Por Jacobo Ramírez Mayz
Me abren la puerta y la veo salir cojeando, arrastrando los pies. Se me acerca, reclina su cabeza en mi pecho y sus ojitos se llenan de lágrimas. Caminamos hasta el mueble más cercano, se sienta y sigue llorando en silencio. Le pido que deje de llorar. Respira profundo y dice: «Ya no doy más». Le quiero decir que ella no es como el roble sino más fuerte, pero no encuentro la forma.
El dolor se instala en lo más profundo de mi ser. «Ustedes se quedarán solos», expresa en medio de su llanto, y se tapa su carita con sus manitas. La abrazo y unas gotas de cristal comienzan a caer una sobre otra sobre su pequeña cabellera.
«No sabes cómo me duele», me dice como quien confiesa un secreto que ya no es secreto para nadie. No le respondo, porque creo que entendí que nadie puede sentir lo que las otras personas sienten. «Nunca pensé estar enferma así». La abrazo fuerte y no puedo entender cómo esa bacteria pudo ingresar en su cuerpo. Tuvo muchas enfermedades hasta ahora; sin embargo, ninguna de ellas ha podido derrotarla. Lamentablemente, esta bacteria la quiere postrar, la quiere vencer, pero ella está en pie. Se limpia sus ojitos, levanta la mirada y veo su amor incomparable reflejado en ellos.
«Mira mis brazos», me dice, levantando la manga de su blusa. Contemplo sus extremidades delgadas, veo los dedos de su mano y los valoro como diamantes porque sé que con ellos sacó adelante a sus ocho hijos. Miro su piel casi pegada a sus huesos y paso mis dedos sobre ella. Me detengo sobre los moretones que le están dejando las inyecciones que le fueron poniendo. «Esto no es nada para ti», le digo, tratando de animarla. Ella quiere sonreír, pero no lo hace. «Esto es bastante, pero sabes que nunca me voy a echar a la cama: sentada o parada la he de esperar», me responde, ahora sí sonriendo.
Paso mis manos sobre su carita, acaricio sus pómulos, sus ojos, sus labios, quiero dibujarla con mis dedos para eternizar su figura en mis dedos y en mi cerebro. Beso su cabeza llena de canas, me duele verla y sentirla así. Mis lágrimas caen una tras otra y solo guardo silencio tratando de demostrarle que soy el hombre que ella ha criado. Quiero sacar fuerzas, pero no doy más. «Qué será de mi vida sin ti», me pregunto en silencio y como ella entiende mi mutismo me pide que le ayude a levantarse. Lo hago, camina lento hacia la cocina, agarra una taza de café servido, como siempre lo ha hecho, y me dice: «Tómate, aunque sea frío, hijo; tal vez sea la última que te alcanzo». No digas eso, estoy seguro de que serán muchas tazas más que beberemos juntos, le respondo mientras bebo a sorbos el café cargado que siempre sus benditas manos me han servido.
Salimos a la sala, «La comida me da asco, estoy solo con agua dos días». Aunque te dé asco tienes que comer porque como dice el refrán enfermo que come no muere, le digo tratando de convencerla para que coma. Mueve su cabeza en señal de negativa. Beso su frente y su lágrima cae en la palma de mi mano; entonces cierro mi mano para que ahí se quede esa furtiva lágrima. Me inclino delante de ella, la miro a los ojos y le digo: «De todo esto saldrás triunfante y una tarde nos sentaremos, como antaño, a esperar la noche, escuchando rancheras mientras tus dedos ágiles juegan con tu puchka, y me contarás esas historias que solo tú sabes y recuerdas con lujo de detalles; una de esas tardes, madrecita de mi vida, fumaremos un cigarro juntos, riéndonos y recordando estos malos momentos, y estoy seguro de que recordando esas letras de Manolo Galván me dirás que el mundo es un pobre poema».
Las Pampas, 07 de julio de 2022




