Por: Jorge Farid Gabino González
Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura
Pretender descalificar a la prensa porque, a la par que cumple con esa labor jamás del todo reconocida de mantener debidamente informada a la ciudadanía respecto de cuanto por una u otra razón acabe siendo de interés público, lleva a cabo también una necesaria e indispensable actividad empresarial, esencial, a no dudarlo, para solventar los siempre onerosos costes que dicha acción genera, resulta de una estupidez casi tan mayúscula como la que cometen quienes sostienen ni más ni menos que la posición contraria, esto es, que el ejercicio periodístico propiamente dicho tiene que ajustarse, amoldarse, supeditarse, a los todopoderosos intereses empresariales de los propietarios de los medios, individuos dizque de un poder e influencia ilimitados que, según la señalada postura reduccionista, serían quienes a fin de cuentas marcarían la pauta, establecerían la agenda, iluminarían la senda, de todo cuanto los hombres y las mujeres de prensa acabarían diciendo finalmente a la población.
Que ni los periodistas, salvo condenables excepciones, son unos pobres diablos a los que, cual si de tristes muñecos de ventrílocuo se tratara, les indican al oído lo que tienen que pensar, lo que tienen que decir, lo que tienen que hacer; ni, tampoco, los dueños de los medios, salvo, también, condenables excepciones, son esos personajes oscuros y siniestros a los que solo mueve el dinero, el dinero y nada más que el deleznable dinero. Ni lo uno ni lo otro. No, al menos, en tan antagónica medida. Diríase, de hecho, que lo que suele tener lugar, en la mayoría de casos, es una suerte de inveterado y saludable tira y afloja en el que tanto periodistas como dueños de medios buscarían alcanzar el que a nuestro parecer sería el ideal término medio; ese en el que, sin llegar a los extremos inaceptables de llevarlos a prostituir su libertad de expresión o a subastar su línea editorial, según cuál sea el ente de que se trate, es posible no obstante ponerse de acuerdo por el mantenimiento del buen nombre y reputación de la figura del periodista.
Tarea nada fácil de cumplir, hay que decirlo. Máxime si se tiene en consideración que, dado el alto grado de competencia existente en la actualidad entre los diferentes programas y empresas periodísticas por ganarse la simpatía y fidelidad del menudo voluble público, no son pocos los casos en los que periodistas de renombre y trayectoria dejan a un lado sus escrúpulos y miramientos, y ponen por delante los intereses empresariales de los medios para los cuales trabajan, por lo general en detrimento de la calidad de los contenidos informativos que ofrecen. Lo que en buen romance no equivaldría a otra cosa que a poner de manifiesto que les importa un maldito carajo, lo que se pueda llegar a ocasionar al amparo de la tan mentada libertad de prensa, esa misma libertad de prensa que tanto dicen defender algunos, pero de la cual podrían incluso prescindir llegado el momento, todo con tal de no ver afectados sus intereses en modo alguno.
Es lo que habría pasado con un conocido e inexplicablemente seguido conductor de televisión y con el canal en que aparece. Personaje que, si por algo se había estado destacando en los últimos años, era por su enfermiza propensión a mostrar en señal abierta las miserias y estrecheces de cierto sector de la población, que con toda seguridad veía en él a su salvador, a su protector, a su bienhechor, gracias a los centavos que les regalaba en retribución a que consintieran en mostrarle a medio mundo el rosario de calamidades que sufría. Solo que, a diferencia de lo que había sucedido en anteriores ocasiones, en que a nadie parecía importarle lo que hiciera o dejase de hacer el susodicho con los eventuales “beneficiarios” de su “gran corazón”, las cosas ahora se le salieron de control. Y es que quienes eligió en esta oportunidad para convertirlos en los favorecidos de su dizque desinteresado accionar eran nadie más y nadie menos que niños con cáncer. Pequeños a cuyos padres la gravedad de su condición médica prácticamente obligaba a llevarlos donde el sujeto de marras, pues creían que si lo hacían tendrían al menos la posibilidad de recibir algún tipo de ayuda que, de otra forma, quizá no alcanzarían.
Poco importó, como hoy se sabe, que gran parte de las ayudas ofrecidas en su momento jamás hubiesen pasado de ser totales y absolutas mentiras. Solo interesaba, claro está, el nivel se sintonía que se obtendría con la presencia de los niños con cáncer en el set de televisión. “Espectáculo” que para ser coronado por todo lo alto no podía carecer de la presencia de algún político que le imprimiera “seriedad” al asunto. Lo que se cumplió con la llamada telefónica del presidente de la República, quien fiel a su estilo prometió lo que le dijeron que convenía que prometiera, sin que al parecer se tomara siquiera la molestia de reparar en la gravedad de aquello en lo que se estaba metiendo. Imposible sorprenderse, tratándose de él. Pero lo que sí sorprende, molesta y enerva es el incomprensible silencio del Consejo de la Prensa Peruana, que no ha dicho absolutamente nada hasta ahora, respecto del accionar de un sujeto y un canal de televisión que no solo han irrespetado de la manera más abyecta el dolor y sufrimiento de seres humanos en la difícil condición de los mencionados, sino que encima han contribuido, y en no poca medida, a que un cada vez más amplio sector de la ciudadanía no vea con buenos ojos la labor de la prensa.




