EL HOMBRE ES UN POBRE POEMA

Por Yeferson Eduards Carhuamaca Robles

Durmiendo tuve un sueño, soñando te vi otra vez en mi alma, y esta empezó a recitar sus versos cansados de olvidos, y la noche y sus sombras se hicieron mayores que infinito universo. El hombre y sus versos se recogieron de aquella cantina donde se hartó de recoger las migajas de su pobre alma, en remojo de las cervezas que iban y venían como las sonatas que incrustaban un “te quiero” o un “adiós” perenne. El lugar se hacía frío y el sonido de la calle iba desapareciendo entre los vidrios de las ventanas de las casas. Y el Hombre cubrió con su memoria toda osadía que magulló sus ojos y que ahora se reflejaban entristecidos en las ventanas y charcos de esta calle infinita.

El hombre es un poema triste, es el pobre poeta de las supersticiones y de las estrellas que tiritan a lo lejos de la comarca y son aquellos como huesos húmeros que siempre se ponen mal y la vida se aleja, triste. Solo un poste de luz es el único que abraza y lo sostiene. Las lágrimas desembocan en el corazón de aquel hombre y la noche en silencio trae un infierno y la ligera muerte le da un beso, a pesar de ello ha vuelto a soñar con las estelas en un viento apacible que su ser recuerda, estas como estrella lo acompañan bajo las constelaciones que la noche estrellada ha dibujado sobre su ruina, aunque su alma vaya cribando sus sentimientos más puros y en este agujero negro, encerrado como las claras orejas de un burro en una caja podrida es olvidado, triste.

Y debo ser el vivo, el muerto; que, en cada mañana de luces sin abrigo, del azúcar sin café, trata de viajar a la aurora. Despierta el Hombre sobre tela de arañas y hojas secas de un pobre manzano olvidado en algún lugar de esta ciudad, se pregunta: ¿Si en este frío, imparcialmente hay tristeza, tose y, sin embargo, tiene el pecho colorado de vida? Caen las gotas de este cielo apocalíptico, el hombre no tiene palabras y espera la mañana como las rocas esperan el mar, pero aún continúa la tenue realidad, hay un cigarro quebrado en su bolsillo, un tabaco que pronto el viento y la lluvia se llevarán a paisajes lejanos.

Esperemos que la noche empiece a sacarnos los ojos en lentos picotazos, recitaba la poeta. Y el río expresa su soledad y el Hombre tiene un corazón hecho un candado que nunca encontró una llave, a pesar de ello, la lluvia ha cesado y el viento lo acompaña, las luciérnagas aparecen y alumbran el camino de sus versos, añade una esperanza de seguir muriendo, muriendo, muriendo; vivo.

Las calles van prendiendo, la aurora ha llegado y todo ha sido una mentira del destino, que las estrellas nunca brillan tanto como la verdad de un alma que ha amado y vivido. El Hombre camina, toma desayuno y no muere. Trabaja, escribe y se vuelve al bar, pero vive. El Hombre, sueña y olvida, pero siempre juega. Además, cabalga en las noches y, duerme en los días; lava, tiende, pero no cocina solo, amasa el pan y compra la leche, a veces el desayuno le sabe a vida. Y cada vez que el hombre vive, muere un poco, pero al final encuentra lo que está oculto, esquiva a veces a la muerte y baila un momento, compra las entradas de un concierto en donde se toca la música de la eternidad, su voz y su verdad son armonías que van creando un paisaje lejos del mar.

El hombre es un pobre poema que solo recita su alma, dice el cantante. El hombre, poema que cae como una gota después de un aguacero sobre el delicado pétalo de una rosa en una tarde eterna.