EL PRECIO DE LA TIBIEZA: CUANDO LA IZQUIERDA APAGA SU FUEGO Y ENCIENDE A LA DERECHA

Por Augusto A. Leguía – Editor del Diario Ahora
Chile no cayó: fue empujado suavemente por una izquierda que confundió prudencia con renuncia. No hubo golpe, ni asalto, ni irrupción violenta de la derecha dura; hubo algo más silencioso y letal: el vaciamiento del sentido. La tibieza —ese mal moderno que se disfraza de responsabilidad— terminó haciendo el trabajo que la derecha nunca pudo hacer sola.

Gabriel Boric no es una anomalía histórica; es su síntoma. Surgió como promesa generacional, como relato de ruptura, pero gobernó como quien pide permiso. En lugar de tensar la cuerda de la historia, prefirió aflojarla. En lugar de incomodar al poder, lo tranquilizó. Y en política, cuando la izquierda tranquiliza, la derecha avanza.

La tragedia chilena no es que Kast haya crecido; es que Boric haya menguado. Kast no inventó nada nuevo: solo ocupó el espacio abandonado. Porque la política detesta el vacío. Donde no hay convicción, entra el dogma; donde no hay audacia, entra el orden autoritario; donde no hay épica, entra la nostalgia del puño duro. La derecha no triunfa por brillantez intelectual, sino por coherencia brutal. Dice lo que es, cree en lo que dice y no se disculpa por ello. Eso —en tiempos de confusión— resulta peligrosamente seductor.

La izquierda chilena, en cambio, quiso ser aceptable antes que necesaria. Cambió el conflicto por el consenso, la calle por el escritorio, el horizonte por la administración. Abandonó el marxismo no para superarlo creativamente, sino para diluirlo en un progresismo sin nervio, sin dientes, sin pueblo movilizado. Olvidó que gobernar no es solo gestionar, sino disputar sentido. Y sin disputa, la política se convierte en contabilidad.

La tibieza tiene un problema central: no enamora. No convoca sacrificios ni despierta lealtades profundas. Es correcta, educada, razonable… y profundamente estéril. Los pueblos no se mueven por PowerPoints ni por frases cuidadas; se mueven por relatos que arden. Cuando la izquierda deja de arder, otros incendian.

Por eso la derrota chilena no es electoral: es moral y simbólica. Es la derrota de una izquierda que tuvo miedo de ser izquierda. Que creyó que moderarse era madurar, cuando en realidad era desertar. Que pensó que la historia se negocia, cuando la historia se empuja.

Chile hoy no mira solo a Kast; se mira al espejo. Y lo que ve es una advertencia para toda América Latina: no hay atajos hacia la justicia social. No hay transformación sin conflicto. No hay cambio sin costo. Y, sobre todo, no hay futuro cuando el miedo a incomodar se vuelve política de Estado.

La historia es implacable con los tibios. No los odia: simplemente los reemplaza. Porque en los momentos decisivos, no triunfan los más amables, sino los más convencidos. Y cuando la izquierda renuncia a sus convicciones, la derecha no duda en imponer las suyas.

Chile duele, sí. Pero enseña. Y la lección es brutalmente clara: la tibieza se paga. Y casi siempre, la factura la cobran los pueblos.