Escrito por: Jacobo Ramírez Mays
Algunos aficionados y periodistas subieron unos vídeos a las redes sociales, donde se ve el nivel de los reclamos hechos por los transportistas durante el paro nacional que se desarrolló el lunes pasado. Observarlos es terminar irremediablemente con los pelos en punta, que no de otra forma se puede reaccionar cuando se ve a una sarta de malandros atacar a choferes y vehículos, que, atrevidamente, ese día salieron a trabajar para ganarse el pan de cada día, y hacer su agosto en pleno noviembre.
Viendo su accionar, caigo en la cuenta de que debe ser la impotencia que les causa el no ser escuchados, la que los lleva a actuar así. Y que la agresividad que demuestran es una de las formas para que sus voces, que son palabras mudas para las autoridades sordas, tengan alguna repercusión. Agresividad de la que, estoy seguro, casi nadie puede salvarse porque, de una u otra forma, alguna vez hemos caído en sus garras como seres humanos que somos. Es más, confieso que yo mismo he incurrido también no pocas veces en el pecado de dejarme llevar por la ira y, cual si fuera un animal, guiado por mis instintos, he dicho o hecho cosas de las que después me he arrepentido. En fin.
Y ahora que lo pienso, recuerdo que hace algunos años atrás me había comprado una motito marca Yingang, con la que andaba orgulloso, pues me servía para ir al trabajo y llevar y recoger a mis hijos del colegio. Un día estaba por Cayhuaynita, con destino al Óvalo, cuando un bajaj que venía en sentido contrario volteó en “u” y a gran velocidad; por la acción realizada, casi me choca, pero como yo soy Meteoro manejando, esquivé al vehículo y todo quedó en un pequeño susto. Furioso, me aproximé al chofer y le hice recordar a su generación completa. Al escuchar mis palabras de alto calibre, y sintiéndose ofendido, me respondió: «Calla, mierda. No me jodas, y si me sigues fregando te voy a sopapear». Esas palabras me encresparon y decidí, como dicen los huanuqueños, siguitearlo sin medir consecuencias. Para bien mío y mal de él, el semáforo del Óvalo cambió a luz roja y tuvo que detenerse. Sin pensarlo, detuve mi moto a un costado, bajé y, con la velocidad de un águila, me abalancé sobre el susodicho. Antes de que reaccione, le propiné dos puñetazos al estilo Conor McGregor, los cuales llegaron de lleno en su nariz, que de aguileña no tenía nada; con la otra mano, le agarré de la nuca y, con la fuerza descomunal que tengo, le golpeé la cabeza, que dicho sea de paso no pesaba nada, contra el timón. Sangrando, el individuo levantó la cara, me miró y yo, furioso, le dije: «¿A quién vas a sopapaer, so wepla?» El chofer, que se le veía fornido y mata gente, sangrando por la nariz y con lágrimas en los ojos, me respondió: «Abusivo eres, wevón, si estaría con mi mancha quisiera que seas así». Dejándole en esa situación, me subí a mi motocicleta y me fui hacia una tienda donde pedí una gaseosa helada. Los nudos de mis dedos estaban adoloridos y, como la adrenalina estaba pasándome, comencé a temblar. Mientras bebía mi gaseosa, me pregunté qué hubiera pasado si en ese momento llegaban dos, tres o cuatro choferes de su marcha, como me dijo. Si hubiera sido así, hoy no estaría contándoles dicha anécdota.
Recordando lo que viví en aquella ocasión, y viendo lo que ha pasado recientemente en el paro de transportistas, les digo a mis hijos y a los jóvenes en general que, en la actualidad, más vale ser gallina que gallito. Porque muchos de los que quisieron ser gallitos, en esta sociedad donde la ira y la agresividad son pan de cada día, están, en el mejor de los casos, dos metros bajo tierra, y sin poder cantar. ¡Y con lo bonito que es cantar!




