sus espaldas, termina solo, abandonado, sin un ser que le brinde un hueso para roer; entonces, con el rabo entre las piernas, y aullando por sus pesares, busca otra víctima para hacer lo único que sabe hacer: soplonear. Después de todo, dar una chupadita aquí y una chupadita allá es lo mejor que sabe hacer.
Las Pampas, 08 de febrero de 2024




