Escrito por: Jacobo Ramirez Mays
Osho, en su libro Encuentros con personas notables, cuando habla de Sócrates, nos dice que fue un hombre con gran humildad, un hombre sin ninguna arrogancia, sin ningún deseo de demostrar que era un superhombre, un hombre que esperó la muerte con tranquilidad y que, minutos antes de beber la cicuta, le dijo a su verdugo que la tomaría con gusto porque quería saber qué hay más allá de la muerte. Cuenta también Osho que el sabio Sócrates manifestó lo siguiente a aquél bárbaro: «Cuando era joven, pensé que sabía mucho, después me di cuenta de que sabía poco y, ahora que voy a morir, te puedo decir que no sé nada». Frase que demostraba que cuando uno es más sabio no sabe nada.
Pero eso no sucede con el personaje de nuestra historia ni con muchas otras personas que, estoy seguro, ustedes han de conocer también. Personalmente, me he encontrado, en este casi medio siglo de vida que tengo, con algunos tipos y tipas soberbias. Una de ellas es La Jefa, a quien conocí hace poco, y de quien mi amigo ha hablado largo y tendido.
Identificarlos es fácil, ya que muchos de ellos andan con el pecho hinchado, creyéndose pavos reales, sin darse cuenta de que a lo máximo a que llegan es a ser pavos domésticos, con sus carúnculas feas, colgadas como testículos venidos a menos, gritando ¡gluglú! y queriendo patear a todos los que pasan por su lado.
Algunos de estos, incluso, ya se olvidaron sus nombres, y quieren que les llames por los grados o títulos que tienen. Así, por ejemplo mi chochera Ishaco, ahora es el “Magíster Isaías”; mi amiga Consuelo, a quien siempre le llamaba por su hipocorístico, e incluso muchas veces, cuando le veía por la calle, le grita a viva voz «Conchita bella, ¿cómo estás?» Ella, mostrando sus dientes wiksus, me respondía: «¡Muy bien!» Y aceleraba sus pasos feliz y contenta; hasta que se graduó como doctora. Ahora, me denunciaría si la llamara así. Mi chochera Camilo, a quien le apodamos Cabrito Cebolla porque siempre está con los ojos llorosos, ahora es ingeniero; aunque él dice «inginiero». Todavía no se pone terno, porque creo que no tiene el grado. Pero si con polo y jeans es soberbio, ¡imagínense cómo será cuando esté disfrazado! Que Dios me libre de encontrármelo así.
Ahora está trabajando en un buen lugar. Esto de la pandemia ha hecho que muchos ingenieros de sistemas encuentren chamba, y él no es la excepción. Uno de mis amigos me ha dicho que está apadrinado en el lugar donde está laborando. Podría ser, pero Cabrito Cebolla es una joyita desde donde se le mire. Cuando conversábamos con él, ojo que solo se puede hacer por Whatsapp, Facebook, Messenger, Twitter, Instagram, Snapchat o cualquier otro medio informático, se tiene que hacer con mucho cuidado. Y es que casi ante cualquier consulta, inmediatamente salta como si hubiéramos puesto el dedo sobre la llaga. Es, como quedó dicho, ingeniero de sistemas, por lo que cree que tienen la última palabra. A lo mejor porque algunos le han dado alas, y piensa que puede insultar a cualquiera que, por diferentes razones o motivos, no entiende o desconoce los inconvenientes de usar las nuevas tecnologías.
Redactar no sabe muy bien, hay que decirlo, por lo que se tiene que hacer esfuerzos sobrehumanos para entender sus disparates cada vez que le da por escribir. Como respondón, sin embargo, nadie le gana. Tal vez en el jardín no le enseñaron que respetos guardan respetos. Lo que se nota en el hecho de que, si se le pregunta algo, al toque salta a la yugular de su interlocutor, sin darse cuenta de que muchos de nosotros tenemos, aunque sea un collarín de lata, con qué protegernos. Saber sobre una rama de la cual estudiaste no te hace sabio; te hace sabio, sí, el que sepas explicar al que desconoce y él o ella te entienda. Ser sabio es comprender el desconocimiento de los otros sobre lo que tú sabes; pero hacer entender esto a Cabrito Cebolla es como pedir peras al olmo.
Lo que él no sabe es que por más doctor que pudiera llegar a ser (y seguro que lo será algún día; con nuestra educación como está, hasta eso es posible) yo lo seguiré llamando el “Ingi” Camilo Cabrito Cebolla. Finalmente, solo me queda señalar que le estaré muy agradecido, a quienquiera que lo conozca, que le avise que este humilde servidor se tomó la molestia de dedicarle esta simpática crónica. No vaya a ser que la lea, y, de lo soberbio que es, ni siquiera se dé cuenta de que de quien estoy hablando es de él. Hay cada cojudo con título y grados universitarios en este valle de lágrimas, que para qué les cuento.
Las Pampas, 01 de octubre de 2020




