EL POETA SE VA AL PAÍS DE OTRO POETA

EL POETA SE VA AL PAÍS DE OTRO POETA

Por Arlindo Luciano Guillermo

El miércoles 2 noviembre fui a su casa a las 5 de la tarde, golpeé la puerta tres veces, pero nadie respondió. Me enrumbé a clases, la universidad está lejos, aún me quedan 45 minutos, A las 8:30 de la noche lo llamo desde la casa de Hevert Laos, contesta y me dice dónde puedo ubicarlo; le recuerdo que no se olvide del libro. Al fin lo encuentro en la agencia. Soy obsesivo cuando sé que un libro ha sido editado; no descanso hasta tenerlo entre mis manos, sentirlo y leerlo. El libro es un fetiche; le rindo pública idolatría y le juro lealtad más que el sí en el altar. Viaja a Lima y de ahí tomará vuelo para Santiago de Chile. Deja un poemario más para sus lectores que siempre esperamos un nuevo libro: Aquí ardió el fuego. Va hacia la patria de Pablo Neruda, de Gabriela Mistral (ambos premios Nobel de Literatura), del iconoclasta Nicanor Parra, del trovador, asesinado por la dictadura de Augusto Pinochet, Víctor Jara y Violeta Parra, de Fernando Ubiergo, Alberto Plaza e Illapu. Ahí se reunirá con otros poetas de otras naciones que también, como él, leen, trabajan, lucha por elegir la palabra idónea, esperan pacientes el arribo de la lucidez y de la musa Erató (eso que llaman inspiración, estro o numen) para escribir y terminar la longitud precisa del verso y la arquitectura verbal y musical del poema. Es Samuel Cárdich, el poeta a quien estimamos, apreciamos, leemos con pasión y dedicación y admiramos. Mientras él está en Chile, yo aquí me he quedado con su libro para leerlo con interés y desvelo. Un libro produce insomnio. 

El título del poemario revela un tono testimonial y metafórico; va más allá de una lectura literal. El adverbio “aquí” es el escenario del quehacer poético donde hay acción o inercia durante el proceso creativo, allí donde el poeta vive, come, duerme, lee, escribe y espera con paciencia (a veces con estrés y desesperación) el arribo de la inspiración para crear poesía.  Solo así la paz y la serenidad se apoderan del poeta. El verbo “ardió”, en pasado perfecto y modo indicativo, le da una connotación realista, activa, de movimiento e intensidad, que deja huella y una significativa experiencia. El fuego calcina, devora, reduce a cenizas, marca el espíritu y la piel, el tiempo y la historia. Prometeo (el titán solidario) fue encadenado por Zeus a una roca donde un buitre le devora las vísceras diariamente porque se atrevió a entregar el fuego a los hombres. La poesía y Prometeo simbolizan la liberación, la pasión y el sacrificio. Es fuego la poesía, la vida, la literatura, la creación artística. La frase nominal “el fuego” es el elemento detonador de la acción, sin el cual no sería posible la obtención del producto final del trabajo del poeta: el verso, el poema, la estrofa, los recursos estilísticos. Para Heráclito de Efeso, el fuego es el componente fundamental en la naturaleza, razón de cambio, transformación y salto cualitativo. En poesía, el lenguaje natural es trasladado con pericia por el poeta a un estatus estético. El arder del fuego reúne a la poesía, al poeta y a la inspiración, juntos hacen posible una obra de arte. Mario Vargas Llosa, en 1967, en el discurso de agradecimiento del Premio Rómulo Gallego, por la novela La casa verde, dijo: “…un hechicero consumado, un brujo de la palabra, un osado arquitecto de imágenes, un fulgurante explotador del sueño, un creador cabal y empecinado que tuvo la lucidez, la locura necesaria para asumir su vocación de escritor como hay que hacerlo: como una diaria y furiosa inmolación”. Se refería a Carlos Oquendo de Amat -amigo cercano de Adalberto Varallanos y, seguramente, también de César Vallejo- quien había publicado 5 metros de poemas y, para ese entonces, poco conocido; había fallecido pobre y tuberculoso, lejos del Perú, con sus ideales comunistas irrenunciables, hacía 31 años en España; su humilde tumba fue pulverizado por los cañonazos de la Guerra Civil Española.   

El personaje central del poemario es la poesía y de contexto la trayectoria personal y literaria de Samuel Cárdich. En la contratapa del libro afirma Ronald Mondragón: “… es una exquisita síntesis de su vida y de su obra. Más aun, un legado que en vida da el autor a los lectores, tan solo movido por ese amor impoluto a la poesía, que constituye un acto de verdadera fe en la trascendencia humana”. Samuel Cárdich tiene dedicación exclusiva para escribir poesía. Solo así se logra libro tras libro para deleite de lectores y críticos literarios. Un libro nuevo de Samuel no pasa desapercibido en Huánuco ni en el Perú. Aquí ardió el fuego (Ediciones Condorpasa, 2022. Págs. 123) es el décimo libro de poesía de Samuel Cárdich, sin contar las antologías, selección ni poesía reunida. Está distribuido en cuatro secciones (“Vino del amor y de la poesía”, “Casa de la naturaleza”, “Los años de la lluvia” y “Sonata para un otoño fugaz”), suman en total 67 poemas de versos libres, largos, de ritmo sostenible, metáforas conceptuales, con relato como eje del poema, lenguaje coloquial, tono confesional y propositivo. En la primera parte hay un “arte poética”, es decir, una concepción de la poesía, su quehacer diario, su posición frente a la creación, su trascendencia y el difícil oficio de escribir poesía, las razones de la sequía y la presencia luminosa de la inspiración. Este “arte poética” es un conjunto de lecciones, experiencias estéticas, consejos y claves del quehacer poético. Escribir versos no es tarea fácil ni un arrebato súbito de la inteligencia, sino un trabajo de orfebre, cuidadoso, paciente, meticuloso, de elección del momento, selección de palabras y tópicos. En “Amanecer”, tercera estrofa, se lee: “Oyendo de fondo unas piezas lentas, / me he sentado sin inspiración / a escribir. Avanzo poco, pues la llama / volcánica de la poesía no erupciona en mi interior”. En la quinta estofa del mismo poema: “Ahora, semejante a un monje que espera / el momento de la oración en su celda conventual, / espero el arribo de la palabra.  / Espero con paciencia que la poesía / entre a calentar mi corazón, / que su rayo de sol aparezca, nuevamente”. En el poema “La poesía, vuelta a empezar” se advierten algunas definiciones: “La poesía es un modulado soplo de palabras que habla de la vida”, “un fantasma de la angustia que trajina por el alma o va por las calles nocturnas, “es una gaviota que inaugura con su voz la mañana del mar”, “un jardín de abril que empieza a florecer”, “la morada insomne donde habita un hombre solitario”. Así la poesía no es una emoción contenida ni rabia: “Quiero escribir, pero me sale espuma, / quiero decir muchísimo y me atollo;” (“Intensidad y altura”, César Vallejo).  

Me despido de Samuel en la agencia GyM, ya son las 8:50, él debe abordar el bus a las 9. Unas fotos, también con Frank Mamani, el editor del libro, para la memoria del celular. Lo abrazo, le estrecho las manos, lo miro a sus ojos vivaces, está feliz, y le digo: “Te vas a la patria de Neruda”. Se ríe levemente. Me da un encargo para su casa que he cumplido cabalmente. Cuando regrese, sin duda, sorberemos lentamente innumerables tazas de café. ¿Fuiste a Isla Negra a ver la casa museo de Neruda? ¿Viste a una Matilde Urrutia por las calles de Santiago? ¿Se sigue hablando de Víctor Jara? ¿Qué poetas conociste?