El nacimiento de otro ser

Por Jacobo Ramírez Mays
Nani muere a este mundo. Su cuerpo yace recostado sobre una alfombra y es enterrado por flores que, niños vestidos de angelitos, echan sobre él.
La catedral está llena de feligreses que entonan canciones de júbilo y de gloria. El obispo, erguido y puesta su mitra, se ve más solemne que nunca. Unos sacerdotes lo acompañan mientras que del sahumerio sale un humo que aromatiza el ambiente.
Es la primera vez que muchos están disfrutando de una ordenación sacerdotal en esta ciudad. Un familiar levanta su cabeza de entre la multitud para ver al hombre que está muriendo a esta vida. Nani, recostado en cúbito ventral, escucha las letanías donde se invocan la presencia de todos los santos o del cielo angelical. Terminada la invocación, el obispo se acerca y le ordena que se levante.
La orden se parece a las palabras que Jesús le dijo a Lázaro, pero no lo son; son las del monseñor Antonio Kühner Kühner a Oswaldo Rodríguez Martínez, quien obedeciendo a las palabras de su superior brota de entre las flores a la vista de todos los que están en la iglesia.
Alguien comienza a aplaudir nerviosamente y los aplausos llenan el ambiente. Oswaldo se detiene delante del obispo. El monseñor, con voz solemne, comienza con el rito de la ordenación sacerdotal y le recuerda a Oswaldo que ha muerto a una vida y que empieza a otra. Él, con las palmas de las manos juntas y con la cabeza agachada, escucha en silencio. Sí, Nani, apodo que le pusieron sus amigos en el seminario San José de Cañete, moría, moría a su juventud, a su disfrute, pero nacía el padre Oswaldo.
Desde ese 16 de enero de 1982 comenzó con su labor sacerdotal íntegramente. Tomó a pelo (aunque este sea poco en su cabeza) el hecho de servir a los más necesitados. Encarnó en su cuerpo el sufrimiento de niños que dormían en la calle y, buscando menguar el dolor infantil, logró hacer una casa (San Juan Bosco) donde cientos de niños pudieran tener una vida más digna y gozar de su infancia como debería ser.
Cuando visitaba los pueblos, se encontraba con jóvenes que truncaban sus estudios por falta de recursos económicos y con otros que no podían seguir con su formación profesional por diferentes motivos. Deseando que estas sean personas de bien a esta sociedad, construyó dos casas: una para varones (Pillko Marka) y otra para mujeres (Santa Rosa), donde muchos jóvenes han tenido y tienen la oportunidad de continuar con su formación y ser profesionales.
Posteriormente, vio que nuestra ciudad se llenaba de locos, y en la meseta de Llicua, en un terreno donado, construyó una casa para que los enfermos mentales tengan un lugar donde soportar su enfermedad. Cuando construía, él mismo cargaba adobes, cemento y ladrillos. Cantando y shucapenando, puso adobe sobre adobe y con la ayuda de algunas personas filántropas terminó la Casa San José. En ese lugar hay cuartos personales donde los perturbados tienen una cama donde dormir y poder soportar su mal sin que sean discriminados u ofendidos por otras personas. Del mismo modo, siempre está ahí un enfermero, quien los médica para que puedan controlar su enfermedad.
Ahora está dale que dale con la casa de mis abuelitos, recinto que construyó en el pueblo de Cochachinche para que los ancianos tengan donde pasar esa etapa de la vida que muchas veces se convierte en una especie de infierno en la tierra.
Estoy seguro de que si solo un poco de esa vocación de servicio que tiene Oswaldo la tuvieran nuestras autoridades, nuestra ciudad sería diferente, menguaría la pobreza, y la tristeza que muchas personas despiden desde sus rostros por las calles, se convertirían en sonrisas eternas.
Hoy Jueves Santo, que se celebra el Día del Sacerdote a nivel mundial, le mando al padre Oswaldo un fuerte abrazo y ruego a todos los apus para que lo protejan y ayuden en su gran actividad social en favor de los más necesitados.
Las Pampas, 13 de abril de 2017