El silencio que condena al templo de Huayopampa

La ruina del templo de Huayopampa no es solo el derrumbe de un edificio antiguo; es el colapso simbólico de nuestra relación con la memoria, la fe y la identidad. Declarado inhabitable por Defensa Civil hace varios años, el templo permanece hoy convertido en un esqueleto de adobe y piedra que resiste más por la devoción de su gente que por la acción del Estado. Cada temporada de lluvias amenaza con borrar lo que queda de sus muros, mientras el abandono institucional se consolida como su única compañía.


Desde hace tiempo, los pobladores intentan mantener viva la esperanza mediante rifas, polladas y colectas. No lo hacen por lucro, sino por amor. Lo que buscan es conservar un espacio que, más allá de su función religiosa, representa siglos de historia comunal. Sin embargo, su esfuerzo no alcanza. Una restauración patrimonial no se logra con buena voluntad ni con solidaridad doméstica; requiere planificación técnica, especialistas y, sobre todo, voluntad política.
El propio alcalde de Amarilis reconoció que las gestiones ante el Ministerio de Cultura y el Gobierno Regional de Huánuco no han recibido respuesta formal. Esa admisión refleja un mal crónico: la inercia burocrática que posterga lo urgente hasta que se vuelve irreparable. La autoridad local puede reiterar oficios y pedidos, pero cuando las instancias competentes no escuchan, el patrimonio se desangra en silencio. Y ese silencio, en este caso, suena a sentencia.
No basta con discursos sobre la preservación cultural mientras los templos coloniales del país se desploman uno tras otro. El de Huayopampa no es una excepción aislada: es parte de una cadena de olvidos que se extiende desde los Andes hasta la Amazonía. En el Perú se invierte con rapidez en campañas políticas y con parsimonia en la memoria histórica. Resulta irónico que, en tiempos de sobreinformación, no haya ni una línea presupuestal visible para salvar una joya arquitectónica que forma parte del alma de un pueblo.
Los vecinos lo han entendido mejor que los funcionarios: conservar el templo no es un capricho religioso, sino un deber moral y un acto de defensa cultural. Ellos, sin formación en ingeniería ni arqueología, cargan sobre sus hombros la responsabilidad que debería ser del Estado. Su fe mantiene en pie lo que la indiferencia oficial ha dejado caer.


Urge que el Ministerio de Cultura y las entidades regionales asuman su papel y definan una estrategia concreta. Cada piedra del templo de Huayopampa es un testigo del pasado y una advertencia para el futuro. Si permitimos que se derrumbe, no solo perderemos una iglesia: perderemos otra parte de nosotros mismos.