La geopolítica mundial se encuentra en una encrucijada, especialmente en lo que respecta a las relaciones entre Estados Unidos y China. Inicialmente, al asumir el cargo, el presidente Trump pareció mostrar disposición para negociar con su homólogo chino, Xi Jinping, sobre una variedad de temas que separan a las dos superpotencias más grandes del mundo. El objetivo era abordar desde disputas comerciales hasta tensiones sobre Taiwán, el flujo de fentanilo y la situación de TikTok, con la esperanza de avanzar hacia acuerdos en materia de control de armas nucleares y la competencia en inteligencia artificial.
Según la investigación publicada por The New York Times, la situación actual dista mucho de aquel panorama inicial, al menos en el horizonte del próximo año. La apuesta del presidente Trump por una guerra comercial con China amenaza con frustrar cualquier negociación antes incluso de que comiencen. Además, en caso de que las conversaciones se materialicen, Trump podría enfrentarlas en solitario, tras haber alienado a los aliados que, en años recientes, habían logrado establecer una postura común para contrarrestar el poderío chino.
Las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China se han intensificado en los últimos años, con la imposición de aranceles recíprocos que han afectado a una amplia gama de productos. Estas medidas proteccionistas, aunque con el objetivo declarado de proteger las industrias nacionales y reducir el déficit comercial, han generado incertidumbre y volatilidad en los mercados globales. En 2024, el déficit comercial de EE.UU. con China alcanzó los 367.400 millones de dólares, según datos del Departamento de Comercio.
En conversaciones mantenidas durante los últimos diez días, varios funcionarios de la administración, bajo condición de anonimato, describieron una Casa Blanca profundamente dividida sobre la estrategia a seguir con respecto a Pekín. La guerra comercial se desató antes de que las diversas facciones internas pudieran definir sus posiciones, e incluso determinar qué asuntos eran prioritarios. Esta falta de consenso interno ha sido un factor clave en la dificultad para establecer una política coherente y efectiva hacia China.
La falta de una estrategia unificada ha conducido a una clara incoherencia estratégica. Mientras que algunos funcionarios han declarado públicamente que los aranceles impuestos por Trump a Pekín tienen como objetivo forzar a la segunda economía mundial a alcanzar un acuerdo, otros insisten en que el objetivo real del presidente es crear una economía estadounidense autosuficiente, que ya no dependa de su principal competidor geopolítico, incluso si eso implica la ruptura de una relación comercial bilateral de 640.000 millones de dólares en bienes y servicios. La complejidad se incrementa si se tiene en cuenta que China posee actualmente más de 800.000 millones de dólares en deuda estadounidense.
La política de “desacoplamiento”, defendida por algunos dentro de la administración, generaría importantes desafíos para ambos países, así como para la economía global. La interdependencia económica entre Estados Unidos y China es profunda, y una separación abrupta tendría consecuencias negativas en términos de crecimiento, empleo e innovación. El comercio bilateral, aunque fuente de tensiones, ha sido también un motor de crecimiento y desarrollo para ambas naciones.




