EL MAR, testimonio personal

Por: Andrés Jara Maylle

Lo último que se me vino a la memoria en ese instante infame fueron los rostros de mi madre y las de mis hermanas a quienes probablemente no las volvería a ver nunca más. Luego, estaba el vacío por no haber podido asirme  de esa soga que pudo salvarme. Pero ya era demasiado tarde: ante la nada, caí irremediablemente los quince metros. Después, todo fue oscuridad, olvido, amnesia…

Desperté en una cama de hospital, entre sábanas blancas, con unas vendas impresionantes en toda mi cabeza que más parecía turbante y cubierto por una bata que disimulaba los parches, las muchas heridas cosidas, las contusiones múltiples, las fracturas internas. A mi lado, estaba mi hermana Martha intentando consolarme y buscando explicarme lo que había sucedido.

Entonces, todo se me vino a la mente como en un vértigo de recuerdos e imágenes. No había pasado gran cosa. Solo me había caído a un pozo de quince metros de profundidad (la altura de un edificio de cinco pisos, aproximadamente) y había sobrevivido. Quedé desintegrado, descuajeringado, apachurrado, con la cabeza estropeada, pero vivo…

No había cumplido todavía los doce años y ya me había enfrentado cara a cara con la Parca, con esa señora de túnica negra y guadaña en la mano que anda buscando víctimas para llevárselo directo al infierno.

Como en esa época, para semejante accidente, poco podía hacerse en nuestro precario hospital, los compasivos médicos sugirieron que mejor me llevaran a Lima, para un chequeo general y minucioso, “especialmente a la cabeza que le hagan un encefalograma, el último de los inventos humanos”, recomendaron.

Entonces la familia vendió todo lo vendible: dos toros, carneros, gallinas, patos, cuyes; más préstamos familiares y decidieron enviarme a esa lejana Lima que hasta entonces solo había escuchado en las conversaciones de mis tíos; “a un hospital del niño”, decían, donde culminaría mi rehabilitación.

Y así fue como sucedieron las dos cosas más importantes por mucho tiempo en mi existencia, antes de que me inocularan el virus de la poesía, claro está: primero, llegar a esa ciudad enorme que apenas pisé su suelo sucio sentía que la odiaba y, segundo, conocer por vez primera el mar, esa inmensidad de aguas salobres que ni en mis sueños había imaginado.

Ver el mar de tan cerca, sentir sus aguas heladas mojándome los pies, percibir la fuerza de sus olas que en ordenada secuencia llegaban a la orilla, fue para mí un acontecimiento vital.

Más que un acontecimiento, fue un descubrimiento.

Nunca más en mi vida olvidaré ese espectáculo fabuloso en donde tanta agua reunida se mostraba ante mis ojos aturdidos, ante mi mirada atónita; ante la maravilla que tenía frente a mí. Pensé que se trataba un sueño; pero allí, siempre a mi lado, estaba mi hermana, convenciéndome de que ese paisaje de infinitas aves (chicas y grandes) con cantos diferentes a los que yo conocía, era cierto. Que esas cosas también existían en esta vida que casi casi abandonaba meses antes.

Pero pese a su inigualable belleza, algo que no podía explicar se rebelaba dentro de mí; alguna larva que me carcomía interiormente me decía que pese al esplendor de sol, agua y arena que tenía ante mis ojos, lo que yo quería era volver prontamente a mi querencia. Ya estaba más rehabilitado, más completo, menos parchado, y por eso me sentía con las fuerzas necesarias para emprender nuevamente ese largo viaje de retorno.

Añoraba mis paisajes de hondas quebradas, altas montañas y río sinuoso bañando delicadamente a mi ciudad. A veces la evocación o la añoranza son más fuertes y se imponen a la belleza de un paisaje singular.

Así fue mi primer encuentro con el mar. Entre distante y cercano; entre el acercamiento y el rechazo.

Ahora, que he tenido la fortuna de conocer otros mares del mundo, he cambiado ostensiblemente de opinión. Ahora veo al mar con los mismos ojos sorprendidos, pero esa visión me alimenta, me nutre, me satisface rotundamente.

Con un poco de esa visión (y de la otra) he intentado construir un breve cuaderno de poesía titulado Entre el mar y la montaña y  que a disposición de mis anónimos lectores.