Por: Orlando Córdova Gómez
¿No habían dicho que con la llegada de los venezolanos llegaría también una horda de delincuentes y desadaptados, prestos a descarrilar las buenas costumbres de nuestro país? ¿No andaban promocionando por las redes sociales marchas en contra de esta “invasión”, porque al aceptarla, aceptábamos que unos extranjeros le quitaran el puesto de trabajo a gente tan laboriosa como nosotros? ¿Acaso no nos prevenían, en la casa y en el colegio, sobre los riesgos que traía consigo el formar lazos con ellos?
Si todo esto ha sido cierto, entonces no queda duda de lo rápido que aprendemos lo malo y perjudicial; de lo fácil que es para los peruanos embarrarse con la mierda; de lo estupendo que nos parece la fechoría y el crimen. De otra forma, no se explica que tengamos tanta propaganda delincuencial en diarios y noticieros. Podríamos decir que a este país ya se lo ha consumido la más oscura barbarie.
Analicémoslo bien, sin embargo, y asumámoslo: el mal se encuentra aquí desde hace ya buen tiempo y creer que un grupo de venezolanos lo va a empeorar es esperar la redención. Los peruanos estamos tan podridos por dentro que parece lamentable que estos compañeros hayan emigrado a nuestro país en busca de progreso. Aun así, alejarse de la tierra natal deseando superar el horror de la dictadura es una empresa valiente, pues manifiesta el coraje de quienes lo hicieron, a riesgo de padecer el vejamen y el desprecio de unos ineptos anfitriones que solo ven en ellos la oportunidad de revelar su falta de educación y decencia.
Ya estamos informados de las diversas expresiones de xenofobia alrededor del Perú, y a pesar de eso seguimos creyendo en la humildad y fraternidad peruanas, como si alquilarles un cuarto, consumir sus productos o intercambiar algún diálogo con ellos justificaran la desconfianza que les tenemos.
¿En dónde se encuentran la discriminación o la xenofobia de la que tanto hablo? Pues, en que hemos hecho del “venezolano” (al gerundio me refiero) un marbete, hasta un adjetivo; en que no los consideramos ciudadanos y los miremos como bichos raros todo el tiempo; incluso que los tratemos como pordioseros e indigentes y deseemos abusar de su falta de recursos; pero quizá aquello que evidencia más nuestra bajeza sean los circunloquios, las bromas y referencias hacia las venezolanas, de quienes peruanos y peruanas, desde el más pequeño hasta el más grande, solo saben apreciar con morbo e interés primitivo sus muslámenes y posaderas. Como si por ser foráneas se las debiera rebajar a un nivel elemental.
El viejo Sócrates decía que el malo lo es porque no sabe, y es un hecho que nosotros, al no haber aprendido a ser tolerantes, respetuosos y apátridas, seguimos cargando sobre los hombros los residuos de una tradición ancestral y violenta. Que no quepa duda alguna de que necesitamos expoliar esa mendicidad nuestra, siempre y cuando queramos mejorar, claro está.



