EL REY DE LA PUNTUALIDAD

Por: Arlindo Luciano Guillermo

Cultura, patrones tecnológicos (algoritmo, RRSS, IA) y educación influyen poderosamente en la personalidad, preferencias y decisiones. La puntualidad es marca personal, límite del tiempo concertado, gestión eficiente del tiempo, valor agregado, ventaja competitiva. No hay excusa para llegar tarde si se afina el tiempo. Puntualidad y disciplina caminan juntas. La impuntualidad es derroche de tiempo, recursos, prestigio y credibilidad. En secundaria llegaba entre 15 o 20 minutos antes del inicio de las clases. Me iba al fondo del aula para leer. Se atribuye a Napoleón Bonaparte la célebre sentencia: “La hora es la hora. Un minuto antes de la hora no es la hora; un minuto después de la hora no es la hora». La impuntualidad es una anomia social preocupante, transgresión de normas de convivencia, actitud irrespetuosa. El martes 18 de febrero asistí a una charla informativa de Sunafil. La cita fue a las 4 p.m., empezó a las 3:45, terminó a las 5:45. Llegué a las 3:30. ¿La puntualidad es hábito o costumbre? Hora peruana, hora Cabana, hora inglesa, hora japonesa, hora exacta. ¿Qué somos? La puntualidad es convicción y decisión. 

Desde que se inventaron las disculpas, nadie ha quedado mal. En una democracia permisiva, la impuntualidad se justifica con indulgencia o penaliza con descuento y memorando. La puntualidad es demostración de actitud responsable, respeto a la hora pactada, autoridad para exigir uso óptimo del tiempo. ¿A quién le hace gracia esperar 20 o 30 minutos para iniciar la reunión? “Ese caballero es un extraordinario cirujano y puntual”. ¿Cuántas veces hemos llegado al trabajo minutos después del horario fijado? Se ve una cola frente al reloj biométrico para el registro apurado. El maquillaje se culmina en el Bajaj, se desayuna en la carretilla ambulante. Ser puntual es gestionar y racionalizar tiempo y actividades. Si ingresas al trabajo a las 7:30 y despiertas a las 7, ya llegaste tarde. Dice el refrán: “El tiempo y la marea no esperan a nadie”. Yo desaprobé en la universidad un curso anual por llegar tarde un minuto al examen final. El catedrático cerró la puerta a las 6:00. No reclamé ni recurrí a mi condición de dirigente estudiantil. Él puso sus reglas desde la primera clase. Así debe ser: “Más vale ponerse una vez colorado que ciento amarillo”.    

En El rey de la puntualidad, Héctor Lavoe dice: “Por mi madre que esta es la última vez que llego tarde”. Mentira, siempre llagaba tarde a sus conciertos. Esa fue su marca, pero su genio le dio licencia para ser un incorregible impuntual. Cuando me preguntan por qué llego temprano a clases, al trabajo o inicio las reuniones, comunicadas a tiempo y por escrito, a la hora exacta, respondo. “Porque es una norma no negociable en mi vida”. Y añado: “Yo me voy a morir puntualmente”. Nací a los nueves meses ni un día más, hace 58 años. Tolero la impuntualidad porque no soy yo quien llega tarde. Siempre hay razones para llegar a la hora o después de la hora. La puntualidad no se practica por inercia; es una actitud activa, se aprende por imitación. La puntualidad despierta admiración, autoridad y confianza; la impuntualidad; recelo, incredulidad e irrespeto. Dice Yokoi Kenji: “Tarde o temprano la disciplina vencerá a la inteligencia”. Un profesional puede ser altamente competitivo, pero impuntual, llega tarde al trabajo, cita a una hora y llega 10 o 15 minutos después. La puntualidad es una cualidad ética. Hoy se subestima y desprecia flagrantemente la puntualidad. Pareciera que es tan normal llegar fuera de la hora establecida. El time is money. Si llegáramos 15 minutos antes a la reunión, a clases, recoger a los hijos de la escuela o a la esposa del trabajo, nuestra vida personal cambiaría y repercutiría en el desempeño profesional. En una parte visible de la casa, de la institución o en la escuela se debe colocar un cartel atractivo a los ojos que diga: “La puntualidad es respetar el tiempo de los demás”.

Esperar que todos sean puntuales es una utopía. Los ciudadanos impuntuales tienen una “concepción policrónica del tiempo”, según el antropólogo Edward T. Hall; es decir, aquellos que “tienden a hacer varias cosas a la vez sin un orden estricto y aceptan fácilmente las interrupciones y los cambios de planes. Las relaciones interpersonales son muy importantes para ellos y están por encima de las tareas o los compromisos”. Contrariamente, los “monocrónicos prefieren abordar una tarea a la vez y seguir una secuencia organizada y lineal en sus actividades diarias. Valoran enormemente la puntualidad y el cumplimiento de horarios y plazos, mostrando un gran respeto por los compromisos y las agendas. Tienden a planificar meticulosamente su tiempo, estructurando su día de manera que cada tarea tenga su espacio definido y se realice sin interrupciones. En su entorno laboral y personal priorizan la eficiencia y la productividad, enfocándose en completar cada tarea antes de pasar a la siguiente”. La cultura japonesa es un ejemplo. Conque uno sea puntual es suficiente. Hay cuatro tipos de puntuales: el racional, el obsesivo, el que actúa por inercia y el tolerante. Ellos llegan a la hora porque planifican su tiempo con lluvia torrencial o tránsito vehicular endiablado. Algunos son tardones leves, moderados y obcecados. No les importa llegar temprano o tarde. En ellos existe una rebeldía contra las normas sociales e institucionales. Nos quejamos de que la moral está patas arriba, que las reglas de convivencia no se respetan, que todos hacemos lo que mejor nos parezca o vivimos en una sociedad anárquica, sin autoridad, sin instituciones ni leyes. Podríamos empezar a cambiar uno mismo: ser puntuales, disciplinados, con corrección y autocorrección. Dice la psicóloga clínica Sandra Farrera: “Entre las causas psicológicas más comunes de llegar tarde puede haber problemas de autorregulación a nivel cognitivo, afectivo y conductual, poca valoración del tiempo de los demás, un bajo sentido de la responsabilidad, falta de entusiasmo o motivación, distracciones y baja capacidad de organización del tiempo”. En el colegio donde trabajo se cita a reunión de equipo consultivo los lunes, miércoles y viernes, a las 8:00. Cuando llego unos minutos antes, el director ya está frente a su laptop, elegantemente vestido, el proyector multimedia prendido y la agenda legible en el ecran.  Somos 17 colaboradores. El 2 de enero asistimos 9 a la hora exacta. A nadie se le reprocha ni juzga por su impuntualidad. El viernes 21 fue la última reunión de febrero. Estuvimos los 17, a las 8:00. En la viga del salón de sesiones se lee: “La puntualidad es tu marca personal y profesional”. La impuntualidad genera una afectación a la autoestima (“¿por qué no puedo llegar temprano?”; “siempre me paso de la hora fijada”), provoca ansiedad, sentimiento de culpa; la puntualidad es satisfacción, pero también puede ser causa de enojo y frustración. Existen tribus incorregibles de impuntuales y comunidades gigantescas de puntuales. La ansiedad, los defectos de carácter (ira, orgullo o soberbia), el estrés y la procrastinación juegan en contra de la puntualidad. Ni puntualidad obsesiva ni impuntualidad patológica, sino puntualidad democrática y reglas claras.