EL PERÚ DE NEREIDA

EL PERÚ DE NEREIDA

Por Israel Tolentino

Una mujer, con dos trenzas alumbradas por el sol que se oculta sobre el lago, tiene en sus manos una tela que deja entrever entre sus pliegues un mapa que se parece al Perú de hoy, por partes se ven líneas tornasoladas, azules como el lago donde el sol ahoga sus últimos rayos. Una aguja y un hilo apresan el tiempo.

Nereida Apaza y Sebastian Chuquimia

Esa mujer Tiahuanaco, hermosa, de frente brillante, cuello largo, piel cacao, se levanta y dobla el tejido para arrear sus animales y emprender el camino de vuelta a casa.

La identidad hecha de tiempo y agua, es como aquel antiguo atardecer, como un espejismo donde las caras de los animales se acercan a beber; en el Titicaca, el Apu Kon Tiki Wiracocha da origen a la leyenda, al mito, al deseo de identidad, a la patria grande nacida del agua grande. América, los Andes, el Perú, cada pueblito esperando el Inkarri. Sobreponerse al problema y andar en la posibilidad, como lúcidamente Jorge Basadre había predicho.

El Perú de Nereida.

En el Perú de Nereida, el verde amazónico se mezcla con el color del trigo de la costa, con los ocres telúricos, los blancos perpetuos de donde nacen los ríos caudalosos; se puede ver como el puma caza la vizcacha; a su abuelo usando el telar, tejer no es exclusividad de las mujeres. Ese recuerdo le ha llevado a reducir las brechas entre el artista estudiado y los que han recibido una herencia, “oportunidad para todos” dice ella. Hay mucho que aprender de las maestras de los pueblos como Elena Palomino en Huamanga, y no es sólo el momento, la fotografía o aprovecharse de su ingenuidad frente al sistema patriarcal, sino que, esta artista ocultada, te regala en unas horas decenas de años de perfeccionamiento técnico, de identidad, de vida.

Las generaciones son herederas de las estructuras mentales coloniales, formadas en las escuelitas rurales y urbanas desde currículos excluyentes. Crecieron y el sentido crítico puso una duda en forma de espina, un hincón que se hizo herida y heridas que necesitaban coserse. Desde el Arte, esta América de heridas por todas partes, inició el proceso de sanarlas, no necesitaban la mirada, el concepto, la palabra de arriba, era suficiente la sonrisa, las manos, la confianza de las artistas de los pueblitos… Oír el latido de su corazón, que proviene desde el templo de Kalasasaya, desde el gran lago de Los hermanos Ayar y Manco Cápac y Mamá Ocllo, quien enseñó a las mujeres a tejer para ser el repositorio de la memoria.

Maestra Elena Palomino en Ayacucho preparando el teñido de la lana

El Perú de Nereida, es encontrarse con Caral, Kotosh, Chavín, Kuelap, Chan Chan, Macchu Picchu… Un presente continuo, con nuevos nombres. Como alguna vez oí a un viejo amigo: el país se hace desde las provincias, con nombres extraños: Tilsa, Sérvulo, Macedonio…  Y apellidos, que de tanto oírse, suenan a nombres: Codesido, Humareda, Amaringo …

Cada camino guarda los pasos de cada vida, como cada puntada de hilo es la memoria, el ADN; tejer y bordar, dos maneras complementarias de andar el país, sintiendo y conociendo, sin la nostalgia que se tiene por salir del terruño cuando en el corazón late la sangre antigua unida a la nueva. Cada experiencia va haciendo más ancho el camino, un espacio donde otros podrán andar, compartir. Para Nereida, los caminos del Perú y sus infinitos andares se unen al ombligo que es ella, desde que es madre su visualidad hecha de insumos autóctonos: piedra, cerro, modos de hablar, bordar, huellas, diarios…Es radicalmente emancipador, desde una cuna de sistema colonial, ha logrado leer de otra forma esa construcción mental, recuperar los significados ocultos y puestos de lado desde siempre; así como Jorge Basadre conoció el Perú en San Marcos, Nereida, con un ovillo y una aguja, es hoy día: Puno, Ayacucho, Huánuco, Lima, Cusco, Piura, Loreto, Huancayo, Arequipa…

Nereida realizando un taller en Piura

Nereida hace las veces de un chaski en el Perú actual, medita la patria olvidándose que el tiempo interminable pasa por el cuerpo finito, pero el Perú necesita esa paciencia, sobreponerse a la pérdida, vincularnos. Las distancias se acortan cuando sentimos al Perú como Nereida (Pozuzo, mayo 2023).