Por Arlindo Luciano Guillermo
Verdad de Perogrullo, pero necesario recordarlo. No soy periodista de carrera universitaria, no pertenezco al Colegio de Periodistas del Perú, alguna vez estuve afiliado a la ANP y exhibía mi carné de periodista. Hice periodismo desde los 19 años. Publiqué mi primer artículo de opinión en 1985, en la Revista Perú de Hevert Laos, titulado Callejón sin salida donde analizaba, desde la perspectiva de un estudiante e incipiente lector, las deficiencias ortográficas y de redacción de estudiantes universitarios. Desde aquel lejano octubre (hace 38 años exactamente) no he dejado de escribir ni leer. Si tuviera que elegir una segunda carrera profesional sería el periodismo, sin abandonar mi abnegado oficio de educar ciudadanos. Mis mejores maestros han sido periodistas en ejercicio y sus libros. Conocí a periodistas forjados en la calle, reporteando, gastando sus zapatos, sudando, con grabadora y libreta. Escribí en varios periódicos de Huánuco. Impulsamos con Rubén Valdez la revista Expresión Regional, donde yo era el jefe de redacción, responsable cultural y de entrevistas políticas. Siempre he creído que la columna vertebral de la democracia, la civilización y una sociedad que respeta la ley y los derechos ciudadanos es la libertad de expresión; donde no hay libertad de opinión se ha instaurado la barbarie, la dictadura perniciosa y el deseo de aniquilar al ciudadano discrepante, a los intelectuales que no doblan las rodillas ante poder político y económico. Reconozco a Roel Tarazona Padilla, Rubén Valdez y José Reyes y Viviano como mis mentores en el periodismo radial y escrito.
César Vallejo, Esteban Pavletich, Adalberto Varallanos, Vargas Llosa, Alonso Cueto o Ribeyro no son egresados de una facultad de periodismo, pero han hecho periodismo con buena escritura, responsabilidad, pasión y erudición. Vallejo, Valdelomar y Rubén Darío se ganaron la vida escribiendo para periódicos y revistas. El que más me ha deslumbrado en mi juventud ha sido Mariátegui cuyas ideas abracé en la universidad porque creía en una acción revolucionaria sin importar ideologías. Por eso estábamos en la otra orilla de SL y el MRTA. En una oportunidad, Javier Diez Canseco, líder del PUM, me dijo: “Camarada, sé que usted es poeta; la revolución se hace con acción y compromiso”. Jamás le hice caso, pues ninguna literatura hizo una revolución social; no es su función.
Escribir un artículo periodístico no es acto de súbita inspiración ni hacer metáforas, sino una odisea, una batalla diaria, sin despreciar la poesía ni el uso del lenguaje literario. Entre ficción y periodismo hay simbiosis recíproca. El instrumento de estudio, fascinación y aprendizaje es la lectura, seguramente leeré hasta que termine mi residencia en la Tierra. El pensamiento crítico, la reflexión, el análisis y la interpretación, siempre con tolerancia y respeto a la diversidad y pluralidad, han guiado mis opiniones, comentarios y argumentos que nunca han pretendido ser definitivos ni “verdades incuestionables”. Mi ejercicio docente, desde los 17 años, cuando debuté en la academia Losada y Puga de Luis Díaz Marconi, en la vieja casona de Ciencias Económicas, no se ha interrumpido hasta hoy. A eso sumo mi incursión temeraria, a veces como un intruso, en el periodismo, la escritura de ficciones y poesía. Si tuviera que elegir entre García Márquez, Cervantes, Flaubert, Rulfo, Borges, Ribeyro o Vargas Llosa, prefiero a la poesía, el verso conciso, de pocas palabras, pero de trascendencia elocuente en el tiempo, la metáfora ingeniosa que condensa una teoría o un destino, las imágenes poéticas que elaboran escenas vivientes, el símil pertinente como aro al dedo, la audacia del hipérbaton que dice lo mismo en el caos sintáctico. Esa es mi vida cuando hablo de libros, poesía, periodismo, docencia y literatura. No sé si escribo para el aprecio de mis amigos; a veces me celebran lo que escribo, otros optan por el silencio, susurran maleficios contra mi escritura o sueltas dardos incisivos. No soy moneda de oro para agradar a todos. Nada me impide opinar, no respondo al comentario artero que quiere desinflar la autoestima de mi noble oficio de escribir periodismo de opinión.
El periodismo de Mariátegui contiene planteamientos y tesis políticas e ideológicas sólidas, con razones firmes, sin dogmatismo ni mascarada, con lenguaje académico, frontal e incisivo. Mariátegui no se distraía en el narcisismo personal, en el autoctonismo chovinista y ridículo ni perdía el tiempo (ni siquiera en su “edad de piedra” del que renegaba) en banalidades ni asuntos intrascendentes, siempre estuvo a la vanguardia de la política, el arte, la literatura y la observación minuciosa de la realidad en los primeros 30 años del siglo XX. Veía al Perú como una integridad, pluralidad, con problemas no resueltos; los Siete ensayos es un ejemplo. Mariátegui fue periodista sin título universitario, rector sin tener doctorado, autodidacta; escribía un periodismo refinado, culto, erudito, con información actualizada, afirmaciones contundentes. No escribo como Mariátegui, nunca lo igualaré, pero he leído y, a veces, releo los libros de periodismo de Mariátegui. Murió el 16 de abril de 1930, hace 93 años. Recuerdo la famosa tesis de la revolución de Mariátegui: “Ni calco ni copia, sino creación heroica”. La revolución mariateguista es una tarea pendiente (lo era, en realidad) que parece sepultada por la incoherencia de partidos y líderes de izquierda que de Mariátegui solo conocen clichés.
En la universidad leí Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, sin el cual no se podía saber qué hacer en el Perú ni cómo cambiarla; conocer para transformar era la consigna. Tres libros de periodismo y ensayo, escritos por Mariátegui, orientaron, sin fanatismo ni dogmatismo, mi pensamiento político y crítico, mi juicio de valoración social, la práctica de la tolerancia y la pluralidad, todo desde el proyecto socialista y de justicia social; Mariátegui era la negación del fanatismo ideológico y político. Esos libros son El artista y la época, Temas de educación y Peruanicemos al Perú. Releo, luego de varios años, el texto “La crisis universitaria. Crisis de maestros y crisis de ideas”; cuánta vigencia tiene, admiro la firmeza de los argumentos, el coraje de criticar con razones el statu quo de la universidad de entonces. Luego vendrían las lecturas de Vargas Llosa (Lenguaje de la pasión o Desafíos a la libertad) Andrés Oppenheimer (¿Crear o morir!), Hildebrandt (sus editoriales en el semanario Hildebrandt en sus Trece) García Márquez (Noticia de un secuestro), Eloy Jáuregui (sus crónicas en La República, que espero como pan caliente para el lonche). Los leo porque aprendo de ellos a argumentar, escudriñar la realidad, convertir la anécdota en tema público, a utilizar la primera persona gramatical sin caer en la vanidad y el histrionismo. ¿A quién le interesa un narrador ególatra y presumido? En ellos la escritura es pulcra, creativa, literaria, informativa y con poder de instrucción y persuasión.




