EL POETA SE VA, EL POEMA QUEDA

EL POETA SE VA, EL POEMA QUEDA

Escrito por Arlindo Luciano Guillermo

Los estudiantes resuelven el examen quincenal, “vigilo” para evitar algún desliz o intento de “soplar la respuesta al compañero”, paseo lentamente, pienso en los libros que voy leyendo, elaboro el orden expositivo del texto que escribo. Mis pasos, como sintiendo el cautiverio de un libro, me conducen hasta unos estantes vacíos. Mis ojos, con instinto de lector, me acercan hacia una caja abierta y cubierta de fino polvo de ambiente. Con agudeza veo apenas una parte de la carátula de un libro azul como el cielo de Huánuco. Retiro diccionarios, cuadernos usados, textos escolares, libreta de apuntes, revistas de títulos banales, etc.; la sorpresa me restriega el rostro inquieto, fisgón. Lo cojo, sonrío socarronamente, lo limpio con mi pañuelo blanco como Aladino hizo con la lámpara maravillosa. “Qué destino tienen los libros sin un lector”. Ahí estaba yo: el rescatista, el redentor, el superhéroe. Se trata del poemario Entonando retornos, edición conmemorativa, de Andrés Jara. Lo voy hojeando. Ya calmado por el hallazgo lo reviso. El lector adolescente ha leído íntegramente el libro. Ha registrado su presencia: subrayados con lapicero rojo, una casa con líneas deformes seguramente por el apuro, significado de palabras para él desconocido y una frase categórica: “Se parece a mi casa de campo”. En el poema “Entonando un retorno” escribió: “Esto me gusta”.  

La casa, la nostalgia y la familia siempre están presentes en la poesía. Eso leemos en César Vallejo, Samuel Cárdich, Manuel Scorza, Abraham Valdelomar y Juan Gonzalo Rose o escuchamos en la canción Cómo estará la casa de David Dalí. El entorno familiar del poeta y la casa motivaron para escribir versos de alto lirismo, de connotación universal, tono nostálgico y evocación de ese paraíso perdido en el tiempo y conservado en la memoria. Poemas como “A mi hermano Miguel”, “Los pasos lejanos”, “La casa”, “La guerra”, “Casa para escribir”, “La madre”, El hijo” así lo evidencian. En el caso de Andrés Jara Maylle, Entonando retornos (1997, 2017) está en esa línea. El poema más emblemático y de mayor perdurabilidad en la preferencia del lector y del tiempo es “Entonando un retorno”, que considero tiene un notable estilo vallejiano. ¿Hay algún poeta novel o veterano que no tenga algo de otro poeta antecesor? La sombra fraterna de Vallejo, Neruda, Scorza, Octavio Paz o García Lorca está presente como testimonio de magisterio, lectura y aprendizaje, pero, a la vez, de originalidad y personalidad propia. 

El poema de marras es sencillo, de versos concisos y categóricos, con tono nostálgico y de resignación por el paso inexorable del tiempo. En “Los dados eternos”, Vallejo hace una dedicatoria: “Para Manuel González Prada, esta emoción bravía y selecta, una de las que, con más entusiasmo, me ha aplaudido el gran maestro”. Andrés Jara lo hace en estos términos: “Con especial deferencia a mi maestro y amigo Andrés Cloud, este poema que tantas veces celebramos”. Gratitud, aprecio, festejo mutuo, regodeo con la poesía. Andrés Cloud Cortez, maestro, amigo personalísimo, padrino de matrimonio, confidente privilegiado. Efectivamente, he sido testigo, en varias reuniones, donde se hablaba de poesía, literatura con harta cerveza, que Andrés Jara, casi con lágrimas en los ojos, y Andrés Cloud paralizado por el efecto estético en su sensibilidad de escritor a pesar de su rostro adusto, recitaba con memoria lúcida: “De súbito he llegado a mi casa /  y hoy como nunca / la he encontrado sumergida /  en tanta soledad.  / Mi casa”. Lo escuchábamos sin interrumpir como esa tribu hipnotizada por los relatos del chamán semidesnudo y cubierto con piel de jaguar que explicaba por qué caía agua del cielo o cómo cazar y defenderse del tigre dientes de sable. Entonces Cloud daba el veredicto y aprobación: “¡Qué bello! ¡Qué bello! El auditorio secuestrado por el poema de Andrés Jara aplaudía y celebraba al poeta.  

Conocí en mis años mozos, cuando “era feliz e indocumentado”, la casa familiar de Andrés Jara en el Jr. Abtao, cerca de donde hoy vive con su esposa y sus hijas. Ahí pudimos ver que Andrés vivía rodeado de mujeres: su madre y sus hermanas; él es el único varón. Era la casa en Abtao y la huerta en Las Moras. Se ingresaba por un pasadizo de paredes de adobe; al fondo, a la derecha, estaba la puerta de ingreso. Al final del pasadizo interior estaba el patio, precisamente, con plantas, hierba silvestre y algunos árboles pequeños. A poco de avanzar a la izquierda se ubicaba la sala donde nos reuníamos para celebrar el cumpleaños de Andrés el 31 de noviembre. A la derecha, había una plataforma de cemento que conducía a los servicios higiénicos. Antes de llegar al patio, a la izquierda, estaba la cocina doméstica. Esa casa es el referente que Andrés ha traslado a la poesía para la posteridad; “Entonando un retorno” va a sobrevivir al poeta.  

En realidad, no todo lo que escribe un poeta queda íntegro para la historia colectiva y la memoria del lector. La posteridad es un sello de genialidad excepcional. De Vallejo siempre recodaremos “Los heraldos negros”, “Los dados eternos”, “Masa”, “Piedra negra sobre una piedra blanca”, pero no resulta lo mismo con “Altura e intensidad”, “La rueda del hambriento” o el “LXV” de Trilce. Andrés Jara ha publicado hasta hoy tres poemarios: Entonando retornos, Bajo el mismo cielo y Entre el mar y la montaña, con los cuales es un poeta relevante del parnaso de la poesía de Huánuco. De él jamás olvidaremos “Entonando un retorno”; seguramente otro lector o el crítico literario dirá que es otro poema; es el que más recuerda el lector de poesía, el que resumen la personalidad y el quehacer poético de AJM. “Entonando un retorno” relata el regreso del hijo adulto y trajinado a la casa familiar y la encuentra desolada, invadida por la soledad y la huella del poder devastador del tiempo, pero el recuerdo y la nostalgia se encargan de mantenerla viva en la memoria.

Creo que Andrés Jara es el que acompaña merecidamente al poeta mayor de Huánuco, Samuel Cárdich. Si bien solo tiene tres poemarios publicados, son los que reflejan el talento, el trabajo afinado y gran sensibilidad para escribir poesía y, lo más importante, con vitalidad y orfebrería. Cada vez que yo recuerdo la casa en el Jr. Abancay releo porfiadamente “Entonando un retorno” hasta la ebriedad. Cierro los ojos y la veo casi fotográficamente; allí viví desde los siete años hasta los 28 cuando me hice padre y eché a andar por el mundo con una familia. Sin la poesía mi vida sería insípida y rutinaria; corre el peligro de caminar por la cornisa durante un vendaval.