Escrito por Arthur Chávez
El ejemplo más común para explicar un proceso comunicativo no verbal siempre fue, es y, quizá, será el del conductor frente al semáforo con luz roja. Tengo la certeza de que ningún docente ha escapado de esta escena, ya sea porque lo ha planteado o le han preguntado. La imagen es sencilla: va un conductor en su vehículo y, de pronto, ante el cambio de luz (de ámbar a rojo) del semáforo, éste pisa el freno. Respondamos primero la pregunta general de la situación: “¿Existe proceso comunicativo?”. La respuesta es positiva, claro que sí. Todos estarían de acuerdo; sin embargo, el problema empieza cuando comenzamos a definir los elementos que participan en el proceso. Nada más con preguntar quién es el emisor, el debate se activa. El semáforo, dicen algunos; no puede ser el semáforo, dicen otros.
Para salir de ese agujero, debemos entender el proceso en sí, dónde y cómo inicia. En toda comunicación humana el punto de partida está en la necesidad de entregar una información. Es la necesidad de informar la que hace que cualquier persona en estado pasivo, se convierta en un elemento activo de la comunicación: el emisor. Esa necesidad hace que su mente evoque el objeto o tema que quiere comunicar (el referente), dicho de otra manera, el referente es el primero en aparecer en la mente de alguien haciendo que se convierta en el emisor. Por lo tanto, el referente se convierte en el elemento motivador de la comunicación. De aquí en adelante, el emisor buscará a su receptor y construirá su mensaje luego de elegir el código adecuado. Esto nos sirve para aclarar un punto: el emisor debe ser un ente pensante y sintiente.
Si volvemos a la escena del conductor frente al semáforo, nos preguntamos si dicho artefacto es un ser pensante y sintiente. ¿Tiene o siente el semáforo la necesidad de que los vehículos se detengan cada cierto tiempo para evitar el embotellamiento? La respuesta es obvia: no. Por ende, el semáforo no puede ser el emisor. Aclarado este asunto, entonces, ¿quién es el emisor? Para responder, solo debemos entender la necesidad y quién es el que la siente o tiene. Un breve análisis nos lleva a la respuesta: los encargados del tránsito en la ciudad. Son ellos los verdaderos interesados en lidiar con el flujo del tránsito vehicular. Así que el mensaje nace de ellos y solo utilizan el semáforo para que dicho mensaje llegue a los receptores.
La última oración también nos lleva a la respuesta de la siguiente pregunta que puede surgir: si el semáforo no es el emisor, ¿entonces qué es? El semáforo es uno de los elementos físicos que lleva el mensaje desde el emisor hacia el receptor, por lo tanto, está de más discutir, el semáforo es un canal.
Entender los datos anteriores, nos lleva a una inferencia mayor, una gran inducción: si una máquina no es el emisor sino un canal, cualquier máquina también es un canal. Por ende, si luego de tanto usar el móvil te sale un aviso de que debes poner a cargar la batería, el dispositivo no es el emisor sino un canal; el emisor (usando el primer razonamiento) sería quien programó el mensaje. Lo mismo pasaría con un aviso en el televisor de pérdida de señal: el electrodoméstico es un canal y el emisor quién programó el mensaje. Un aviso publicitario, un mozo robot preguntándome qué comeré, un peaje automático, incluso una inteligencia artificial programada participará del mismo proceso.
Solo cuando un computador o procesador inteligente, sienta por sí mismo la necesidad de transmitir una información y cree su propio mensaje, podremos decir que una máquina es un emisor.




