Escrito por: Jorge Farid Gabino González
Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura
Uno de los libros más leídos de los últimos tiempos, tanto por grandes como por pequeños, pero sobre todo por estos, es sin lugar a dudas El Principito. De autoría del francés Antoine de Saint-Exupéry, es la presente una novela corta que, con el paso de los años, ha terminado por convertirse en una de las publicaciones más vendidas a nivel mundial (se calcula que ya va por los 140 millones de ejemplares; cifra que se vería sustantivamente incrementada, desde luego, si se le sumaran las innumerables ediciones piratas que circulan por ahí). Y es que, además de ostentar el indiscutible mérito de ser el libro en lengua francesa más vendido de todos los tiempos, posee también el nada despreciable récord de haber sido traducido a nada más y nada menos que a doscientos cincuenta idiomas.
Publicada en 1943 por la editorial estadounidense Reynal & Hitchcock, el libro de que se trata es, como salta a la vista, un verdadero clásico moderno. Lo que lo ha hecho, naturalmente, merecedor de un sinnúmero de sesudos estudios en todas las lenguas; y también, por supuesto, de ediciones que no tienen nada que envidiarle a la original, en lo que toca, por ejemplo, al uso del lenguaje y al manejo de la trama, las mismas que se han abocado a la difícil tarea de continuar con su enternecedora historia. Entre las más logradas, quisiéramos destacar la del argentino Alejandro Roemmers, El regreso del Joven Príncipe, y la del peruano Andrés Cloud, El regreso del Principito.
Son libros como El Principito, a no dudarlo, textos que merecen de los lectores todo el respeto y la admiración que se les puede tributar a historias como la Antoine de Saint-Exupéry; que nos ayudan quizá no ya a comprender mejor el mundo, que la literatura no da para tanto, pero sí con toda seguridad a que nos comprendamos un poquito más a nosotros mismos. De ahí que no se entienda por qué, ante la violación flagrante al texto original de El Principito, perpetrada por la editorial argentina Ethos en nombre del lenguaje dizque incluyente, no se hayan alzado las voces de protesta en el mundo entero por tan mayúsculo desatino.
Pues resulta que, no contentos con estar haciendo del lenguaje cotidiano poco menos que un bodrio en el que se puede reconocer cualquier cosa menos, claro, a la lengua de Cervantes, a los promotores del también llamado lenguaje políticamente correcto no se les ha ocurrido mejor idea que “traducir” El Principito a dicho “lenguaje”. Sí, de ese tamaño puede llegar a ser la imbecilidad de ciertas gentes. A ese punto hemos llegado. Y lo peor de todo es que solo parece ser el comienzo. El caso es que, de ahora en adelante, no nos sorprendamos en absoluto si por ahí nos topamos con la susodicha versión, en la que encontraremos sandeces como las siguientes: “Les chiques tienen que ser muy pacientes con les adultes”, “Es triste olvidar a une amigue”, “Si le ordenara a une generale que se convirtiera en ave marina y le generale no obedeciera, no sería culpa de le generale” o “Es mucho más difícil juzgarse a sí misme que juzgar a les demás”.
Así las cosas, resulta inevitable preguntarnos: ¿Puede la necedad, la ignorancia, la majadería, de ciertas personas ser carta blanca para la comisión de semejante disparate? ¿Dónde están las autoridades culturales de los distintos países en los que esto comienza a convertirse en “tendencia”, que no hacen nada para ponerle un alto? Queda claro que preguntas son estas cuyas respuestas conocemos a la perfección. Y por eso mismo es que comenzamos a preocuparnos. Porque no queremos siquiera imaginarnos en lo que pasará cuando llegue el día en que a nuestras sesudas autoridades educativas se les ocurra promover este tipo de “versiones” en las escuelas.
Y que no nos vengan con que estar en contra del mamarrachento “lenguaje inclusivo” es oponerse a la reivindicación social de la mujer, porque no es cierto. La revalorización de la mujer es algo con lo que no podríamos estar en contra en modo alguno. Por lo necesaria. Por lo imperiosa. Por lo justa. Pero cada cosa en su lugar. Ya que no podemos, en nombre de lo antedicho, atentar contra un bien cultural como la lengua, que nos pertenece a todos por igual; y que no responde, por supuesto, a las “tendencias” reformistas que de tiempo en tiempo van apareciendo.
¿Qué vendrá ahora? ¿Cuál será el próximo libro que, en nombre del también llamado “lenguaje igualitario”, nos joderán estos granujas? ¿Será, acaso, El Quijote la próxima víctima? Al paso que vamos, todo es posible. Habrá que estar preparados. Preparados para leer “En une lugar de le Mancha, de cuye nombre no quiere acordarme, no he muche tiempe que vivía un hidalge de los de lanze en astillere, adarga antigua, rocín flaque y galgue correder…” No estar vivo Miguel de Cervantes para decirles “hideputas, bellacos”.




