EL HUALLAGA NUESTRO

Recientemente, a través de las redes sociales está circulando la propuesta “Salvemos el río Huallaga”, loable trabajo de un colectivo social que debe merecer todo nuestro apoyo.
Como dije muchas veces, este escriba, ha vivido, ha crecido y está por envejecer a orillas de este río milenario; de tal manera que hago mía la preocupación de este grupo de entusiastas huanuqueños que saben que si no se actúa ahora, mañana será demasiado tarde para nuestros lamentos. Por eso mismo, me entristece y me indigna hasta los tuétanos tanta irresponsabilidad de mucha gente que, literalmente, está matando al río. Y como toda acción vale, me permito compartir con ustedes, un fragmento (el inicial) de un extenso poema que que vengo trabajano y cuyo tema básico es nuestro río que pasa por este valle.

¿Qué cronómetro podrá medir la antigüedad
a la que se remonta la vida eterna
de estas megalíticas y escarpadas cimas
que sólo pueden ser alcanzadas
por los avisados ojos de águilas perfectas?
¿En qué era se gestaron tus astilladas cumbres
que pueden percibirse con nítido asombro
en las noches cuando el misterio prevalece?
Es cierto: sobre la inmensidad de estas
montañas se inició el mundo mismo,
comenzó la vida cargada de agua y ozono
para luego expandirse con los vientos
hacia todos los confines.
Porque ya sabemos: todo esto es la cúspide
de un universo parido cuando indomeñables fuerzas
levantaron desde el fondo de los mares
a través de sucesivos cataclismos
estas montañas abruptas, estos riscos coronados
por las nubes que entoldan el cielo entero.
Entonces, en un abrir y cerrar de ojos
pero que en realidad se trataba de un tiempo
en que coincidieron millones
de rotaciones y traslaciones,
de vueltas y convulsiones de esta
rodaja aventada a la ventura,
sobrevino por fin un espacio,
un espasmo, un tiempo atemperado y quieto
que fue aprovechado por el liquen y el efluvio
para que surgieran los primeros pálpitos
de plantas y animales que en continua colisión
y amalgama dieran origen a nuestros átomos
inconformes, a nuestra forma bípeda
que nos permitiera transitar por cada una
de las dunas, pantanos o roquedales
de esta caprichosa topografía.
Fue por aquellos inmemoriales siglos
que se pierden en la noche cósmica
en que un milagro,
o tal vez una fusión
de viento sol y lluvia
y agua y sol y más viento y más lluvia
hicieron posible que la niebla (en estas alturas
desoladas, desde donde casi
se toca el cielo), quedara aprisionada para siempre
convirtiéndose en blanco hielo,
en nieve eterna que al mismo tiempo
aprisionaba en sus entrañas el tiempo de otrora
estancando la distancia en que quedó la noche prima.
Allí, en esas remotas crestas
en esos pináculos inalcanzables
en esas cúspides que se extienden
hacia el sur y hacia el norte ultramontanos
partiendo desde este punto donde se unen
varias cordilleras
es donde por vez primera,
en algún momento de la noche oscura,
cuando aún la vida no había dado dos pasos,
gracias a una alquimia secreta
que jamás podrá ser descifrada,
por fin se dio origen al río interminable
cuyo periplo completo aún nadie ha conocido.
Sí, el blanco hielo quedó aprisionado.
Luego, con la leve caricia del sol,
gota a gota dio origen a pequeños hilos
de límpidas aguas que imantados
por su propia seducción fueron juntándose
con paciencia secular hasta convertirse
en torrente sin fin y sin tiempo.
Así sucedió desde entonces:
desde una arista,
desde un ángulo,
desde un vértice
bajaban con premura
vetas azulinas,
filamentos incoloros
hebras líquidas
plateadas
celestiales.
Bajaban briznas de agua fría
con apremio por unir
sus fuerzas en cada grieta
en cada estrecha quebrada
que los aprisionaba.
Así, poco a poco,
germinó bajo los pies de los vastos y blancos panoramas
los indicios de lo que más adelante sería
una fuerza colosal de aguas turbias,
un gran río cuyo cauce tendrá que perderse
entre florestas después de cumplir devotamente
con los designios anunciados al inicio de la creatura
por los dioses que rigen con loco albedrío al sol, al viento
y a los tiempos infinitos.
Entonces las purísimas aguas
desprendidas de los glaciares milenarios
gracias al ímpetu testarudo del sol y el viento,
comenzaron, con pequeños saltos diluidos,
su largo recorrido por los territorios más insospechados.
Un hilo y otro hilo,
una hebra y otra hebra
una veta y otra veta.
Así juntaron sus líquidos esfuerzos
y avanzaron hacia abajo buscando
infructuosas un inútil sosiego,
una quimera como calma,
un remanso.
Pero no,
todo lo que hallaron
en su caída hacia el vértigo
fue la insensata locura de saberse
eternos pasajeros,
caminantes réprobos
fugitivos sin destino,
efímeros visitantes…