EL PODER AZUL

Andrés Jara Maylle

Ahora que su dueño se ha ido para siempre, El poder azul ha quedado abandonado a su suerte.
Se ha quedado estacionado al costado de su casa, en la cuadra dieciocho del jirón Abtao, a la intemperie, con sus viejas llantas desgastadas, con restos de la última volquetada de hormigón o arena que cargó y trasladó hacia alguna construcción por Pomares o tal vez por Llicua. El poder azul ha quedado desamparado, tal como Guillermo Jara Sánchez, su dueño, lo dejó hace algunos meses cuando, víctima de una diabetes agresiva, entendió que ya no podría conducir más el viejo Ford que lo acompañó por más de cincuenta años.
Guillermo Jara aprendió a manejar muy joven, apenas salido de la adolescencia y ese oficio fue el sustento de su vida y de su familia. A fines de la década del cincuenta del siglo pasado comenzó conduciendo primero unos colectivos en la naciente Vía Expresa en Lima; y luego, desencantado de la capital, volvió a su terruño para hacerse cargo de los extintos mixtos hacia Cerro de Pasco o a los pequeños poblados de nuestra región por unas carreteritas de cabras.
Y como él ambicionaba más, y como estaba enamorado y quería tener una familia aceptó un prometedor trabajo en Pucallpa, esta vez conduciendo un modernísimo Ford 59, convertido en volquete, en esos tiempos en que abrían el monte pucallpino para construir su moderno aeropuerto. “Ahhh, la vida en Pucallpa en esos tiempos, primo, si te contara todo, no me creerías”, me decía emocionado y nostálgico cada vez que nos tomábamos unos tragos y recordaba sus andanzas selváticas.
Esa fue la primera vez que entró en contacto con El poder azul y se enamoró para siempre de esa máquina fabulosa. Dice la leyenda que el volquete había sido traído desde Lima por unos contratistas huanuqueños (la familia Bermúdez) quienes habían ganado un contrato para “pampear el aeropuerto; y hacia allá se fue Guillermo Jara llevando su experiencia junto al timón y sus discos del Picaflor de los Andes y Flor pucarina, sus artistas reverenciados.
Con los años de ardua labor, ahorrando centavo tras centavo, por fin pudo reunir lo suficiente y proponerle a los Bermúdez la compra del volquete con el que había trabajado en el aeropuerto de Pucallpa. Esa era su máquina, su amor más intenso, su deseo pleno. Y así, por fin, pudo hacerse dueño de El poder azul, su herramienta de trabajo que lo acompañaría hasta la mañana del 24 de diciembre pasado, cuando la Pelona vino por él llevándoselo hasta nunca jamás.
Era todo un espectáculo ver cómo Guillermo engreía a su volquete. Todas las mañanas, muy temprano lo cuadraba junto a la puerta de su casa, levantaba el capote y revisaba su motor meticulosamente. Llenaba agua a su radiador, controlaba el aceite, tanteaba sus frenos y embragues, ajustaba sus bujías, aseguraba algún perno y luego  arrancaba el carro y se iba hacia las canteras del Huallaga o del Higueras en busca de su destino.
Le había puesto ese nombre, bien escrito en la parte trasera, porque justamente ese era el color original del ahora envejecido carro después de haber superado el medio siglo de vida. Muchos pensaban que tal nombre lo había puesto por el Alianza Lima. Pero no, Guillermo, como buen huanuqueño, era hincha del León de Huánuco, de ese viejo León de los tiempos de Sinti, Querosene Rodríguez, Cucharita Arévalo, Máximo Falla.
Ahora que recuerdo estas cosas, me doy cuenta que es imposible separar a Guillermo Jara y al El poder azul. Ambos siempre estaban muy unidos. Siempre fieles el uno al otro, hasta el final. Eso, hasta el final. Incluso, en los días peores cuando el hombre ya no era capaz de conducir a su dócil amigo, en las mañanas o en las tardes se trepaba a la cabina y allí chacchaba incansablemente, intentando, con la sagrada hoja, combatir a la temible enfermedad que lo minaba; o, acaso, sabiendo que pronto él o él tendría que irse o quedarse. O quizás ambos se despedían íntimamente luego de comprender lo inútil que es luchar contra el destino ya trazado. Quién sabe.
El poder azul está ahora triste, cuadrado a un costado de su casa, esperando a su dueño que ya no vendrá. Entonces, como una magia, creo escuchar las letras de una de las canciones más sentidas del Picaflor de los Andes, que Guillermo oía con inusitada atención. Sí, esa canción que el gran Picacho compuso poco antes de su muerte. Agonías del recuerdo: “En las tardes cuando el cielo se oscurece, cual palomas mensajeras por el tiempo agonizante, los recuerdos vienen a conversarme, de amistades y pasiones ya distantes. Ayyyy, mi recuerdo agonizante. Rememoran los momentos más felices, insistentes de tu nombre tus caricias me recuerdan, triste mi alma, convulsiona al mencionar las promesas no cumplidas…” Adiós, Guillermo Jara y perdóname este pequeño homenaje en tu memoria. Por lo bellos e intensos tiempos vividos.