La reciente afirmación de la presidenta Dina Boluarte sobre la posibilidad de preparar desayuno, almuerzo y cena con solo 10 soles ha provocado una ola de indignación, especialmente entre las mujeres que dirigen las ollas comunes, un recurso esencial para los sectores más vulnerables del país. Este comentario, que demuestra una preocupante desconexión con la realidad, no solo subestima las dificultades económicas de las familias, sino que también invisibiliza el esfuerzo titánico de quienes, con escasos recursos, garantizan un plato caliente en las mesas más necesitadas.
Las ollas comunes no son un lujo, sino un reflejo de la persistente desigualdad en el Perú. En las laderas de los cerros y los barrios más pobres, estas mujeres cocinan con leña, soportando el humo que afecta su salud, para alimentar a cientos de niños, jóvenes y ancianos. Sus menús, limitados a verduras, pequeños trozos de pollo o pescado, y mucha creatividad, distan de las mesas opulentas que se podrían imaginar en las altas esferas del poder.
Frente a esta realidad, la asignación de 30 céntimos por persona para estas ollas comunes no solo es insuficiente, sino insultante. Esta cifra refleja el abismo que separa a la presidencia de las necesidades reales del pueblo. Las palabras de la presidenta no han hecho más que exacerbar la frustración de quienes ven cómo la ayuda estatal llega en cantidades irrisorias mientras los precios de los alimentos continúan en aumento.
Recordemos que la propia presidenta creció en una región donde la pobreza marcaba el día a día. En su infancia en Apurímac, probablemente compartió desayunos humildes de mote o cancha, alimentos esenciales de las zonas rurales. ¿Cómo puede ahora olvidar esa realidad y minimizar las luchas de quienes se esfuerzan por sobrevivir en un país donde las oportunidades no están repartidas de manera equitativa?
Además del dinero, las ollas comunes necesitan recursos sostenibles: acceso al gas para cocinar de forma saludable y digna, apoyo técnico para optimizar sus operaciones y un presupuesto que refleje la magnitud de su impacto social. Las mujeres que sostienen este sistema lo hacen con sacrificios inmensos, sacrificios que merecen reconocimiento y acción concreta.
Es hora de que las autoridades, incluida la presidenta Boluarte, comprendan que el discurso vacío y las promesas desalineadas con la realidad no alimentan a las familias peruanas. En un contexto tan crítico como el actual, escuchar al pueblo y priorizar soluciones reales es más que una necesidad: es una obligación ética.




